Lily despertó antes que el sol, como solía sucederle en los días en que algo en su interior la inquietaba. El silencio en su apartamento la envolvía, pero no conseguía calmar la presión que sentía en el pecho. Algo no terminaba de encajar, un susurro persistente en su mente que no dejaba de repetir su nombre: Abel.
Se sentó en el borde de la cama, mirando al vacío. El sol aún no había asomado, pero su mente ya estaba a mil por hora. El paseo con Abel al atardecer había dejado una marca en ella, algo extraño, como si todo hubiera cambiado de repente. No era un simple paseo. No. Cada mirada compartida, cada sonrisa cómplice, incluso los silencios, le habían dejado una huella profunda, un eco de algo que ni ella misma podía entender.
— ¿Por qué ahora? — susurró, como si hablar en voz baja pudiera darle respuestas.
Su vida había sido una serie de pérdidas, de decisiones erradas que le dejaron cicatrices difíciles de sanar. Había trabajado incansablemente para reconstruir su paz, para aislarse, para protegerse del dolor. Había jurado no volver a permitir que alguien entrara tan profundamente en su vida. Pero Abel, con su calma serena y su mirada tranquila, parecía desbaratar todo lo que había intentado construir.
— ¿Qué estoy haciendo? — pensó, sintiendo cómo el miedo se apoderaba de su pecho.
Era el miedo de siempre. El miedo a la vulnerabilidad, a la pérdida, a ser rota otra vez. Había sido fuerte, se había aislado, y ahora, de repente, todo eso se veía amenazado por alguien que apenas conocía.
La duda la acorralaba. Si lo que sentía por Abel era real, ¿qué significaba para ella? ¿Estaba lista para abrir su corazón otra vez, después de todo lo que había vivido? ¿Era capaz de arriesgarse otra vez a sentir algo tan incierto?
Recordó a Daniel, el hombre con el que una vez pensó que todo era perfecto. El hombre que, al final, la había dejado vacía, sin confianza, sin fe en sí misma. El recuerdo de las tardes calladas, las promesas rotas, la decepción, todavía la perseguían. En su corazón, aún llevaba las cicatrices de esa relación fallida. El amor había sido una ilusión, y ahora cada vez que pensaba en Abel, sentía esa misma incertidumbre. La pregunta que le quemaba los labios era simple: ¿cómo podía confiar en ella misma?
— Esto no puede ser solo una ilusión. — pensó, pero al mismo tiempo, el miedo a que lo fuera la paralizaba. La disonancia entre su deseo y su miedo la mantenía atrapada en un círculo vicioso de dudas.
La tarde llegó con una luz cálida que iluminaba el parque donde siempre se encontraban luego de que Lily terminará de trabajar en la librería. Elsa, como siempre, llegó corriendo, saltando, llena de energía, mientras Abel caminaba a su lado con la misma calma tranquila que la había desconcertado desde el principio.
Pero para Lily, esa tarde fue diferente. Cada mirada de Abel le hacía el corazón saltar. El mundo parecía detenerse cuando sus ojos se encontraban, pero algo dentro de ella se revolvía. Ella no quería ser vulnerable. No quería admitir lo que sentía si ni siquiera podía entenderlo.
Abel comenzó a notar que algo había cambiado en Lily. Su sonrisa ya no era tan fácil, y su risa no llegaba a los ojos como antes. La distancia entre ellos se sentía palpable, como una barrera invisible.
— ¿Lily? — preguntó él, deteniéndose en seco. Elsa, ajena a la tensión, siguió corriendo alrededor de ellos.
Lily levantó la cabeza, sorprendida, pero evitó mirar directamente a Abel. Sus dedos jugueteaban con la correa de Elsa, nerviosos, mientras buscaba cómo responder. El peso de la confusión la sofocaba. ¿Qué decir? ¿Cómo explicar algo que ni ella misma comprendía?
— ¿Sí? — respondió, tratando de sonar natural, pero su voz traicionó la ansiedad que la devoraba.
Abel la observó en silencio, buscando en sus ojos algo que la conectara de nuevo. Pero lo que vio fue desconcierto, una barrera que él no sabía cómo atravesar. La incertidumbre lo golpeó de lleno. ¿Y si ella está retrocediendo? ¿Y si su conexión había sido solo una ilusión de ambos? Un miedo sutil, pero potente, comenzó a crecer en su interior: ¿y si la perdía?
— ¿Qué pasa? — preguntó, con suavidad, esperando una respuesta, pero sin forzarla.
Lily vaciló. Su respiración se volvió más superficial, y sus ojos, lejos de encontrar consuelo en los de él, se centraron en el suelo. El miedo que había estado callando todo el día se apoderó de su garganta. ¿Cómo podía avanzar si no sabía hacia dónde se dirigía? ¿Cómo abrir su corazón a alguien cuando no podía confiar en ella misma?
Suspiró, y con un esfuerzo casi físico, alzó la vista hacia él. Sus ojos reflejaron una mezcla de miedo y vulnerabilidad que ya no podía ocultar.
— Es que... —vaciló, buscando las palabras adecuadas. — Abel, no sé qué está pasando entre nosotros. La verdad es que... me siento tan confundida.
Abel la miró, y aunque su rostro mostraba sorpresa, también había algo que indicaba comprensión. No dijo nada en un primer momento. Solo la observó, tratando de entenderla. La distancia entre ellos era palpable, y aunque él quería acercarse, algo lo frenaba. Pero su miedo a perderla era tan grande que, por un momento, estuvo a punto de perder el control.
— No tienes que saberlo todo, Lily. A veces las cosas no tienen una respuesta clara. Solo... solo hay que dejarlas ser.
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Editado: 27.02.2026