Al día siguiente, el aire fresco de la mañana parecía diferente. Había algo en la luz que lo hacía todo parecer más nítido, pero dentro de Lily, el eco del día anterior seguía retumbando. Se levantó tarde, sin un propósito claro más allá de intentar continuar con su rutina. Sin embargo, algo en su interior le decía que no podía seguir adelante como si nada hubiera cambiado.
Tomó un largo baño, pero aun así la sensación de vacío no desaparecía. Se miró al espejo, buscando algo familiar en sus ojos. Lo único que encontró fue la incertidumbre. ¿Qué hacer cuando todo lo que has conocido cambia de repente?
Decidió salir a caminar, sin rumbo fijo, buscando alguna señal, alguna respuesta que pudiera encontrar fuera de ella misma. El sol de la mañana calentaba su piel, pero esa calidez parecía no llegar hasta su interior. A veces pensaba que la respuesta estaba en los lugares, en los rostros de las personas que cruzaban su camino, pero esa mañana, todo parecía distante. Los sonidos alegres de los niños jugando sonaban como ecos lejanos, casi como si fueran parte de otro mundo que ella no podía alcanzar. Como si el mundo estuviera en otra frecuencia, muy lejana de la que Lily necesitaba alcanzar.
Mientras caminaba sin prisa, pensó en las veces que se había sentido segura, rodeada por los brazos de Abel, abrazada por su calma y, sobre todo, por su confianza. Pero ahora, en su mente, todo eso se sentía como un espejismo. ¿Cómo era posible que las emociones que antes parecían tan claras ahora estuvieran tan borrosas?
Lily llegó al parque, y en un impulso, se sentó en el banco donde siempre solía descansar con Abel. Los recuerdos la golpearon con fuerza. El sonido de las risas, las conversaciones profundas sobre libros y anime, la complicidad que tenían... hasta las discusiones que a veces eran tan intensas que pensaba que se alejarían para siempre. Pero no lo hacían. Siempre volvían a encontrarse en algún punto intermedio.
Alrededor de ella, la vida seguía como siempre. Niños correteando, parejas paseando de la mano, ancianos que se sentaban en bancos a leer el periódico. Y, sin embargo, Lily se sentía fuera de lugar. Como una espectadora en su propia vida, atrapada detrás de un vidrio invisible, esperando que algo sucediera para darle sentido a su existencia en ese momento de desconcierto.
De repente, su teléfono vibró. Miró la pantalla con aprensión. Era un mensaje de Abel. Lo leyó con cautela, como si cada palabra fuera un hilo que podía deshacerse entre sus dedos.
"Lily, sé que esto no es fácil. Sé que cometí un error grave, pero quiero que sepas que estoy aquí, siempre dispuesto a hablar, a escuchar, a intentar entender.
Si necesitas tiempo, lo entiendo."
Las palabras de Abel calaron hondo en su pecho, pero también le dieron una sensación extraña de dolor y esperanza al mismo tiempo. No podía negarlo, no podía ignorar el hecho de que las palabras de Abel seguían teniendo poder sobre ella. Pero también sabía que no podía tomar una decisión apresurada. No aún.
Tecleo sus dedos a la pantalla del teléfono para escribir una respuesta, pero no lo hizo. En lugar de eso, se levantó del banco, respiró hondo y comenzó a caminar de nuevo. No sabía hacia dónde iba, pero sí sabía que necesitaba encontrarse a sí misma antes de decidir qué hacer con Abel, con su relación, con su vida.
Lily caminó sin rumbo fijo, dejando que sus pasos la llevaran a través de las calles del vecindario que, aunque familiares, en ese momento le parecían ajenas, como si estuviera transitando por un territorio desconocido, cada sombra y cada esquina le parecían extrañas. El sol ya comenzaba a inclinarse hacia el horizonte, y el calor de la tarde le hacía sentir la piel pegajosa, pero no le importaba. No sentía ganas de volver a su apartamento, donde las paredes parecían susurrar recordatorios de lo que había perdido. A cada paso, se sumergía más en sus pensamientos, en la maraña de dudas y emociones que se apoderaban de su mente.
El mensaje de Abel seguía flotando en su mente. "Se que cometí un eror..." Esa frase, tan sencilla, pero tan llena de peso, retumbaba en su cabeza. ¿Y qué pasa con ella? ¿Cómo podía decidir entre el dolor de lo que acababa de descubrir y el amor que aún sentía por él? ¿Acaso tenía sentido seguir luchando por una relación que parecía tambalearse sobre cimientos tan frágiles?
Una vez más, la sensación de estar atrapada entre dos mundos la invadió. Por un lado, sentía una necesidad urgente de reconstruir lo que había sido su vida con Abel, pero por otro, algo dentro de ella le gritaba que debía poner distancia, no solo física, sino emocional. Necesitaba tiempo para entenderse a sí misma, para saber si lo que sentía por él era suficiente para perdonarlo y seguir adelante. ¿Podría confiar de nuevo? ¿Podría él cambiar?
Lily no sabía cuánto tiempo caminó, ni hacia dónde iba, pero al final se dio cuenta de que había llegado a la librería. Se detuvo frente a la entrada, como si el destino la hubiera llevado allí sin que ella lo decidiera. La librería había sido siempre su refugio, su lugar de consuelo y de paz, el único espacio en el que las respuestas no parecían tan complicadas. Aquí podría encontrar algo que la guiara, pensó. Sin saber por qué, entró sin pensarlo más.
El aroma a papel viejo y café recién hecho la envolvió. La librería estaba casi vacía, y una suave música instrumental sonaba en el fondo. En un rincón, vio a su amiga Clara hojeando un libro, y su presencia, tan serena, la hizo sentir por un momento que todo estaba bien. Clara levantó la mirada al escuchar el sonido de la campanilla sobre la puerta.
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Editado: 27.02.2026