El Eco De Lo Que Callamos

CAPÍTULO TRES: DUDAS Y SILENCIOS.

Lily había aprendido a navegar por su día con una sensación incómoda que la acompañaba a todas partes. El peso de las últimas conversaciones con Daniel no se desvanecía. En sus momentos de calma, cuando la rutina de la librería la absorbía, ella podía escapar a ese pensamiento fugaz que la inquietaba, pero bastaba un gesto, una mirada, para que todo volviera. La imagen de Daniel seguía allí, en su mente, como una sombra que se alargaba en cada rincón de su conciencia.

Era tarde cuando se encontraron nuevamente. El sol ya se había escondido y el aire fresco de la noche comenzaba a invadir la plaza frente a la Mezquita. La librería estaba vacía, como siempre a esas horas, y aunque el silencio normalmente era su refugio, esa vez lo sentía opresivo, como si todo estuviera esperando algo.

Daniel apareció sin previo aviso. Como siempre, su presencia parecía estar donde menos lo esperaba, como si tuviera el poder de materializarse en cualquier lugar, en cualquier momento. Caminó hacia ella con su paso seguro, esa misma expresión imperturbable, que sin embargo hacía que su presencia fuera más grande que el propio espacio que ocupaba.

¿Has estado pensando mucho, Lily? —preguntó sin preámbulos, dejando caer la frase como si fuera una pregunta trivial.

Lily no le respondió de inmediato. Estaba demasiado consciente de cómo sus emociones se agolpaban dentro de ella, empujándose unas a otras, pero sin encontrar la salida adecuada. ¿Qué decirle? La duda que sentía por su actitud la había ido carcomiendo poco a poco, pero ¿cómo decirle eso sin que lo minimizará, sin que volviera a culparla por ser "demasiado sensible"?

Más de lo que me gustaría, creo. — murmuró, casi como una disculpa, sin levantar la mirada.

Hacía tiempo que había aprendido a no mirar a los ojos cuando se sentía vulnerable, porque en ellos siempre había algo que la hacía sentir demasiado expuesta, demasiado débil.

Daniel se acercó un paso más, tan tranquilo, tan seguro. Era difícil creer que alguna vez se sintiera inseguro.

¿Por qué? ¿No te gusta pensar? —dijo, su tono aparentemente despreocupado, como si fuera una conversación sobre cualquier cosa menos lo que realmente estaba sucediendo.

Lily se encogió de hombros, luchando por encontrar sus palabras sin parecer que estaba exagerando. La verdad era que sí, le gustaba pensar, pero había algo en sus pensamientos que la estaba ahogando últimamente. Algo que no podía poner en palabras.

Es solo que... — empezó, antes de detenerse. Daniel la observaba, implacable, esperando que terminara. Pero ella, como siempre, se sintió pequeña bajo esa mirada. — No sé, siento que no me entiendo a veces.

Daniel sonrió, pero no era una sonrisa cálida. Era una sonrisa que sugería que ella estaba haciendo un drama por algo sin importancia.

No es para tanto, Lily. —dijo, suavemente, como si quisiera tranquilizarla. — Estás exagerando.

Las palabras caían sobre ella como un peso invisible. Intentó levantarse de la silla, sentir que tomaba control, que tenía el derecho de expresar lo que sentía sin ser juzgada, pero algo la retenía. El miedo a ser descalificada, a ser rechazada por algo tan trivial, pero tan grande en su interior.

Pero, Daniel, no es solo eso. —insistió, aunque su voz ya sonaba más apagada. — Es que... no sé. Todo se ha vuelto raro. Y yo...

Él la interrumpió, sin un atisbo de comprensión.

Lily, ¿no lo ves? Todo lo que hago, lo hago por tu bien. — dijo con una seguridad tan rotunda que parecía hacer imposible cualquier intento de contradicción.

"Por tu bien".

Esa frase, tan simple, tan cargada de una implicación que la hacía sentirse culpable, como si cuestionarlo fuera un ataque a su propia estabilidad emocional.

Lily lo miró a los ojos, pero pronto volvió a apartar la mirada, incapaz de soportar la claridad con la que él la veía. ¿Cómo responder a algo que ya estaba establecido, algo que no podía cambiar? La forma en que él hablaba de su "bien", como si todo lo que hacía tuviera una justificación superior, le daba la sensación de que estaba siendo absorbida lentamente en un ciclo donde sus dudas no importaban, donde su voz se volvía cada vez más pequeña.

Yo no quiero que las cosas sean así —dijo al final, casi como un susurro. — Quiero poder...

¿Poder qué? — La voz de Daniel cortó el aire, una vez más suave, pero con una autoridad que parecía sofocar cualquier intento de rebelión. — ¿Tener siempre razón? No te preocupes por eso. Yo te estoy protegiendo. Y si piensas que algo está mal, es porque no entiendes todo lo que está en juego.

Lily intentó tragar las palabras que se quedaban atrapadas en su garganta. No entendía cómo había llegado hasta allí, cómo se había metido en esta especie de laberinto donde sus propios pensamientos ya no podían escapar. Las primeras veces que se encontró con él, pensaba que la atraía porque, de alguna forma, ella le había dado algo que no sabía que podía dar. Pero ahora, algo había cambiado. Algo que no quería admitir.

No es así... — intentó decir, aunque sentía que ya no tenía fuerzas para sostener sus palabras.




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