El Eco De Lo Que Callamos

CAPÍTULO DIECISEIS: EL GOLPE Y LA RESISTENCIA.

El aire dentro de la casa era denso, cargado, como si cada objeto respirara la tensión acumulada durante semanas. Cada sombra parecía moverse con vida propia, reflejando la ira y la frustración que llenaban el espacio. El olor metálico de la sangre de su mejilla, el calor de la adrenalina y el temblor sordo de sus piernas mezclaban miedo y determinación en una misma sensación.

Daniel la observaba con los ojos encendidos de furia contenida; la mandíbula rígida, los puños cerrados y los hombros tensos delataban la desesperación de quien siente que su control absoluto se le escapa. Cada respiración suya era pesada, audible, como un tambor amenazante que llenaba la habitación.

¡Dime la verdad! —gritó, su voz resonando como un latigazo contra las paredes—. ¡No puedes ocultarme nada!

No hay nada que ocultar. —susurró Lily, midiendo cada palabra, aunque su corazón golpeaba con fuerza contra su pecho y las manos le temblaban apenas, la piel fría por la adrenalina.

Daniel no podía tolerar la grieta que ella había abierto en su autoridad. Sin pensar, levantó la mano, y el golpe cayó directo sobre la mejilla de Lily. Fue seco, brutal, un choque que la lanzó unos pasos hacia atrás. Sintió cómo el hueso vibraba bajo la piel, un dolor punzante que le subía hasta los ojos, mezclado con un ardor que le inundaba la mejilla y la hacía lagrimear. Cada respiración era un recordatorio de dolor y de vulnerabilidad física.

Un silencio pesado se instaló entre ellos. Lily llevó la mano a la mejilla, palpando el moretón que comenzaba a formarse, la piel ya hinchada y caliente. Pero en su interior se encendió un hilo invisible: el recuerdo del abrazo de Abel, los jardines del Alcázar, el aire fresco y la brisa entre los naranjos. Ese hilo se convirtió en escudo, más fuerte que cualquier golpe físico. Su mente se tensó, clara, fría, alerta.

¡Mírame! —gritó Daniel, avanzando hacia ella, respiración agitada, ojos llenos de furia—. ¡Tú no decides nada aquí!

Lily cerró los ojos un instante, respirando profundo. Cada latido de su corazón era un tambor que marcaba su resistencia silenciosa. Cada pensamiento hacia Abel, cada recuerdo de libertad era un muro que Daniel no podía atravesar. Sintió cómo los músculos de sus piernas se endurecían para sostenerse, cómo las palmas de las manos se abrían y cerraban, preparadas para cualquier acción que tuviera que tomar.

Cuando abrió los ojos, lo hizo con firmeza:

No eres dueño de mí.

El golpe invisible de sus palabras hizo que Daniel retrocediera, incapaz de comprender cómo alguien a quien creía completamente sometido podía sostenerse así. La tensión se volvió casi tangible: hombros rígidos, respiración agitada, miradas fijas que medían cada gesto, como si pudieran decidir el destino de la habitación en un instante.

¿Quién será a esta hora? — murmuró, apenas audible Daniel.

Un grito ahogado cortó la tensión del pasillo, resonando como un disparo en la casa silenciosa. Lily se quedó inmóvil, el corazón golpeando contra su pecho, la sangre todavía caliente en la mejilla adolorida. Luego, pasos apresurados retumbaron contra el suelo: primero uno, luego otro, firmes, seguros, calculados. Elsa apareció a su lado, orejas erguidas, gruñendo bajo y constante, un reflejo animal de alerta y protección.

¡Lily! — la voz de Abel atravesó el corredor como un rayo. — ¡¿Estás bien?!

No era solo preocupación; era presencia absoluta. Cada palabra estaba medida, controlada, cargada de fuerza, como si cada sílaba construyera un muro entre ella y Daniel. Lily lo reconoció de inmediato: no había miedo en su tono, solo autoridad silenciosa. Cada paso que daba lo hacía más firme, más real, más imposible de ignorar.

Abel llegó al umbral de la puerta. Se detuvo, pies separados, espalda recta, hombros anchos pero relajados, respiración controlada. No necesitó gritar ni mover un dedo para hacerse notar: su simple presencia llenaba el espacio de seguridad y desafío al mismo tiempo. Elsa se colocó entre él y la puerta, enseñando dientes con un gruñido bajo y constante, como un recordatorio: este territorio no suyo.

Daniel, que hasta ese momento había medido cada gesto de Lily con furia contenida, se congeló. Su mirada recorrió el cuerpo de Abel, evaluando cada centímetro: la firmeza de los hombros, la estabilidad de los pies, la serenidad en la respiración. Por primera vez, Daniel sintió que alguien podía interponerse y desafiarlo directamente, sin gritar ni golpear, solo con presencia y determinación.

Escuché los gritos... —dijo Abel, con voz firme, clara, cortante como acero templado—. Quiero saber si está bien.

Cada palabra era medida, pesada de autoridad y calma. No había duda ni vacilación, solo certeza. Lily sintió cómo un hilo de alivio recorría su columna; su primer instinto fue inspirar profundamente y dejar que la seguridad de Abel se filtrara en su cuerpo. Por primera vez en días, la tensión acumulada disminuyó ligeramente, y su mente recuperó claridad.

Daniel retrocedió casi imperceptiblemente, como si percibiera que la habitación ya no estaba bajo su dominio absoluto. Abel permaneció firme, inmóvil, un muro silencioso que impedía cualquier avance, y Lily comprendió al instante que su intervención no solo era física: era un catalizador psicológico, un recordatorio de que no estaba sola y que podía recuperar algo de control sobre su propio espacio.




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