El Eco De Lo Que Callamos

CAPÍTULO SEIS: ENTRE REGALOS Y SOMBRAS.

La mañana amaneció fresca, con un aire limpio que parecía haber barrido el ruido de la ciudad durante la noche. La librería olía a polvo viejo y a papel, ese aroma que siempre reconfortaba a Lily, como si cada libro fuera una promesa de refugio. El silencio solo se interrumpía por el roce del plumero sobre los estantes y el crujido de las páginas al acomodar las novelas en el escaparate. Había elegido una pequeña selección de títulos románticos, colocándolos junto al cristal, convencida de que las portadas coloridas atraerían a algún transeúnte curioso.

Se permitió un respiro: apoyó la frente en el vidrio frío y cerró los ojos. El sol templado acariciaba su piel, y durante unos segundos tuvo la certeza de que todo estaba en equilibrio. La rutina se sentía segura, casi reparadora. En la librería, nadie la juzgaba. Allí era simplemente Lily, rodeada de historias que nunca la decepcionaban.

Entre las mesas y estantes, había un rincón donde Lily había descubierto un nuevo manga hacía unos días: Solo Leveling. Lo había empezado por simple curiosidad, atraída por el tatuaje de Abel que la había hecho interesarse en la historia, y pronto se convirtió en un refugio secreto. Allí podía sumergirse sin medir cada palabra ni cada gesto, sin sentir que alguien vigilaba sus emociones. Le fascinaba la determinación de Jinwoo, cómo alguien aparentemente débil o limitado podía enfrentarse a obstáculos gigantescos y salir adelante. Leerlo se sentía como un acto silencioso de libertad, un recordatorio íntimo de que aún existía un mundo propio que podía explorar sin depender de la aprobación de nadie. Cada página le daba un respiro, un espacio seguro donde su curiosidad y sus deseos podían existir sin restricciones.

El sonido de unos pasos rompió aquel paréntesis. Al girar la cabeza, vio a Abel atravesar la puerta con una bolsa de plástico en la mano. Traía el cabello ligeramente revuelto, como si hubiera peleado contra el viento en el camino, y esa expresión relajada y despreocupada contrastaba con la rigidez y formalidad de los clientes habituales.

La calidez que emanaba su presencia llenó el pequeño espacio de la librería, haciendo que Lily sintiera que incluso el aire parecía más ligero.

De la bolsa asomaban mandarinas aún con hojas verdes.

Son de un agricultor de Valencia que vende en el mercado. —explicó Abel al notar la sorpresa en su rostro—. Me acordé de ti en cuanto las vi. No es lo mismo que recogerlas del árbol, pero al menos saben a casa, ¿no?

Lily sintió un calor inesperado recorrerle el pecho. Nadie en Córdoba se detenía a pensar en ese detalle tan íntimo, en ese vínculo con sus raíces que ella mencionaba apenas de pasada. El simple hecho de que Abel lo recordara la hizo sentirse vista, reconocida.

Abrió la bolsa y dejó que el perfume intenso de las mandarinas la envolviera. La fragancia la transportó por un instante a los paseos entre los huertos de su infancia, al sol tibio que acariciaba los árboles y al viento que traía consigo el olor fresco de los cítricos. Recordó los inviernos en el pueblo, cuando el aroma dulce y ácido impregnaba el aire y parecía detener el tiempo, , llenando esos instantes de calma y calidez. Una risa leve, casi involuntaria, se escapó de sus labios, ligera como una brisa que acariciaba su memoria.

No hacía falta, Abel.

Él sonrió, depositando la bolsa sobre el mostrador.

Lo sé, pero me gusta pensar que un día con mandarinas empieza mejor.

La conversación fluyó con naturalidad, ligera y sin esfuerzo. Abel le habló de un puesto de libros de segunda mano junto al río, donde había encontrado varios tomos de Solo Leveling, justo los que Lily había estado buscando. Le describió las portadas desgastadas, el olor a papel nuevo, y la emoción que sintió al verlos. Lily lo escuchaba fascinada, sintiendo un calor que no tenía nada que ver con los rayos del sol. Cada detalle que compartía la hacía sentir más cercana a él, como si de pronto compartieran un pequeño mundo secreto lleno de intereses comunes. Su corazón dio un vuelco; esa cercanía, aunque simple y discreta, la hacía sentirse vista, reconocida y comprendida de una manera que nadie más parecía lograr.

Antes de marcharse, Abel levantó la mano con un gesto despreocupado y le guiñó un ojo con complicidad:

Un día tienes que venir conmigo al mercado. Estoy seguro de que acabarías perdiéndote entre los puestos de libros más que entre las mandarinas.

Cuando se alejó, el silencio volvió a ocupar la librería, pero ya no pesaba. Lily se quedó un momento inmóvil, respirando hondo, antes de acomodar las mandarinas sobre la mesa trasera. El aroma cítrico se mezcló con el olor a papel viejo, llenando el local de una calidez inesperada que le hizo cosquillas en el pecho. Por un instante, se permitió creer que quizá las cosas podían ser así: simples, ligeras, sin cargas, y que la vida podía ofrecer pequeños momentos de felicidad sin complicaciones.

Al caer la tarde, el cielo se tiñó de naranja, tiñendo de oro los estantes y haciendo que la luz del escaparate se deslizara suavemente sobre los libros. La campanilla de la puerta sonó con un tintineo claro, cortando el silencio cálido y envolvente de la librería. Daniel entró con paso firme, impecablemente vestido; el brillo del cuero de sus zapatos marcaba un ritmo casi hipnótico, medido, como si cada movimiento estuviera calculado. Bajo el brazo llevaba un paquete rectangular envuelto en papel azul oscuro, los bordes cuidadosamente doblados, reflejando una atención al detalle casi obsesiva. Su presencia llenó el espacio, pero de manera distinta a Abel: pesada, controladora, cargada de tensión contenida.




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