El atardecer teñía las calles de Córdoba, y el aire suave de la tarde se deslizaba entre los árboles, acariciando la piel de Lily. Esta vez, ella no caminaba tan distraída, como en otras ocasiones, en que los pensamientos parecían perderse en la brisa. Hoy, su mente estaba en otro lugar, concentrada en algo más cercano, más personal.
Abel caminaba a su lado, siempre tranquilo, siempre tan presente. Elsa, como de costumbre, encabezaba el grupo, corriendo de un lado a otro, disfrutando de su libertad con la misma alegría desbordante de siempre. Pero la mirada de Lily se desvió hacia él. Algo había cambiado. La cercanía que compartían se sentía más profunda, más real. No era solo el sol que hacía brillar sus ojos, ni la cadencia tranquila de su paso, sino algo que no se podía definir con palabras.
Lily siempre había sentido que había algo más en él, algo que no se mostraba tan fácilmente. Abel nunca hablaba mucho de sí mismo, y cuando lo hacía, sus historias siempre parecían ligeras, como si no se atreviera a ir más allá. Pero hoy, algo en su silencio la inquietaba. Fue entonces cuando él habló, rompiendo el equilibrio de la caminata, con un tono que no era tan despreocupado como de costumbre.
— A veces pienso en lo que es realmente importante. En todo lo que dejamos atrás sin darnos cuenta. —dijo Abel, sin mirarla, mientras observaba a Elsa saltar entre las hojas secas.
Lily lo miró con suavidad, notando el cambio en su voz. La frase había sido lanzada como quien no espera respuesta, pero algo en ella despertó su curiosidad. Abel, tan cálido, tan lleno de calma, ahora parecía distante, como si el peso de una idea lo hubiera absorbido.
— ¿A qué te refieres? — preguntó Lily, sin saber bien por qué, pero sintiendo que él necesitaba hablar, aunque no lo dijera explícitamente.
Abel la miró por un instante, como si evaluara si debía seguir. Al final, simplemente dio un suspiro, y sus palabras salieron con una vulnerabilidad que nunca había mostrado antes.
— Perdí a mi hermana hace unos años. Un accidente. — dijo, sin más, como si la confesión fuera algo tan natural como respirar. — Y siempre me quedé con esa sensación de no haber dicho lo suficiente, de no haber compartido más con ella. Como si no hubiera estado presente de verdad. Todo ocurrió tan rápido, y yo me quedé con un montón de cosas sin resolver.
Lily sintió un nudo en el estómago al escuchar esas palabras. Nunca había imaginado que detrás de esa serenidad que siempre lo rodeaba, hubiera un dolor tan profundo. De alguna manera, Abel siempre había parecido una roca, pero ahora veía que incluso él cargaba con sus propias sombras.
— Lo siento mucho, Abel. —dijo con suavidad, como si esas palabras pudieran aliviar algo, aunque sabía que no era así. — No tenías cómo saber que sucedería.
Abel asintió, mirando al frente. Elsa se había detenido unos pasos adelante, como si estuviera esperando que los alcanzaran.
— No se trata de saberlo, sino de cómo seguimos adelante después. — respondió con una leve sonrisa, aunque su mirada aún estaba cargada de algo más profundo, de un pesar que no lograba disiparse.
El silencio entre ellos se hizo pesado, pero no incómodo. Era como si Lily comprendiera, en ese momento, que había más capas de Abel que solo la sonrisa tranquila y el humor fácil. Lo que había detrás de sus ojos, detrás de su calma, era un dolor que lo había moldeado, que lo había hecho ser quien era.
Lily no sabía qué decir, pero sentía que, de alguna manera, su presencia podía ofrecerle algo de consuelo. Por primera vez, ella se sintió parte de algo más grande, como si esa conexión que compartían se hubiera vuelto más real, más humana. No solo compartían paseos o risas, sino que ahora también compartían la vulnerabilidad, la verdad que los hacía verdaderos.
Abel se detuvo frente a ella, y por un momento, Elsa, al ver que ya no seguían caminando, se acercó a su lado y se sentó frente a ellos, como si entendiera la importancia de ese instante.
Lily lo miró a los ojos, y esa fue la primera vez en mucho tiempo que se sintió completamente presente. Como si, por fin, pudiera ver a Abel de una manera más profunda, más auténtica.
— ¿Sabes? — dijo él, su voz suave, como si no quisiera romper el momento—. A veces, creo que, en la vida, no se trata de evitar el dolor, sino de aprender a vivir con él. De encontrar una forma de seguir adelante, de no quedarnos atrapados en lo que perdemos.
Lily no respondió de inmediato, solo lo observó, sintiendo que las palabras sobraban. En ese momento, no había necesidad de decir nada más. Era suficiente con estar ahí, en silencio, compartiendo ese espacio.
Abel sonrió de nuevo, pero esta vez fue diferente. Fue una sonrisa genuina, como si, por un segundo, se hubiera permitido ser vulnerable sin miedo al juicio. Lily sentía que, al final, todos esos pequeños momentos compartidos —paseos, risas, silencios— los habían unido de una manera más fuerte que cualquier palabra.
— Gracias por estar aquí. —dijo él, casi en un susurro, mirando el horizonte. Y por un instante, Lily entendió que, en ese simple acto de estar juntos, ambos se daban lo que necesitaban, sin pedir más.
Lily no pudo evitar pensar en cómo, hasta ese momento, su relación con Abel había sido como una danza suave, una coreografía silenciosa que los unía sin que nadie lo hubiera planeado. Pero ahora, con esas palabras, con esa mirada que cruzó entre ellos, sentía que algo había cambiado en la forma en que se entendían.
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Editado: 27.02.2026