La tarde caía con un cielo plomizo, y la luz que se filtraba por las ventanas de la casa dibujaba sombras largas sobre el suelo. Daniel estaba revisando documentos, su mirada rígida y exacta, como un bisturí, midiendo cada gesto de Lily, dispuesto a controlar cada movimiento de su día.
— Lily —dijo de repente, sin levantar la vista—, ¿Has puesto ya la ropa en su lugar?
— Sí. — respondió ella, con voz serena.
Pero esta vez, mientras pasaba a su lado, no se apresuró. Dio un paso más lento, midiendo su propio ritmo, como si el tiempo le perteneciera por un instante.
Daniel frunció el ceño, notando algo diferente. La obediencia que creía absoluta parecía temblar bajo un hilo de aire que no podía nombrar.
— No tardes tanto. — amenazó con un tono cortante.
Lily se detuvo. Inspiró profundo, como si llenara su pecho de un aire que ya no le debía a nadie, recordando el abrazo de Abel, el murmullo del agua en los jardines, el viento entre los naranjos. Un hilo de fuerza recorrió su espalda. Con un gesto apenas perceptible, se inclinó para colocar la ropa de manera ordenada, pero no exactamente como él esperaba. Un pequeño detalle: un pliegue que él habría corregido, un ángulo ligeramente distinto, invisible para cualquiera excepto para alguien tan meticuloso como Daniel.
— Eso está... diferente. —dijo él, levantando finalmente la mirada.
— Sí —respondió Lily, con calma.
Su voz no temblaba, su postura era firme. Por primera vez, Daniel no encontró fisuras. Solo un muro liso, ajeno.
Daniel permaneció en silencio, observándola. No podía señalar con exactitud qué era, pero sentía cómo la seguridad que siempre tuvo sobre ella se resquebrajaba. Lily, por primera vez, parecía moverse dentro de la casa sin depender completamente de su vigilancia, como si la habitación tuviera rincones donde él no podía entrar.
Más tarde, mientras se sentaba a la mesa, Lily dejó que un pensamiento hacia Abel surgiera de nuevo. La memoria de su abrazo, de la brisa en los jardines, la sostenía. Daniel seguía hablando de horarios, planes, obligaciones, pero ella ya no escuchaba solo su voz:
escuchaba también la suya propia, como una música callada que crecía en su pecho, ajena a toda orden, a toda norma.
Y así, entre papeles ordenados de forma ligeramente distinta y movimientos medidos que Daniel no comprendía, Lily comprendió que la grieta en el muro de cristal se había hecho más grande. No era un rompimiento explosivo, sino un gesto invisible: una victoria diminuta, pero de ella, que ningún control podría borrar.
Daniel no podía quitarse la sensación de inquietud. Cada gesto de Lily lo incomodaba, aunque en la superficie ella seguía siendo la misma: obediente, callada, perfecta. Pero había detalles que no podía ignorar: un movimiento más pausado al recoger los platos, una mirada que se demoraba en la ventana, un suspiro casi imperceptible antes de contestarle.
— Lily... — dijo un día, mientras revisaba unos papeles en la mesa—Me parece que... algo ha cambiado en ti.
Ella levantó los ojos con calma, sosteniéndolo apenas con la mirada. Su voz seguía siendo suave:
— ¿Cambiada? ¿En qué sentido?
Daniel frunció el ceño, como si estuviera intentando atrapar un fantasma. Como quien intenta sujetar humo con los dedos.
— No sé... no puedo explicarlo. Solo siento que ya no eres la misma que hace unas semanas.
Lily inclinó ligeramente la cabeza, con un gesto de inocencia que ocultaba todo lo que llevaba dentro. Sin embargo, en su mente, Abel estaba allí de nuevo: el abrazo, los jardines, la brisa sobre su piel. Cada recuerdo le daba fuerza, cada pensamiento hacía que la grieta en el muro se expandiera un poco más.
— Debe ser el cansancio... — dijo suavemente, y volvió a sus tareas, manteniendo la calma, con la misma naturalidad con la que un pájaro oculta sus alas bajo el cuerpo.
Daniel no estaba convencido. Esa misma noche, mientras ella ordenaba la cocina, sus ojos la seguían con atención creciente. Cada gesto que antes pasaba desapercibido ahora le parecía sospechoso: la manera en que apoyaba la mano en el borde de la mesa, cómo giraba los objetos sin que él lo ordenara, cómo su respiración parecía más tranquila de lo habitual... como si el miedo se hubiera dormido.
— Lily — dijo finalmente, con un filo de tensión en la voz—. Quiero que me digas la verdad. ¿Hay algo que estés ocultando?
Ella se detuvo un instante, el paño húmedo aún en sus manos, midiendo cada palabra, cada respiración. Luego respondió con calma:
— No, nada...
Y aunque era verdad que no le contaba nada de Abel ni de sus recuerdos, en su interior existía un mundo que Daniel no podía tocar. La grieta había crecido hasta convertirse en un espacio seguro: un lugar donde podía sentir, decidir y existir, incluso mientras él seguía intentando controlarlo todo.
Esa noche, mientras Daniel dormía, Lily permaneció despierta un largo rato, los dedos rozando el borde de la cama. La yema de sus dedos tocaba madera, pero en su mente era piedra: la del puente, la del Alcázar. Recordando el contacto de Abel, el murmullo de los jardines, la sensación de libertad que nadie podía arrebatarle. La grieta en el muro de cristal ya no era solo un pensamiento; era un refugio, una fuerza interna, un hilo de esperanza que comenzaba a desafiar la opresión diaria.
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Editado: 27.02.2026