La noche caía sobre la ciudad como un velo silencioso, y con ella, la tranquilidad que Lily creía tener parecía desvanecerse. Cada rincón de la habitación parecía oscurecerse más con la caída de la noche, como si las sombras se alargaran hasta devorarla, amplificando sus miedos. Cada sonido, por pequeño que fuera, amplificaba la incertidumbre que no podía sacudirse.
Lily sentía que algo cambiaba en su mundo, algo que no podía nombrar del todo, pero que se manifestaba en gestos mínimos: una palabra malinterpretada, un silencio demasiado largo, una mirada que parecía contener un mensaje oculto. Todo estaba teñido de una duda sutil, como un veneno en sus venas.
Daniel estaba cerca, siempre cerca, con su presencia envolviéndola de manera casi protectora, casi imperceptiblemente dominante. Aunque a veces ella deseaba apartarse, una parte de su mente le susurraba que nadie más la comprendía como él. Nadie más podía ser su refugio.
Clara parecía una amenaza velada, incluso cuando sus intenciones eran claras y sinceras. Esa sensación de peligro, apenas perceptible, comenzó a crecer como un eco silencioso en cada pensamiento de Lily. A medida que pasaba el tiempo, las palabras de Clara se volvían más ambiguas, como si detrás de su preocupación se escondiera algo que Lily no lograba entender. Esa noche, cada decisión, cada palabra, cada mirada pondría a prueba su confianza y mostraría que la línea entre protección y control podía ser mucho más delgada de lo que había imaginado.
Lily estaba recostada en el sofá, con la mirada perdida en la ventana. La ciudad estaba iluminada por un parpadeo constante de farolas y neones, pero nada lograba distraer la ansiedad que la recorría. El aire en la habitación parecía espeso, como si el espacio mismo estuviera conspirando contra ella. Daniel se acercó silenciosamente, como si hubiera sabido exactamente cuándo aparecer.
— ¿Estás bien? —preguntó, su voz suave, casi un susurro, pero con un peso que hizo que Lily se tensara.
— Sí... —respondió, aunque sus dudas bullían en silencio, mezclándose con el eco de cada palabra que Daniel había dicho antes.
Él se sentó a su lado, demasiado cerca para ser casual, ocupando el espacio de forma que todo lo demás parecía irrelevante. Tomó su mano con cuidado y firmeza a la vez, como si su contacto fuera un recordatorio silencioso de que solo él podía protegerla. Lily sintió un hormigueo frío en su piel, pero también una presión cálida que parecía sellar todo lo que no podía ver.
— He notado que últimamente estás distante... — dijo Daniel, con voz baja y matiz de preocupación calculada. — Y honestamente, me preocupa... porque nadie te entiende como yo, Lily. Nadie sabe lo que necesitas.
Lily tragó saliva. Una parte de ella quería creerle, aferrarse a la sensación de seguridad que ofrecía. Pero otra, más pequeña y nerviosa, comenzaba a sentir que algo la atrapaba, que cada palabra la empujaba hacia un límite invisible.
— Solo estoy cansada... —susurró, más para sí misma que para él.
Daniel inclinó su rostro hacia ella, reduciendo la distancia entre sus ojos. Su mirada la penetraba, intensa, como si pudiera leer cada pensamiento oculto. Lily vaciló; un escalofrío recorrió su espalda y un cosquilleo incómodo le subió por los brazos.
— Cansada, sí... pero no del todo de lo que pasa a tu alrededor... —replicó él, firme, con autoridad que no admitía discusión—. Clara, por ejemplo... no comprende cómo eres realmente. Solo quiere alejarte de mí.
Lily cerró los ojos, dejándose invadir por la sensación de vértigo que sus palabras provocaban. Cada sílaba calaba profundo, difuminando los límites entre su intuición y la interpretación de Daniel. Sus pensamientos empezaban a volverse maleables.
—¿Crees que... ella...? — empezó a preguntar, pero su voz se quebró, y no terminó la frase. Esta se perdió en un suspiro contenido, en la duda que empezaba a apoderarse de ella.
— Sí — interrumpió Daniel con suavidad, acariciando su mejilla—. Lo siento, no quiero que te sientas traicionada... pero confía en mí. Siempre lo he hecho, y siempre lo haré.
Lily respiró con dificultad, cada inhalación pesada, cada latido del corazón golpeando irregularmente. ¿Era realmente un sacrificio de Daniel, o una manipulación más sutil? Sus manos temblaban ligeramente, atrapadas entre la tentación de creer y la duda que la carcomía. Una parte deseaba aferrarse a la certeza que Daniel ofrecía, sentirse protegida en medio del caos. La otra sabía que algo se estaba desvaneciendo: la claridad sobre quién podía confiar realmente.
Su teléfono vibró de repente sobre la mesa, y Lily se sobresaltó. Era como si el sonido de la vibración fuera una señal de advertencia, una llamada de atención a todo lo que ella estaba evitando. Instintivamente, levantó la mano para tocar la pantalla, pero los ojos de Daniel la detuvieron, fijos y penetrantes. Cada parpadeo suyo parecía exigir su atención exclusiva, como si toda su mente estuviera siendo reclamada.
— No lo abras... —susurró, acercándose—. No dejes que nadie interfiera entre nosotros.
Un escalofrío recorrió su espalda y su pulso se aceleró. Su instinto decía leerlo, pero la autoridad tranquila de Daniel la paralizó. Guardó el teléfono sin responder, sintiendo cómo un muro invisible se levantaba alrededor de su confianza, ladrillo a ladrillo. La dependencia crecía dentro de ella, pero también lo hacía el miedo, ese temor a perder la única certeza que había conocido. El mundo exterior, y cualquier intento de intervención, se sentían cada vez más lejanos, casi irreales, mientras la presencia de Daniel se volvía lo único tangible y confiable.
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Editado: 27.02.2026