El Eco De Lo Que Callamos

CAPÍTULO VEINTINUEVE: EL FUTURO EN CADA PASO.

El día amaneció gris, con una ligera llovizna que pintaba la ciudad de tonos plateados. El café humeaba entre las manos de Lily, que miraba por la ventana de su apartamento sin realmente ver nada. Había algo en la quietud de ese día que la invitaba a pensar. Un espacio de calma, pero también de incertidumbre.

Esa mañana no se sentía como las anteriores, como si algo estuviera a punto de cambiar sin que pudiera evitarlo. No era un miedo palpable, pero sí una sensación que la hacía sentir que había algo más por hacer. Algo más que los pequeños avances que habían logrado hasta ahora con Abel. Algo más que las conversaciones lentas, los pequeños gestos que comenzaban a llenar el espacio vacío que habían dejado los errores y las mentiras.

Por primera vez, pensó que la relación entre ellos no era solo cuestión de sanar viejas heridas, sino de construir algo completamente nuevo, sin aferrarse a lo que había sido.

El sonido del timbre del teléfono la sacó de su ensueño. Era temprano para recibir llamadas, pero cuando vio el nombre en la pantalla de su teléfono, sonrió sin pensarlo. Abel.

¿Hola? —contestó, un poco sorprendida por la llamada.

Hola, ¿cómo estás? — La voz de Abel al otro lado de la línea era tranquila, casi relajada, algo que no siempre había sido con él. Como si el tono de su voz reflejara un cambio sutil pero significativo en su interior.

Bien, aquí. Pensando un poco... —respondió, mientras se acomodaba en el sofá, la taza de café ahora enfriándose en sus manos.

¿Pensando? — Abel sonó curioso, con un leve tono juguetón, como siempre solía ser cuando sentía que podía desarmar un poco las paredes de Lily.

Sí... — Se rió suavemente. — Es extraño. A veces siento que estoy aprendiendo a estar bien conmigo misma. Que no solo se trata de estar bien contigo, sino de estar bien conmigo primero.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio que no era incómodo, sino cargado de entendimiento.

Es un buen comienzo... —dijo finalmente Abel. — Yo también he estado pensando mucho. Sobre nosotros, sobre lo que quiero realmente. Y más que nada, he estado pensando en lo que puedo ofrecerte ahora, no lo que te ofrecí antes. No quiero que esto se quede en palabras vacías.

Lily cerró los ojos por un momento, sintiendo cómo sus emociones se revolvían dentro de ella. Había algo en esas palabras, algo sincero que tocó una fibra sensible en su corazón.

No te estoy pidiendo promesas, Abel. —Su voz sonó más firme de lo que se sentía. — Solo... quiero ver si podemos seguir adelante con algo que sea real, sin mentiras, sin esconder nada. ¿Lo entiendes?

Abel respiró hondo antes de responder, como si estuviera buscando las palabras exactas.

Lo entiendo, Lily. Y no hay prisa. No se trata de apresurarnos, ni de seguir el mismo camino que antes. Se trata de construir algo que sea nuevo, algo que valga la pena, con todo lo que hemos aprendido.

En ese momento, Lily sintió algo dentro de sí, un alivio, como si una parte de ella hubiera estado esperando esa afirmación durante mucho tiempo. Había algo esperanzador en la forma en que Abel hablaba ahora. Algo que no había visto en él antes, no con esa claridad.

¿Entonces qué hacemos ahora? — preguntó, ya sintiendo que la incertidumbre de los días pasados comenzaba a desvanecerse, reemplazada por una curiosidad renovada.

Abel rió suavemente, y la risa de él fue como un pequeño rayo de sol entre las nubes.

¿Qué te parece si salimos a caminar? — dijo con tono casi divertido, como si estuviera sugiriendo lo más sencillo del mundo. — Sin presiones. Solo caminamos, hablamos si quieres, o no hablamos. Lo que salga. Pero sin mirar atrás.

Lily sonrió, sin poder evitarlo. Esa simplicidad, esa invitación tan genuina, le gustaba más de lo que esperaba.

De acuerdo. —respondió. — Nos vemos en una hora.

Cuando colgó, un suspiro escapó de sus labios. Había una sensación extraña, como si algo dentro de ella estuviera haciendo espacio para una nueva posibilidad. Pero, al mismo tiempo, sentía que no quería correr. Que seguiría con él en este nuevo camino, pero con la certeza de que sería un proceso constante, sin atajos.

Una hora después, el viento fresco y la lluvia ligera acompañaron a Lily mientras caminaba por las calles empedradas de Córdoba. Las casas blancas, con sus rejas de hierro forjado y macetas rebosantes de geranios, parecían más vivas bajo las gotas que resbalaban hasta formar pequeños riachuelos en las aceras. El aire olía a tierra mojada y a azahar, ese perfume inconfundible que parecía impregnarlo todo.

Abel la esperaba junto al Puente Romano, con Elsa sentada obediente a su lado. La perra, de pelaje claro y mirada vivaz, fue la primera en reconocer a Lily; agitó la cola con fuerza y tiró de la correa hasta alcanzarla, empapándole la mano con un lametón entusiasta.

¿Lista? — preguntó Abel, con una sonrisa tranquila.

Lista. — respondió Lily, acariciando a Elsa, que parecía compartir el entusiasmo del reencuentro.




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