El Eco De Lo Que Callamos

CAPÍTULO NUEVE: LA GRIETA INVISIBLE.

La tarde se filtraba por la ventana con un resplandor apagado, como un recuerdo que se desvanece. Para Lily, sin embargo, la luz no existía; todo dentro de ella parecía cubierto de sombras. Sus pensamientos se rompían antes de tomar forma. Las palabras de Daniel del día anterior seguían resonando como ecos crueles, mezclándose con los mensajes insistentes de Clara, hasta convertirse en un torbellino del que no lograba escapar. Cada respiración era pesada, cada instante un recordatorio de que su cuerpo ya no le pertenecía del todo. A veces se sorprendía mirando sus propias manos sin reconocerlas, como si se movieran por cuenta propia.

Se movía por el apartamento con lentitud, como si sus pasos fueran vigilados incluso por las paredes. El silencio, lejos de traer calma, amplificaba cada sombra, cada destello lejano de la calle. Era como si el mundo entero conspirara para recordarle que estaba atrapada en un laberinto sin salida, donde incluso su voluntad parecía resquebrajarse. Ya no sabía cuándo fue la última vez que había tomado una decisión sin mirar primero a Daniel.

Y con cada latido, esa grieta invisible dentro de ella se abría un poco más.

De pronto, la puerta se abrió sin aviso. Daniel entró con pasos firmes, apropiándose del espacio con una seguridad que helaba la sangre. Cada pisada era un golpe seco, cada mirada, un escrutinio que reducía a Lily a nada más que un objeto bajo evaluación. El aire se volvió denso, difícil de respirar.

Lily —dijo él, su voz baja y cortante, como el filo de un cuchillo sobre cristal—. He estado pensando en ti... en tus actividades. Tu trabajo, tus pasiones... todas esas cosas a las que tanto te aferras. ¿De verdad crees que tienen algún valor?

Un frío recorrió la espalda de Lily, y un nudo en el estómago le cerró la garganta. Cada palabra era como un martillo invisible que aplastaba lo poco que le quedaba en pie. Trató de reunir fuerza, de defender lo que era suyo.

¡Eso no es cierto! ¡Mi trabajo, mis pasiones... son míos! —dijo, aunque su voz tembló, quebrándose como vidrio fino.

La frase "son míos" le sonó ajena, como si la pronunciara otra persona, una Lily que ya no sabía si existía.

Daniel avanzó, reduciendo el espacio hasta que el aire entre ambos se volvió irrespirable. Sus ojos la atravesaban con precisión quirúrgica, como un depredador que huele el miedo.

¿Míos? —repitió con burla helada—. Todo lo que haces está mal, Lily. Fracasarías incluso en lo más simple. Y, aun así, sigues aferrándote a estas tonterías. ¿De verdad piensas que eso es suficiente?

Lily se llevó las manos al rostro, intentando contener las lágrimas. Lo que había empezado como una chispa de resistencia se transformaba en culpa, en miedo, en una sensación de insignificancia total. Cada palabra de él era un peso que la hundía más hondo.

No... yo puedo... — susurró, rota, como si intentara convencerse a sí misma.

Daniel inclinó el rostro hacia el suyo, demasiado cerca, con esa mezcla sofocante de ternura envenenada y control absoluto. Su mano rozó apenas la de Lily, un contacto mínimo pero cargado de posesión.

No, Lily. Aún mientras hablas de independencia, sigues dudando. Y yo... no puedo dejar que te engañes.

La frase le resultaba familiar. ¿Cuántas veces la había dicho antes? ¿"No puedo dejar que te engañes"? ¿"Nadie te entiende como yo"?
Empezaba a notarlo: un patrón. Como una canción que se repite, y que al principio consuela, pero luego asfixia.

Ella abrazó sus hombros, temblando, sintiendo que lo poco que quedaba de su voz interior se deshacía en silencio. La habitación entera parecía encogerse a la medida de Daniel.

Entonces, el teléfono vibró sobre la mesa. El sonido atravesó el silencio como un disparo. Lily lo tomó con manos temblorosas. La pantalla mostraba primero un mensaje de Clara:

"Lily, sé que me apartas porque él te lo pide, pero lo hago porque te quiero. No te pierdas en sus palabras. Eres más fuerte de lo que él quiere que creas. Estoy aquí, siempre."

Las lágrimas nublaron los ojos de Lily. El mensaje de Clara era un recordatorio de otra versión de sí misma, una que aún podía luchar. Recordó un instante fugaz en el que había reído con Clara, con una risa libre, que no tenía que justificar. Pero antes de poder procesarlo, apareció otro mensaje, esta vez de un número desconocido.

Antes de que pudiera responder, una voz firme resonó desde la puerta:

¿Otra vez con esos mensajes? — Daniel estaba de pie, su presencia llenando toda la habitación.

Lily tragó saliva y bajó la mirada.

Solo... hablaba con Clara...

Daniel se acercó y se sentó a su lado, demasiado cerca, sus dedos rozando los de ella.

¿Ves? — dijo con un tono mezcla de reproche y preocupación—. Nadie entiende lo que necesitamos tú y yo. Nadie puede cuidarte como yo.

La frase era un eco. Ya la había oído. Demasiadas veces. "Nadie puede cuidarte como yo". Pero ahora empezaba a sonar hueca.

Pero... — intentó decir Lily, apenas un susurro.

No hay peros —interrumpió él—. Todo lo que Clara dice son mentiras disfrazadas de ayuda. Solo quiere separarte de mí, y tú sabes que eso sería un error.




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