Lily observaba desde su ventana el vaivén de la ciudad, el bullicio familiar de la calle, los ruidos lejanos y cercanos que siempre habían estado ahí, pero que ahora, después de tanto tiempo, parecían nuevos. El edificio en el que vivía, de fachadas ajadas por el paso del tiempo y los días soleados de Córdoba, parecía más familiar que nunca. Algo había cambiado en ella, pero también algo había cambiado en el espacio. Ya no era la misma, pero tampoco lo era la ciudad.
El regreso a la vida cotidiana no fue fácil. Hubo días en los que el reloj avanzaba como si se deslizara suavemente, y otros, donde las horas parecían arrastrarse lentamente, como si no tuvieran fin. Había tenido tantos momentos de desconexión, momentos en los que había perdido el rumbo por completo, pero ahora sentía que algo dentro de ella le decía que debía retomar el control, aunque fuera en pasos pequeños.
El sol de la tarde entraba por su ventana, bañando la habitación en tonos cálidos. Se sentó en su escritorio, que hasta hacía poco había permanecido vacío, y miró la pila de libros que había dejado de lado hacía tanto tiempo. Volver a leer por puro placer era algo que había perdido cuando su vida había girado alrededor de la necesidad de cumplir expectativas ajenas. Recordó esos días en los que leía por horas, sin preocuparse por nada más. Tomó un libro que siempre había amado, un viejo ejemplar de Cortázar, y se sumergió en sus páginas. La sensación de estar completamente absorbida por la lectura la llenó de calma, de una paz que no había experimentado en mucho tiempo.
Pero después de un rato, se dio cuenta de que la calma que le traía la lectura no era suficiente. Había algo más, algo más profundo que necesitaba retomar. Necesitaba empezar a darle un sentido a los espacios que la rodeaban. En ese momento pensó en su casa, ese lugar que había sido solo un refugio temporal. Ya no lo veía como un espacio vacío; comenzaba a verlo como suyo. Decidió decorarla. Colocó algunas velas aromáticas, una planta que había comprado en una tienda cercana por el simple hecho de que le gustaban las hojas de un verde intenso, y una pintura que había encontrado en una galería que le había gustado sin razón aparente. No era mucho, pero era un paso.
La vecina del frente, una mujer mayor con la que apenas había intercambiado saludos, apareció en el pasillo justo cuando Lily salía del ascensor. La mujer le sonrió, y en su mano traía una planta, una pequeña gerbera, que le ofreció como un gesto de bienvenida.
— Te traigo un geranio. —dijo, con voz suave, como si hubiera hecho algo monumental.
Lily se sorprendió por la amabilidad inesperada, pero aceptó el regalo con una sonrisa sincera. Esa tarde, la planta se unió a las otras pequeñas cosas que empezaban a darle un poco más de vida a su hogar. Y aunque parecía un pequeño gesto, el hecho de haber dejado que algo ajeno a ella entrara en su espacio, marcó un pequeño cambio.
Pero algo seguía faltando. Aunque su casa comenzaba a sentirse más cálida, más suya, había una sensación de vacío que no podía ignorar. Decidió salir a caminar, a explorar el barrio de nuevo. Necesitaba más que las paredes de su apartamento.
Al salir, el edificio se transformó en su punto de partida hacia un nuevo tipo de libertad. Ya no caminaba sola. Siempre había alguien más en su camino. Elsa, la perra de Abel, apareció en el patio del edificio junto con su dueño, y no pudo evitar sonreír al verla. Elsa estaba siempre dispuesta a salir, y su energía era inagotable. Un movimiento de su cola, una mirada alegre, y Lily entendió que no estaba sola en ese proceso. Si Elsa podía disfrutar tan plenamente de cada paseo, ella también podía empezar a disfrutar de los pequeños momentos que la vida le ofrecía.
— ¿Te gustaría pasear conmigo? —le preguntó con voz suave, aunque la perra no necesitaba invitación alguna.
Así, comenzaron a caminar por el vecindario. Elsa tropezó varias veces con su propia energía, pero Lily no dejó de sonreír. A medida que caminaba, la ciudad se sentía más cercana. La gente, los ruidos, las plazas con sus árboles viejos, los cafés con sus mesas de madera: todo comenzaba a encajar de nuevo, como si algo en su interior también se estuviera reconfigurando.
La tarde en Córdoba estaba tranquila, con el sol derramando una luz dorada sobre las calles del barrio. Abel caminaba relajado, con Elsa tirando de la correa como si estuviera en una misión. Lily lo seguía a una distancia cómoda, disfrutando de la brisa fresca, mientras Elsa avanzaba con su característico entusiasmo.
— Parece que Elsa está decidida a llevarnos a su ritmo hoy. —comentó Lily, sonriendo al ver cómo la perra tiraba de Abel, ignorando las señales que él le daba para caminar más despacio.
Abel soltó una risa ligera, ajustando la correa en su mano.
— Sí, es su especialidad. Cuando sale, es como si todo lo demás desapareciera. Ni siquiera se da cuenta de que yo soy el que la lleva a pasear. Solo sigue su olfato y su instinto.
Lily miró a Elsa, que de vez en cuando se detenía a olfatear el aire, pero al notar que no había nada interesante, continuaba su marcha con la misma energía.
— Me gusta su forma de ser, tan... directa. No tiene filtros. —dijo Lily, pensativa.
Abel la miró de reojo y sonrió.
— A veces me gustaría tener esa capacidad, ¿no? Simplemente hacer lo que uno siente sin preocuparse tanto por lo que piensen los demás. Elsa no se complica, solo vive el momento. Y eso es lo que la hace especial.
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Editado: 27.02.2026