El Eco De Lo Que Callamos

CAPÍTULO DIECISIETE: EL SILENCIO ROTO.

La calma que siguió al enfrentamiento era engañosa. Afuera, la ciudad continuaba con su ritmo indiferente: coches que pasaban, voces lejanas en la calle, un perro que ladraba en la distancia. Pero dentro del apartamento de Lily, el silencio era tan espeso que parecía tener forma, como si las paredes retuvieran el eco de los gritos de Daniel y el golpe que todavía ardía en la piel de ella.

Abel permanecía cerca, de pie junto a la puerta, con los puños cerrados y la respiración pesada. Había corrido desde su propio apartamento al escuchar los gritos, y aunque había llegado a tiempo para interponerse, no podía borrar de su memoria la imagen de Lily encogida contra la pared, la marca roja en su mejilla, los ojos llenos de una dignidad que resistía incluso en medio del miedo.

Hasta ese momento, Abel había querido convencerse de que lo que ocurría entre Lily y Daniel era solo tensión, una relación difícil, algo que ella misma resolvería. Pero esa noche comprendió que no: lo que había visto no era un malentendido, ni una discusión subida de tono. Era algo mucho más oscuro, más real, más peligroso.

Nombrar la verdad le quemaba en la garganta, pero callar era ya imposible.

Abel dio un paso hacia ella, su voz grave y quebrada a la vez.

Esto que a pasando... — dijo despacio, mirándola con firmeza. —Lily, esto es maltrato.

El silencio se quebró con esa palabra. Ella apartó la mirada, acariciando el lomo de Elsa, que permanecía tumbada junto a sus pies como un centinela. Sus labios temblaron apenas, pero no lo negó.

Lo sé —susurró—. Pero necesitaba escucharlo de alguien más.

Abel sintió un nudo en el estómago. La sinceridad de esa respuesta lo atravesó más que cualquier grito.

¿Desde cuándo? — preguntó, bajando la voz, como si temiera que Daniel aún pudiera oírlo desde alguna sombra.

Lily respiró hondo antes de contestar.

Hace meses... empezó con detalles pequeños. Cosas que parecía que no importaban: mover un libro, cambiar un plato de sitio, revisar mis notas. Yo pensaba que exageraba, que era su forma de ser, que podía soportarlo. Pero luego fueron las preguntas constantes, el tono cada vez más duro, la sensación de que cada rincón de mi casa ya no me pertenecía. Y cuando quise darme cuenta, ya era tarde.

Hizo una pausa, bajando la mirada hacia sus manos, que temblaban sin que ella pudiera detenerlas.

Hoy... cuando me gritó, cuando me empujó contra la pared, entendí que ya no es algo que pueda esconder. Pero aun así... —tragó saliva—. Siento vergüenza, Abel. Como si yo hubiera permitido que llegara hasta aquí.

Él se inclinó hacia adelante, con los ojos encendidos de rabia y ternura a la vez.

No, Lily. No es tu culpa. Nunca lo fue. Quien maltrata decide hacerlo. Quien invade, quien controla, quien hiere... —apretó los dientes, buscando las palabras—. Esa responsabilidad es solo de él. Tú resististe como pudiste. Y eso ya habla de tu fuerza.

Ella lo miró en silencio, con lágrimas que brillaban, pero no caían. En su interior, las palabras de Abel resonaban como un bálsamo, aunque una parte de ella seguía peleando contra la culpa, contra la duda sembrada por semanas de manipulación.

A veces pienso... —dijo con voz quebrada— que, si hubiera sido más firme desde el principio, si hubiera dicho "no" más fuerte, si no me hubiera callado tanto... quizás no habría llegado hasta aquí.

Abel negó con la cabeza con fuerza.

Él buscaba tu silencio, Lily. Buscaba esa calma tuya para transformarla en control. Tú no eres culpable de eso. Eres víctima, sí, pero también eres quien está decidiendo recuperar su voz. Mira lo que hiciste hoy: enfrentarlo, decirle que este apartamento es tuyo, que tu espacio te pertenece. Eso es más de lo que imaginas.

Elsa levantó la cabeza, como si confirmara con su mirada atenta lo que Abel acababa de decir. Lily acarició al perro con ternura, y esa presencia silenciosa le recordó que no estaba sola.

Ella respiró profundamente, cerrando los ojos un instante.

Me da miedo, Abel. Que vuelva. Que todo esto no termine. Que no pueda sostenerme.

Abel apoyó una mano sobre la mesa, como si buscara anclar sus palabras.

Lo sé. Y no voy a dejar que lo enfrentes sola. Ni yo, ni Elsa, ni... —se detuvo un segundo, pensativo—. Ni nadie.

Lily permaneció en silencio, mirándolo con atención. Elsa, a sus pies, había bajado la cabeza, como si también percibiera el peso invisible que flotaba en el aire. Lily bebió un sorbo de agua, intentando ordenar sus pensamientos, pero las palabras salieron más rápido de lo que esperaba.

Hace mucho que no hablo con Clara — murmuró, casi en un susurro — Ella... era mi amiga más cercana.

Abel frunció levemente el ceño.

¿Qué pasó con ella?

Lily bajó la mirada, jugando con el borde del vaso entre sus dedos. El recuerdo la golpeó con fuerza: la visita sorpresa de Clara en la librería, sus mensajes insistentes que con el tiempo había dejado sin responder, las llamadas que Daniel siempre encontraba la forma de interrumpir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.