El sol entraba a través de las cortinas de la librería, pero para Lily no había luz suficiente para disipar la sensación de pesadez que llevaba desde la noche anterior. Cada rincón del espacio que tanto amaba parecía más estrecho, más cargado de sombras. Mientras acomodaba los libros en los estantes, sus manos temblaban apenas perceptiblemente. No era sólo la fatiga de un día largo; era la sensación de que algo en su mundo se estaba desmoronando, sin que pudiera ponerle nombre.
Las preguntas flotaban en su mente, pero ninguna parecía tener respuesta. "¿Qué pasa conmigo? ¿Estoy haciendo todo mal? ¿Soy una persona egoísta?" Se repetía sin cesar, pero al igual que los libros en sus estantes, las palabras no se alineaban, no la ayudaban a entender.
El tintineo de la campana de la puerta la sobresaltó. Un cliente entró, pero antes de que pudiera ofrecerle un saludo, Daniel apareció tras él, caminando con la seguridad que siempre la desarmaba.
— Hola, Lily —dijo, apoyándose con una mano en el mostrador. Su presencia llenó la habitación de inmediato. Era como si el aire mismo se tornara más denso, más difícil de respirar.
— Hola... — respondió ella con voz suave, forzando una sonrisa.
Se quedó allí un momento, evaluando los estantes como si el simple hecho de mirar los libros pudiera protegerla de lo que venía. Pero Daniel no estaba allí solo para hablar; su mirada fija y su ligera sonrisa contenían la advertencia implícita de que no dejaría pasar nada.
— He estado pensando... —empezó él, con ese tono calmado que en realidad llevaba filo—. Sobre tu trabajo. La librería... ¿De verdad crees que es suficiente? ¿No crees que deberías aspirar a algo más grande, más importante?
Lily tragó saliva. Cada palabra era un golpe que resonaba dentro de ella. No se trataba de un comentario casual: era un cuestionamiento a todo lo que había construido. La librería no era solo un negocio; era su refugio, su esfuerzo diario, su espacio seguro.
— Es mi trabajo. Me gusta lo que hago. —respondió, tratando de mantener la voz firme—. No todos necesitamos algo "importante" para ser felices.
Daniel arqueó una ceja y se apoyó con más fuerza sobre el mostrador, acercándose apenas un poco más de lo que se sentía cómodo.
— Claro... entiendo. Pero también me preocupa tu manera de relacionarte con los demás. Incluso con Clara. La otra tarde, cuando me la presentaste, pude notar... bueno, cómo te pierdes en ella. Estaba todo el tiempo preocupada por complacerte, por escuchar tus cosas... y tú, ¿dónde estabas? ¿Pensando en ti misma? — su tono era frío, calculado, y cada palabra parecía una cuerda que se enrollaba alrededor de su mente—. A veces me pregunto si te das cuenta de lo egoísta que es eso, de cómo pierdes tu propia vida por los demás.
Lily sintió un golpe seco en el pecho. Ese recuerdo del encuentro con Clara la atormentaba ahora: Daniel lo había interpretado como una prueba de su "falla", y cada gesto de atención hacia su amiga se convertía en evidencia de su egoísmo. Quiso replicar, defender su amistad, su manera de ser, sus decisiones, pero las palabras se enredaron en su garganta. Cada intento de argumentar parecía desvanecerse frente a la seguridad de Daniel.
— Yo... yo solo quiero que... —empezó, pero Daniel la interrumpió con suavidad, aunque con firmeza.
— No te lo tomes a mal, Lily. Solo intento que veas la realidad. No quiero que te pierdas a ti misma.
Se quedó allí, paralizada. Cada frase erosionaba un poco más su confianza, como si sus cimientos internos se disolvieran sin que pudiera detenerlo. Las palabras de Daniel se quedaban pegadas en su mente, como manchas de tinta sobre una página blanca. La sensación de inseguridad se mezclaba con culpa: ¿acaso estaba equivocada? ¿Era cierto que estaba siendo egoísta por cuidar de su amiga, por disfrutar de su trabajo, por vivir como quería?
Cuando Daniel finalmente se marchó, el aire parecía más pesado que antes. Lily permaneció inmóvil detrás del mostrador, incapaz de concentrarse en los libros, en los clientes o incluso en ella misma. Sentía que una niebla densa se había instalado en su mente.
Al mediodía, Clara la llamó para invitarla a tomar un café porque estaba de visita en Córdoba. Por un instante, la idea de compartir con su amiga le dio un alivio efímero, pero un pensamiento inmediato de culpa y duda la detuvo. ¿Y si Daniel tenía razón? ¿Y si estaba siendo egoísta? Su respuesta fue automática:
— Hoy... no puedo, estoy ocupada. —dijo, con una excusa que sonó vacía incluso para ella.
El café con Clara quedó aplazado indefinidamente, y la sensación de aislamiento comenzó a calar más hondo. Lily empezó a sentir que su vida, sus decisiones, sus deseos propios, estaban subordinados a la mirada crítica de Daniel. Cada pequeño pensamiento, cada decisión, debía ser revisada, justificada, medida.
El silencio en su apartamento se volvió ensordecedor. "¿Dónde he dejado mi voz? ¿Quién soy si no puedo decidir por mí misma?", se preguntó mientras recorría el pasillo, buscando alguna respuesta que no llegaba.
Esa tarde, mientras acomodaba unos libros antiguos, se sorprendió a sí misma revisando mensajes que no quería abrir, pensando en qué habría dicho o hecho mal. La sensación de culpa y arrepentimiento se convirtió en un peso constante que le dificultaba respirar con normalidad. Empezó a evitar la compañía de Clara y de otros conocidos, encontrando excusas para no salir, para no hablar, para no mostrar quién era realmente.
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Editado: 27.02.2026