El Eco De Lo Que Callamos

CAPÍTULO CUATRO: CONFESIONES.

Lily siempre había sido una persona reservada. Aquella librería que tanto amaba no solo era su refugio de la rutina, sino también su zona de confort, donde podía sumergirse en las páginas de los libros y desconectar de todo lo demás. Las personas venían y se iban, pero Lily solo sentía el peso de la soledad cuando los estantes quedaban vacíos, cuando el último cliente se había marchado y la librería cerraba por la noche.

Pero Clara, su amiga desde la universidad, nunca había sido una de esas personas que desaparecen. Aunque sus vidas parecían ir en direcciones diferentes, Clara siempre estaba allí, dispuesta a escuchar, sin juzgar y con una capacidad increíble para hacerla reír incluso en los momentos más oscuros. A pesar de su estilo de vida ajetreado — un trabajo como periodista freelance que la mantenía viajando de ciudad en ciudad —, siempre encontraba tiempo para Lily. Clara era el tipo de amiga que podía entender las cosas a un nivel tan profundo que ni siquiera hacía falta que Lily explicara todo. Solo le bastaba mirarla para saber que algo no andaba bien.

Esa tarde, la misma en la que Lily había sentido esa extraña sensación de incomodidad después de la última aparición de Daniel, decidió llamarla. Después de varios días de tener pensamientos contradictorios, se dio cuenta de que no podía seguir guardando todo para sí misma. El peso de la situación la estaba agotando, y necesitaba hablar, ordenar sus pensamientos. Clara era la única que podía entenderla, y quizás, darle la perspectiva que tanto necesitaba.

Alrededor de las seis de la tarde, cuando la luz dorada del atardecer entraba suavemente por las ventanas de la librería, Lily envió un mensaje rápido a Clara:

"¿Te apetece tomar algo? Necesito hablar de algo."

En cuestión de minutos, Clara respondió:

"Por supuesto. Te veo donde siempre."

Una hora más tarde, Lily ya estaba en el club que solían frecuentar, un local de ambiente cálido y relajado en el centro de la ciudad. La música suave de fondo y las risas de las mesas cercanas le daban un aire acogedor, pero en su pecho sentía una mezcla extraña de ansiedad y cansancio. Necesitaba hablar, liberar todo lo que sentía. No le importaba el bullicio del lugar, porque en ese momento el ruido del bar no hacía sino hacerla sentir más pequeña, más perdida.

Clara llegó unos minutos después, entrando con paso firme y una sonrisa en los labios. A pesar de ser tan activa y tener un trabajo que la mantenía siempre en movimiento, Clara tenía una manera de hacer sentir a los demás como si fueran la única persona en el mundo. Su cabello, siempre algo desordenado, caía sobre su rostro de manera despreocupada, y su estilo relajado contrastaba con la energía que emanaba. Clara era la amiga que sabía cuándo hacer una broma para relajar el ambiente, pero también la que sabía callarse cuando el silencio era necesario.

¡Aquí está mi valenciana preferida! —exclamó Clara al verla, dándole un fuerte abrazo antes de sentarse frente a ella. — A ver, cuéntame, ¿cómo va todo? ¿Sigues viviendo en tu burbuja de libros?

Lily le devolvió una sonrisa débil, pero no pudo evitar que su rostro reflejara la preocupación que la había estado ahogando todo el día.

Más o menos... —respondió, eludiendo su mirada. — Pero hay algo que no me está dejando en paz últimamente, algo que no sé si estoy imaginando o no.

Clara frunció el ceño, su sonrisa desapareció al instante. No era la primera vez que Lily parecía preocupada por algo, pero esta vez su tono le hizo pensar que lo que estaba por contar no sería algo trivial.

¿Qué pasa? — preguntó, inclinándose ligeramente hacia adelante, atenta.

Lily tomó un respiro, recogiendo sus pensamientos. Necesitaba decirlo en voz alta, dejar que Clara le ayudará a ordenar todo. Sin embargo, cuando abrió la boca, las palabras no salieron con la fluidez que esperaba.

Es sobre Daniel, el chico del que te hablé... Últimamente no puedo dejar de pensar que está... apareciendo en los momentos más extraños. Como si siempre supiera dónde estoy, qué estoy haciendo. Y... — su voz vaciló por un segundo, antes de continuar—. Y cuando intento hablar de esto, siento que está minimizando todo. Me dice cosas como "no es para tanto", "estás exagerando", "no te hagas un drama". Pero... siento que algo no está bien.

Clara, que había estado escuchando en silencio, se cruzó de brazos y la miró con seriedad. Sabía que Lily nunca se desahogaba fácilmente, y que, si lo hacía, era porque algo realmente le preocupaba.

¿Está siguiéndote? — preguntó Clara, aunque su tono no era de incredulidad, sino de alerta.

Lily asintió con una ligera incomodidad, mirando al fondo del bar, sin saber cómo poner en palabras lo que sentía.

Sí, pero no solo eso. Cada vez que trato de decirle que me siento rara con todo esto, me responde como si fuera una tontería, como si yo estuviera siendo exagerada. Y me hace dudar de mí misma, de si realmente debería sentirme así o si soy yo la que está viendo problemas donde no los hay.

Clara la observó fijamente, como si estuviera buscando algo en su rostro, algo que confirmara lo que ya sabía. Finalmente, exhaló un suspiro largo y se inclinó hacia adelante, poniendo las manos sobre la mesa.




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