Las semanas que siguieron fueron de constante reflexión y pequeños avances. Lily no se apresuró a volver a la normalidad. No se trataba de retomar las cosas desde donde las dejaron, sino de redefinirlas desde un punto de honestidad brutal. A veces, las conversaciones que mantenían se llenaban de silencio, pero ya no era el silencio de la incomodidad, sino el de la comprensión.
Lily había comenzado a darse cuenta de que la distancia que había tomado no solo le había permitido ver con claridad lo que realmente importaba, sino que también la había ayudado a entenderse mejor a sí misma. No podía seguir ocultando sus propias inseguridades, y Abel tampoco lo haría. En ese proceso, ambos entendieron que el amor no solo era un sentimiento, sino también un acto constante de trabajo, un compromiso para evolucionar juntos.
Un sábado por la mañana, decidieron encontrarse en la librería donde todo había comenzado. Allí, en medio del suave murmullo de los libros y el cálido aroma del café, se encontraron de nuevo. Abel llegó unos minutos antes que Lily, y cuando la vio entrar, sus ojos se iluminaron con una mezcla de sorpresa y una ligera duda. No era el reencuentro que uno podría imaginarse en una historia de amor, sino más bien un reencuentro frágil, marcado por la necesidad de reconstruir algo que había estado a punto de desmoronarse.
Lily lo miró por un instante, como si todavía estuviera midiendo cómo acercarse, cómo darle el siguiente paso sin que pareciera forzado. Se acercó lentamente y se detuvo frente a él, sin prisa.
— ¿Cómo te sientes? —preguntó Abel, su voz suave, algo vacilante, como si no supiera bien cómo empezar, pero con una sinceridad palpable.
Lily, por su parte, levantó la mirada y le dedicó una sonrisa, pero no la típica sonrisa de antes. Era una sonrisa más madura, un poco nostálgica.
— Diferente. Más tranquila, pero también más alerta. —respondió, tocando un libro en una de las estanterías con las yemas de los dedos—. Nunca pensé que estaríamos aquí, hablando de nosotros como si estuviéramos empezando de nuevo.
Abel la observó por un momento, dejando que sus palabras se asentaran. Su rostro se suavizó un poco, y de repente, pareció que todo el peso de la conversación, de lo que habían vivido, caía sobre él. Pero no había enojo, ni tristeza, solo una aceptación silenciosa. Se cruzó de brazos, sus ojos buscando una forma de decir lo que sentía sin que sonara a excusa.
— Yo tampoco... —dijo, bajando la mirada por un momento antes de volver a mirarla—. Y me asusta, la verdad. Pero también me da esperanza, porque, aunque lo que hicimos no fue fácil, yo sigo queriendo intentarlo. No te voy a mentir, me da miedo. Pero, como dije antes, lo voy a intentar. No quiero seguir arrastrando lo que hicimos mal, lo que hicimos de más... pero creo que hay algo aquí que vale la pena. Algo que no quiero dejar ir.
Lily lo miró fijamente, su corazón palpitando ligeramente más rápido. No había promesas grandilocuentes en sus palabras, solo la cruda realidad. Y eso, en su corazón, resonó con una verdad profunda. Sintió cómo las palabras de Abel se filtraban en su alma, sin adornos, sin la presión de querer salvar algo que ya se había roto. Solo quería reconstruirlo, paso a paso.
— Lo entiendo. —dijo Lily, el aire que rodeaba a ambos era denso, pero no incómodo—. No estamos retrocediendo, Abel. No podemos volver atrás, eso está claro. Pero estamos creando algo nuevo. Y no sé si eso me da miedo o me da esperanza, pero... me hace sentir que hay algo por lo que vale la pena seguir aquí.
Abel asintió lentamente, sus ojos buscando los de ella con una profundidad que no había tenido antes. No era solo por lo que sentían el uno por el otro, sino por lo que habían aprendido de sí mismos.
— Me asusta, sí. —respondió con su tono característico, esa suavidad del acento cordobés que siempre le daba un toque más cálido a sus palabras—. Pero no quiero perderte, Lily. Y si vamos a hacerlo, que sea sin promesas vacías. Solo con la verdad, aunque duela. No quiero seguir mirando atrás, no quiero vivir con los arrepentimientos, pero quiero hacer de esto algo diferente, algo que nos haga aprender y crecer, no solo seguir adelante sin más.
Lily sonrió, algo más tranquila. Aunque el futuro seguía incierto, el peso de las palabras que acababan de intercambiar tenía un sabor a algo más tangible. Ya no era solo la fragilidad del amor, sino la posibilidad de construirlo de nuevo, con cimientos más sólidos.
A la siguiente semana, decidieron salir a tomar algo en una cafetería local. El lugar, aunque sencillo, estaba lleno de vida. En cada rincón se respiraba una tranquilidad que les permitía estar juntos sin la presión de las expectativas. Mientras esperaban sus bebidas, Lily observó a su alrededor. Parejas, amigos, personas solas, todos compartiendo momentos de sus vidas, sin saber lo que pasaba en la cabeza del otro.
— ¿Te has dado cuenta de lo que está pasando? —preguntó Lily, mirando alrededor con una ligera sonrisa mientras tomaba su taza de café.
Abel, que aún miraba el menú con una ligera sonrisa tonta, levantó la mirada y la miró curioso.
— ¿Qué pasa? —preguntó, como si no estuviera del todo seguro de a qué se refería.
— Lo que estamos construyendo. —dijo Lily, dejando que la suavidad de sus palabras se quedara flotando en el aire—. No es perfecto. No es un regreso a lo que fuimos. Pero... me siento bien con esto, con el hecho de que estamos tomando pequeños pasos hacia adelante.
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Editado: 27.02.2026