El sol comenzaba su descenso sobre Córdoba, tiñendo el Guadalquivir de tonos dorados y naranjas que se reflejaban en las aguas tranquilas. La brisa era ligera, trayendo consigo aromas de jazmín y de tapas recién servidas desde la terraza de la Taberna del Río. Lily subió por la escalera de la azotea con el corazón latiendo más rápido de lo habitual; cada paso era un recordatorio de que hoy finalmente hablaría con Clara sobre todo lo que había sucedido.
Al abrir la puerta de la terraza, la vista la dejó sin aliento. La ciudad se extendía a sus pies, los tejados blancos y las torres antiguas bañadas por la luz cálida del atardecer. Las luces de la terraza parpadeaban suavemente, mezclándose con los últimos rayos de sol, creando un ambiente de calma y magia. Lily respiró hondo, intentando calmar la mezcla de ansiedad y emoción que le revolvía el estómago.
— Lily —dijo una voz familiar detrás de ella.
Se giró y vio a Clara, con su sonrisa tranquila y la mirada clara que siempre lograba reconfortarla. Durante un instante, el mundo pareció detenerse. Solo se escuchaba el murmullo del río y el leve tintineo de las copas en la barra.
— Hola —murmuró Lily, con la voz apenas audible—. Gracias por venir.
Se dirigieron a una mesa apartada, con vista directa al río y los puentes antiguos que cruzaban Córdoba. Clara se sentó primero, ajustando el cabello detrás de la oreja, y Lily se acomodó frente a ella, sintiendo cómo el peso de los últimos meses se concentraba en su pecho.
— Clara... necesito contarte todo lo que ha pasado... —empezó Lily, con la voz temblorosa—. Con Daniel... fue más complicado de lo que pensé. Me sentí atrapada entre lo que creía que debía hacer y lo que realmente quería. Hubo momentos en los que me perdí completamente, y muchas veces no supe cómo comunicarlo, ni contigo ni conmigo misma.
Clara la escuchaba con atención, sin interrumpirla, con esa paciencia que siempre la había hecho confiar en ella.
— Y ahora... —continuó Lily, bajando la mirada hacia sus manos. — estoy conociendo a mi vecino, Abel, y es distinto. Él me hace sentir segura, escuchada... pero también me confunde. Me da miedo abrirme del todo porque aún llevo cicatrices de lo que pasó con Daniel. No sé cómo equilibrar todo esto.
Clara asintió, ofreciéndole palabras de apoyo con la suavidad que solo una amiga de confianza podía dar:
— Lily, es normal que te sientas así. Lo que pasó con Daniel te marcó, y está bien que te tome tiempo entender lo que sientes ahora. Que estés cerca de alguien como Abel no significa que ignores tu pasado, solo que estás aprendiendo a lidiar con él.
Lily levantó la vista, con los ojos brillando ligeramente por la emoción contenida.
— Es que... a veces siento que, si me dejo llevar, puedo repetir los mismos errores... —susurró—. Pero también quiero confiar, quiero permitirme sentir algo bueno, aunque duela pensar en lo que perdí.
Clara le tomó la mano un instante, firme pero tranquila.
— Escúchame, Lily: nadie puede borrarte lo que viviste, ni tampoco lo que sientes. Pero tienes derecho a intentar ser feliz. Hablar de todo esto, procesarlo... eso es lo que te permitirá seguir adelante sin cargar culpas innecesarias.
Lily sonrió, dejando que la tensión acumulada durante meses se deslizara un poco. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que podía respirar sin que el miedo la paralizara.
— Gracias, Clara —dijo, con la voz suave—. No sé qué haría sin ti para escucharme y no juzgarme.
— Siempre. —respondió Clara—. Y recuerda: está bien que tengas miedo, está bien que dudes. Lo importante es que sigas siendo honesta contigo misma, y que no cierres la puerta a lo que podría hacerte bien.
El sol continuaba descendiendo, pintando la ciudad de tonos más cálidos, mientras la brisa acariciaba sus cabellos y el murmullo del río llenaba el silencio entre palabras. Lily comprendió algo con claridad: no necesitaba tener todas las respuestas, solo necesitaba escucharse, abrirse y dejar que la confianza y la reflexión la guiaran.
Allí, en la Taberna del Río, con Córdoba desplegándose ante sus ojos y la luz del atardecer envolviéndolas, Lily sintió que, aunque el pasado con Daniel todavía pesara, podía empezar a reconciliarse con sus propios sentimientos. Que aprender a abrirse a Abel y procesar lo vivido no era contradictorio, sino parte de su camino hacia adelante.
Lily apoyó los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos y dejando que la brisa le revolviera el cabello. Miró el río que brillaba bajo el sol que comenzaba a ocultarse tras los tejados blancos, tratando de ordenar los pensamientos que aún la desbordaban.
— Clara... —comenzó, con la voz más baja esta vez—, lo que siento por Abel... es tan distinto de todo lo demás que no sé cómo explicarlo. Es como si, por primera vez en mucho tiempo, pudiera respirar tranquila. Pero también me siento culpable por estar bien, después de todo lo que pasó con Daniel.
Clara inclinó la cabeza, escuchando con esa atención absoluta que siempre había tenido.
— No es culpa tuya, Lily. —dijo—. No tienes que justificar lo que sientes. Tu corazón no es traidor por buscar algo que te haga feliz después de sufrir.
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Editado: 27.02.2026