El Eco De Lo Que Callamos

CAPÍTULO VEINTIUNO: EL CORAZÓN AL RITMO DE ELSA.

Lily había comenzado a disfrutar de las pequeñas cosas. Después de tanto tiempo sumida en la necesidad de cumplir expectativas ajenas, sentía que, por fin, podía respirar. Pasear por la ciudad, por ejemplo, había comenzado a ser uno de esos momentos sencillos que le devolvían la calma. Aunque al principio no lo entendía, esa sensación de libertad le llegaba gracias a los paseos con Elsa.

No eran largos ni complicados, pero el simple hecho de caminar por las calles de Córdoba, respirando el aire fresco de la tarde, le recordaba lo esencial de estar presente. Aunque no lo reconociera, Elsa, con su energía desbordante y su independencia, se había convertido en un refugio para Lily, una especie de compañía silenciosa que, aunque no lo sabía, la guiaba sin presiones.

Abel, siempre a su lado, nunca dejaba de sorprenderla. A veces pensaba que él no tenía idea de lo mucho que su presencia había significado en su proceso de reconstrucción, en esos momentos en los que solo se permitía existir sin pensar demasiado.

¿Sabías que Elsa tiene un don para distraerte? — comentó Abel, con su acento andaluz tan marcado, mientras, con paso tranquilo, dejaba que la perra se adelantara, corriendo entre las calles del barrio, a la par de su entusiasmo desmedido.

El tono relajado de su voz, con esa cadencia característica de Córdoba, le daba un toque especial a cada palabra que salía de su boca. Era como si su manera de hablar, al mismo tiempo pausada y cálida, reflejara su personalidad: sencilla, pero llena de vida. Lily no podía evitar sentir que, de alguna forma, el acento de Abel le daba una sensación de cercanía, como si todo en él estuviera conectado con el ritmo de la ciudad misma.

Sí, es como si tuviera una forma muy especial de hacernos olvidar las prisas. —respondió Lily, distraída por la sonrisa de Abel.

Pero esa sonrisa, ese gesto tan simple, hizo que un cosquilleo comenzara a recorrer su cuerpo. ¿Cuándo había comenzado a notar esas cosas? Se quedó callada un momento, procesando sus pensamientos mientras caminaba al lado de Abel y Elsa, que ahora saltaba sobre las hojas caídas de los árboles.

El paseo continuó, pero Lily se dio cuenta de algo: cada vez que la mirada de Abel se encontraba con la suya, su corazón latía con un ritmo diferente. Algo que antes había estado latente, como un susurro que no se atrevía a hablar, comenzaba a tomar forma. La calidez de su mirada, el modo en que su risa llegaba con naturalidad, la forma en que caminaba a su lado sin prisa, sin presión, todo eso despertaba en Lily una inquietud suave, pero creciente.

A medida que pasaban los días, Lily no podía dejar de pensar en esas pequeñas interacciones. No se trataba solo de los paseos. Abel tenía una calma que la atraía, algo tan sereno y auténtico que le hacía sentir que, al estar cerca de él, algo dentro de ella se suavizaba. Durante mucho tiempo, había estado enfocada en reconstruir su vida, en volver a encontrarse a sí misma después de tantas pérdidas y cambios. Pero, sin darse cuenta, había comenzado a sentir algo más por Abel.

Era algo sutil al principio. Unas risas compartidas, una mirada cómplice sobre Elsa que no necesitaba palabras. Pero cada vez más, cuando pensaba en su futuro, sentía que Abel formaba parte de él. Y Elsa, su perra, la amiga incansable, parecía ser la encargada de conectar los puntos entre ambos.

Un día, después de uno de esos paseos tranquilos, Lily se sintió extraña al entrar en su casa. Aquella tarde había sido diferente. Algo en su pecho no la dejaba en paz, una quietud suave, pero creciente. Se detuvo frente al espejo del pasillo, mirándose en silencio. Había algo en su mirada que no reconocía, como si, de repente, pudiera ver una nueva capa de sí misma. Una capa que ya no solo se trataba de reconstruir, sino de permitirse. Había pasado tanto tiempo en la incertidumbre, sin saber qué quería, sin saber qué sentía. Pero ahora, el roce de sus pensamientos sobre Abel, el roce de esos momentos tan sencillos, pero tan cargados de algo especial, la hacía sentir como si finalmente pudiera escuchar la voz de su corazón.

A la mañana siguiente, después de otro paseo con Abel y Elsa, Lily se sentó frente a su ventana, mirando la ciudad desde allí. Ya no era el mismo lugar que antes; había algo nuevo, algo que se había infiltrado en su vida sin previo aviso. Pensó en lo que había dicho su madre, en su consejo sobre aprender a amarse a uno mismo antes de amar a otros. Pero ahora, Lily sentía que todo estaba conectado: el amor propio, su vida, y tal vez, la posibilidad de amar a alguien más. A Abel, sin más rodeos. Sin pretensiones.

Se quedó observando el sol filtrándose por las cortinas, como si todo a su alrededor estuviera pidiendo permiso para crecer, para florecer. Y algo dentro de ella también se despertó con esa luz, como una semilla que, finalmente, encontraba el espacio para echar raíces.

Esa tarde, cuando se encontraron con Abel para otro paseo, algo en el aire se sintió diferente. Elsa, como siempre, lideraba el camino, pero Lily y Abel parecían caminar al mismo ritmo, como si todo lo que estaba entre ellos fuera más claro ahora, sin necesidad de palabras.

Abel, al notar que la mirada de Lily se detuvo en él por un segundo más de lo habitual, sonrió suavemente, como si una pequeña chispa se hubiera encendido entre ambos como si todo lo que estaba entre ellos fuera más claro ahora. La luz del atardecer jugaba en su rostro, resaltando la suavidad de sus facciones y el brillo que había en sus ojos.




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