El Eco De Lo Que Callamos

CAPÍTULO DOCE: EL JARDÍN DE LA GRIETA.

El aire estaba impregnado de jazmines y de la humedad de los estanques que recorrían los Jardines del Alcázar. Lily caminaba despacio, absorta en sus pensamientos, con los dedos rozando las hojas verdes y brillantes, siguiendo un camino de piedra que parecía dibujado para perderse. La luz del sol caía a través de los setos, filtrándose en rayos dorados que iluminaban su rostro, mientras también proyectaba sombras que la acompañaban, creando un contraste entre luz y oscuridad que reflejaba su estado interior.

En su mente, Abel estaba presente. Cada paso que daba, cada giro entre los setos, lo evocaba: la calma de su voz, la seguridad de su mirada, el ladrido de Elsa corriendo delante de él. El recuerdo de aquel puente, del río, de la piedra fría bajo sus dedos, se mezclaba con la belleza del Alcázar, creando un refugio secreto que Daniel jamás podría tocar. Este refugio era como un oasis en medio de su tormento, un lugar donde podía ser ella misma sin miedo.

De repente, lo vio. Abel caminaba más adelante, con la cámara colgada al cuello, su perra Elsa trotando alegremente a su lado. Tomaba fotos de la luz que caía entre los arcos y las fuentes, sin percatarse aún de Lily. Ella se detuvo detrás de un seto, conteniendo la respiración, incapaz de acercarse de inmediato. La veía mover la cámara con calma, capturando los reflejos del agua y los destellos de sol sobre los mosaicos antiguos. Su pecho se apretó con una mezcla de deseo y miedo, luchando contra la necesidad de acercarse y el temor a romper ese instante perfecto.

Lily apoyó las manos en el muro del mirador, sintiendo un nudo en la garganta y un temblor leve en sus dedos, mientras las lágrimas que había contenido en la rutina diaria comenzaban a deslizarse en silencio. No hizo un sonido. Su corazón latía con fuerza, mezclando miedo y alivio, un torbellino de emociones que no podía nombrar.

Abel, al girar la cabeza, la vio. No hubo sorpresa en su rostro, solo un reconocimiento tranquilo y cálido, como si siempre hubiera sabido que ella estaría allí. Elsa ladró, corriendo hacia Lily, y él sonrió suavemente, como quien acepta que el mundo puede detenerse un instante sin romperse.

Lily... —dijo con la voz baja, cuidando cada palabra.

Ella solo bajó la cabeza, incapaz de hablar, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. No necesitaba decir nada. La simple presencia de Abel, la mirada silenciosa, la calma de Elsa, era suficiente para abrir la grieta que había comenzado a formarse en su interior.

Se acercó despacio, manteniendo la distancia justa, respetuosa, mientras Abel señalaba la fuente cercana, donde el agua caía con un rumor constante y relajante.

Mira... —susurró—, incluso aquí, todo parece detenido, pero sigue fluyendo.

Lily levantó los ojos y vio los reflejos en el agua, el movimiento de los peces, la luz filtrándose entre las columnas. Sintió cómo la tensión que arrastraba durante semanas, meses, comenzaba a relajarse un poco. Por primera vez, su respiración se volvió más ligera, y el muro de cristal que Daniel había levantado en torno a ella parecía menos sólido. El agua se convirtió en símbolo de su propia fuerza interior, fluyendo a pesar de las barreras que la aprisionaban.

Abel no le exigió nada, no buscó palabras de explicación. Solo estuvo allí, con ella, y eso fue suficiente. El jardín, la luz, la brisa y la presencia de Abel eran como un hilo de libertad que, aunque pequeño, empezaba a extenderse dentro de Lily.

Por un instante, el mundo se redujo a ese silencio compartido, donde los recuerdos, la memoria y la esperanza podían coexistir, y donde la grieta en el muro de cristal dejó de ser solo mental: se volvió tangible, abierta, real.

Abel no dijo nada más. Guardó la cámara lentamente y, por un instante, se quedó mirándola con la serenidad de quien no tiene prisa. Elsa se había sentado a los pies de Lily, moviendo la cola suavemente, como si también comprendiera el peso de ese momento.

Lily temblaba, con los dedos crispados sobre el borde del muro, sintiendo que todo el dolor, el silencio y el miedo que había acumulado estaba a punto de desbordarse. Bajó la mirada, avergonzada por las lágrimas, como si mostrar su fragilidad fuera una falta. Sin embargo, en ese momento, su vulnerabilidad se convirtió en una fuerza silenciosa, un paso hacia su propia sanación.

Abel dio un paso más. Y luego otro. Con lentitud, sin invadirla, dejó que ella misma marcara el ritmo. Cuando estuvo lo bastante cerca, levantó las manos despacio, como pidiendo permiso sin palabras, y la rodeó con un abrazo suave, firme pero delicado, como quien sostiene algo frágil que no quiere romper.

Lily se quedó rígida al principio, sorprendida por el contacto. Nadie la abrazaba así desde hacía mucho tiempo. No era un abrazo de control, ni de posesión, ni de exigencia. Era un refugio. Un espacio seguro. Y entonces, sin poder contenerlo más, apoyó la frente contra el hombro de Abel y dejó que el llanto la atravesara, profundo, desbordante, sin miedo a que la juzgaran.

Él no dijo nada. No intentó calmarla con frases vacías. Solo permaneció allí, sosteniéndola, dejando que sus sollozos se disolvieran en el murmullo de la fuente cercana y en la brisa perfumada de los jardines.

Cuando al fin levantó la cabeza, con los ojos enrojecidos, Abel le apartó un mechón de cabello de la frente con gesto sencillo y le sonrió. Una sonrisa leve, sincera, como un recordatorio silencioso de que aún existía ternura en el mundo.




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