La semana comenzó con un cielo gris y un viento frío que colaba su aliento por las calles de Córdoba. Lily sentía cómo la rutina en la librería se volvía más pesada, como si cada página que acomodaba y cada libro que colocaba en el escaparate tuviera un peso invisible. Sentía el peso de la bufanda sobre sus hombros, como una carga invisible que le oprimía el pecho. La bufanda verde esmeralda seguía en su silla, y cada vez que la rozaba, sentía el recordatorio de Daniel, de sus críticas disfrazadas de cuidado, de su control constante.
Daniel había incrementado sus comentarios: "¿De verdad quieres vestirte así? Podrías arreglarte un poco más para salir." "No entiendo por qué necesitas ver a Clara hoy; ¿no podrías quedarte conmigo?" Cada frase, aunque suave en tono, llevaba consigo un mensaje claro: cada elección de Lily debía pasar por su aprobación. Al principio intentó argumentar, pero pronto descubrió que defenderse solo prolongaba la tensión, y que la culpa siempre caía sobre ella.
En casa, se encontró dudando de cada decisión: qué comer, qué ropa ponerse, incluso qué libros tomar del estante. Lo que antes eran decisiones simples ahora se sentían como pruebas donde podía equivocarse y ser castigada, aunque fuera con un silencio gélido o una mirada de desaprobación. Sus manos se apretaban contra el paquete, temblando apenas, como si sostenerlo fuera sostener también su incertidumbre.
Ese viernes, Clara la invitó a salir tras la librería para tomar algo y hablar de un nuevo proyecto literario. Lily titubeó antes de responder, sintiendo el peso de la bufanda y las palabras de Daniel filtrándose en su mente: "¿Por qué necesitas salir con ella? No entiende tu mundo...". Finalmente escribió un escueto:
"Hoy no puedo, estoy ocupada."
Cuando Clara apareció en la librería más tarde, sus ojos recorrieron el lugar con familiaridad, buscando a Lily entre los estantes y mesas. La encontró finalmente detrás del mostrador, moviéndose con una lentitud extraña, como si midiera cada gesto antes de hacerlo. La amiga percibió al instante que algo había cambiado: los ojos de Lily, que antes brillaban con curiosidad y alegría, ahora parecían apagados, cautelosos, vigilantes.
Cada movimiento estaba contenido, como si estuviera caminando sobre cristales invisibles; incluso su sonrisa, cuando finalmente apareció, fue breve y medida, sin llegar a los ojos. Clara notó la tensión en los hombros de Lily, la manera en que sus manos se aferraban al plumero con un ligero temblor, y el leve retroceso cuando la voz de la amiga se acercaba demasiado. Era como si un muro invisible se hubiera interpuesto entre ellas. El ambiente habitual de la librería, antes cálido y acogedor, parecía ahora cargado de una calma tensa, como si la presencia de Daniel todavía flotaba en el aire, dictando silenciosamente cada acción
— ¡Lils! —exclamó Clara, intentando mantener un tono alegre—. Recibí tu mensaje... ¿no íbamos a quedar hoy?
Lily bajó la mirada y murmuró:
— Sí... lo siento... pensé que sería mejor otro día.
Clara dio un paso hacia ella, con intención de abrazarla, pero notó la tensión en sus hombros. Se mordió ligeramente el labio, intentando no presionar demasiado. Era como si un muro invisible se hubiera interpuesto entre ellas.
— Pero... ¿por qué? —preguntó Clara con suavidad—. Pensé que te apetecería salir, tomar algo, charlar un rato...
— Es solo... que tengo mucho trabajo aquí. — dijo Lily, jugando con los dedos sobre el mostrador— Y... bueno, estoy un poco cansada.
Clara frunció ligeramente el ceño. La excusa sonaba débil y forzada. Se acercó más, con cuidado, intentando no presionar demasiado.
— Elizabeth Doñate, me estás diciendo algo que no me estás contando... Te noto diferente.
Lily apartó la mirada, el pecho apretado. La voz de Daniel resonó en su memoria, como un eco insistente: "Conmigo no necesitas a nadie más... Clara solo te distrae de lo que importa... No entiende tu mundo como yo lo hago." Cada palabra se sentía más pesada que cualquier explicación que pudiera dar. Sus dedos se enredaban nerviosos sobre la tela de la bufanda, buscando ancla.
— No es nada, de verdad. —susurró—. A veces... Algunas cosas son complicadas de explicar.
En ese instante, la campanilla sonó de nuevo. Lily levantó la mirada y se tensó: Daniel entró en la librería con paso firme, impecablemente vestido, como si cada movimiento estuviera calculado. Sus zapatos de cuero brillaban bajo la luz del escaparate, marcando un ritmo casi hipnótico. Llevaba un sobre y un pequeño paquete envuelto en papel azul oscuro, sostenido con cuidado bajo el brazo. Su mirada se fijó en Lily y luego en Clara, y por un instante el aire se volvió pesado.
— Hola, Lily —dijo con voz tranquila pero cargada de control—. Veo que tienes compañía.
Clara sonrió con un toque de incomodidad, intentando no mostrar que se sentía evaluada.
— Vine a ver cómo estaba. —respondió Clara con suavidad.
Daniel se acercó al mostrador, dejando el paquete con precisión casi teatral. Su mirada se detuvo en Lily, evaluando cada gesto, cada respiración. Ella se sintió atrapada entre la calidez espontánea de Clara y la presión silenciosa de Daniel, incapaz de moverse con libertad.
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Editado: 27.02.2026