La mañana amaneció despejada después de varios días de lluvia. El sol bañaba las fachadas encaladas de Córdoba y el aire fresco invitaba a salir. Lily, sin embargo, estaba nerviosa. Hacía meses que no pisaba el estudio de pilates. Lo había abandonado cuando la presión constante de Daniel, con sus críticas veladas y su necesidad de control, había conseguido que dudara de todo lo que hacía, incluso de aquello que le daba paz.
Pero ahora, mientras ajustaba la cinta de su coleta frente al espejo, supo que no iba a seguir dejando que esas viejas sombras dictaran sus pasos. Retomar las clases no era solo un pasatiempo: era un acto de recuperación. Un recordatorio de que su cuerpo, su tiempo y su vida le pertenecían.
Inspiró profundo, sintiendo cómo el aire fresco llenaba sus pulmones y desperezaba cada músculo dormido por meses de tensión. Por un instante, cerró los ojos y dejó que el calor del sol en su piel y el aroma a azahar que se colaba por la ventana la conectaran con la ciudad y consigo misma. Recordó la sensación de paz que solía tener después de cada clase: los músculos relajados, la mente clara, la sensación de estar en casa en su propio cuerpo.
Esta vez, sabía que no estaba sola. La presencia de Abel, incluso antes de encontrarse con él en el estudio, le daba una seguridad extra. No era solo compañía; era un recordatorio de que podía abrirse a la vida sin miedo, de que podía disfrutar del presente sin las sombras de quien alguna vez intentó controlarla.
Con un último vistazo al espejo, ajustó la postura, enderezó los hombros y sonrió. Hoy, pensó, era un día para reconectar. Para ella. Para su fuerza. Para su libertad.
— ¿Lista? — preguntó Abel desde la puerta, con una sonrisa cómplice.
Lily arqueó una ceja, sorprendida.
— ¿De verdad quieres venir? No pensé que esto fuera lo tuyo.
— Yo tampoco. —rió él—. Pero me parece justo. Tú me acompañaste a ver el partido de futbol... Ahora me toca a mí. Además, Elsa está con mi madre, así que estoy libre de excusas.
El estudio estaba en una calle tranquila, cerca de la Judería, con paredes blancas y un patio interior que desprendía olor a jazmín. Al entrar, Lily sintió un nudo en el estómago. Reconocía el eco de las voces, el olor a madera encerada, las colchonetas perfectamente alineadas. Durante un instante temió que los recuerdos la atraparan, que la crítica silenciosa de Daniel volviera a resonar en su mente. Pero al sentir la presencia de Abel a su lado, ese nudo se deshizo poco a poco.
La instructora, una mujer de voz serena y movimientos fluidos, la recibió con una sonrisa cálida.
— ¡Lily! Me alegra verte de nuevo. —Su tono no tenía reproche, solo bienvenida—. Te hemos echado de menos.
Lily respondió con una sonrisa tímida, y por primera vez no sintió vergüenza, sino gratitud.
La clase comenzó con respiraciones profundas. El silencio en la sala solo se interrumpía por el roce de las colchonetas y el leve murmullo de la música instrumental.
— Inhala... exhala... —decía la instructora con voz pausada.
Lily cerró los ojos. Al inhalar, sintió cómo el aire fresco llenaba su pecho; al exhalar, soltó una tensión que ni siquiera sabía que llevaba acumulada.
Después vinieron los primeros ejercicios: el "cien", con los brazos bombeando rítmicamente, y luego la "cinta rodante", que exigía concentración en cada vértebra al descender. Lily notaba cómo su cuerpo, al principio rígido, comenzaba a recordar. Los músculos dormidos se despertaban poco a poco, y con cada movimiento volvía a sentir la conexión con ella misma.
A su lado, Abel hacía lo que podía. Su respiración era demasiado ruidosa y sus movimientos, más bruscos que fluidos. Cuando intentó la postura del "puente", levantando la pelvis, se tambaleó tanto que casi se deslizó fuera de la colchoneta.
Lily se tapó la boca para no reírse.
— ¡Concéntrate, Abel! Esto no es un concierto de rock —susurró divertida.
— Pues parece una tortura. — replicó él, con gesto exagerado de sufrimiento—. ¿Seguro que esto es para relajarse y no para entrenar gladiadores?
— Si lo hicieras bien, no dolería tanto. — Lily arqueó una ceja con picardía.
— Ah, claro... porque tú eres toda una profesional. Yo solo intento que no me rompan las costillas.
La instructora, que los observaba de lejos, sonrió con paciencia y corrigió la postura de Abel con un leve toque en la espalda.
— Respira desde el abdomen, no desde el pecho. Y relaja los hombros — le indicó.
— ¿Relaja? — Abel murmuró lo suficiente para que Lily lo escuchara—. Estoy a punto de quedarme rígido como palo de escoba.
Lily ya no pudo contener la risa. Trató de disimularla escondiendo la cara entre las manos, pero al ver a Abel intentando la siguiente postura, el "cisne", arqueado de manera torpe y con cara de mártir, estalló en carcajadas.
— ¡Basta! —dijo él, aunque con una sonrisa rendida—. Si sigues riéndote me voy a quedar aquí doblado para siempre.
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Editado: 27.02.2026