Los días comenzaron a deslizarse unos sobre otros, idénticos, incoloros, como páginas arrancadas de un calendario sin fecha. Amanecían sin luz y morían sin ruido, hundidos en una rutina sin fisuras.
Lily ya no podía distinguirlos; despertaba, respiraba, obedecía. Cada gesto, cada palabra, parecía escrito en un guion que no le pertenecía. Daniel había tejido un entramado perfecto de hábitos y prohibiciones, y ella lo seguía sin apenas darse cuenta, como si su voluntad hubiera sido arrancada y reemplazada por la suya.
Había dejado de pensar en términos de deseos; solo existían deberes.
Él decidía qué comía, cuándo dormía, qué ropa debía llevar y hasta la entonación con la que debía responder a los demás. Había convertido lo cotidiano en una prisión invisible. Sus pasiones —esas pequeñas chispas que antes iluminaban su vida— se habían reducido a cenizas. Pintar, leer novelas hasta la madrugada, escribir pensamientos en un cuaderno secreto... todo estaba prohibido, o más bien sofocado por la desaprobación. Cada intento de recuperar algo propio acababa ahogado bajo críticas disfrazadas de consejo:
— Eso es una pérdida de tiempo, Lily. ¿No ves que deberías concentrarte en lo que importa? — decía con calma ensayada, mientras sus ojos la atravesaban con un filo helado.
Cuando no eran críticas, eran silencios. Silencios prolongados, densos, que no eran descuido sino estrategia. Llenaban la casa como un gas invisible, envenenando cada rincón. Lily se encogía bajo ese peso, buscaba con la mirada una señal, un gesto, una palabra. Y cuando por fin llegaba, no era alivio, sino castigo:
— Sabes que me decepcionas, ¿verdad? —susurraba Daniel, sin levantar la voz.
El efecto era peor que cualquier grito.
Una tarde, se le cayó un vaso al suelo. El sonido del cristal al romperse la sacudió por dentro más que cualquier palabra de Daniel. Se quedó inmóvil, observando los fragmentos, y de pronto, vio su reflejo distorsionado en ellos. Sangraba ligeramente del dedo, pero no le dolía. Lo que dolía era reconocerse en ese gesto roto.
Poco a poco, Lily fue desdibujándose. Se observaba como desde fuera, atrapada en un cuerpo que ya no reconocía. En el espejo se reflejaba una sombra pálida, con los ojos apagados y los hombros hundidos, como si llevara encima un peso imposible de quitar. Se veía caminar por la cocina, acomodar los libros, sentarse en el sofá junto a Daniel. Todo parecía correcto, ordenado, impecable... pero en su interior algo se había fracturado. Sentía levantarse un muro invisible, frío como cristal, separándola de sí misma.
Ese muro no solo la separaba de su identidad, sino también de sus emociones.
Ese muro la protegía y la condenaba al mismo tiempo. Tras él, podía observar lo que ocurría, podía reconocer que estaba siendo devorada lentamente... pero no hallaba la forma de romperlo. Golpeaba desde dentro con pensamientos desesperados, con chispas de rebeldía que se apagaban en cuestión de segundos. Cada día el cristal se hacía más grueso, más alto, borrando cualquier salida.
"Sin mí no eres nada", repetía su mente, como si Daniel hablara desde dentro.
El eco no se apagaba; se repetía, martillando hasta que dejaba de sonar como una mentira y se incrustaba como una verdad.
Empezó a guardar pequeñas cosas: una hoja seca que había encontrado en el jardín, una fotografía doblada, una nota escrita a lápiz. Objetos mínimos, pero suyos. Su secreto.
Cuando la noche caía, el silencio adquiría su forma más cruel. Daniel dormía a su lado, respirando con calma, mientras ella permanecía inmóvil, con los ojos abiertos en la oscuridad. Sentía cómo su vida se apagaba poco a poco, como una llama consumiéndose en la penumbra. El muro de cristal seguía allí, sólido y transparente, reflejando a una mujer atrapada que ya no sabía si alguna vez volvería a ser libre.
Y, sin embargo, en ese silencio absoluto, creyó escuchar un crujido leve, como si en algún rincón secreto de ese muro hubiese aparecido la primera fisura. No sabía si era real o un espejismo, pero su mano, casi por instinto, se cerró en un puño bajo las sábanas. Era un gesto mínimo, invisible para el mundo, pero en ese apretón silencioso estaba la prueba de que aún quedaba algo intacto dentro de ella.
Su respiración se agitó apenas, tan ligera que Daniel no se movió. En la oscuridad, Lily deslizó la mano hacia la orilla del colchón, buscando con la yema de los dedos un contacto con la madera fría de la cama. Era un roce inútil, pero en ese gesto había un secreto: no todo en ella obedecía. Una parte diminuta, escondida, aún se atrevía a buscar algo fuera de su alcance inmediato.
Cerró los ojos con fuerza. El eco de Daniel insistía: "Sin mí, no eres nada". Pero entre palabra y palabra, en el hueco del silencio, Lily logró escuchar otra voz, débil, apenas un susurro que venía de lo más profundo de sí misma. Una pregunta mínima, pero luminosa: ¿Y si no fuera verdad?
Y allí, en ese pensamiento quebrado, apareció un nombre. Abel.
No lo pronunció, pero lo pensó como si fuera un conjuro secreto. Recordó su risa breve, la forma en que sabía escuchar sin interrumpir, la única vez que le había dicho: "Tú siempre ves más de lo que muestras, Lily." Una frase que había guardado sin entender del todo, y que ahora se le revelaba como un salvavidas.
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Editado: 27.02.2026