Los días comenzaron a tejerse como una red suave y silenciosa, en la que Lily empezaba a sentirse a salvo. No había grandes giros ni sobresaltos, pero sí una sensación nueva: la de caminar sin el peso de la culpa, sin la necesidad de justificarse a cada paso.
El pilates se convirtió en algo más que una actividad física. Era un refugio. Un lugar donde podía observar su cuerpo como si lo descubriera por primera vez, no con los ojos de alguien que lo juzga, sino con los de alguien que vuelve a habitarse. Cada vez que estiraba los brazos hacia el techo o arqueaba la espalda con control, sentía que algo dentro de ella se desbloqueaba, como si su cuerpo aprendiera a respirar de nuevo.
Abel, fiel a su promesa no formulada, comenzó a acompañarla un par de veces por semana. No decía mucho durante las clases —más allá de sus suspiros exagerados o alguna que otra broma susurrada—, pero su presencia era constante. Discreta. Amable. Como una mano tendida que no exigía nada, una presencia que no invadía, sino que sumaba.
Después de una sesión especialmente larga, salieron al patio interior del estudio. Era una tarde templada de otoño. La luz se filtraba entre las hojas del jazmín que trepaba por las paredes encaladas, y el aire olía a tierra húmeda y flor. Elsa, con la lengua fuera y los ojos entrecerrados, dormía rendida a los pies de la mesa.
Lily apoyó las manos en la taza caliente de té, sin beber todavía. Observó a Abel inclinado sobre el vaso de agua, intentando cogerlo sin mover a Elsa ni volcar nada. Le hizo gracia la concentración en su gesto, tan desproporcionada para algo tan simple.
— ¿Sabes? — dijo ella, apenas rompiendo el silencio—, todavía me impresiona tu empeño. Nadie se atrevería a hacer esto así de torpemente y con tanto orgullo.
Abel levantó la vista y sonrió. Esa sonrisa desarmada que cada vez le parecía menos una rareza y más una parte de él.
— Torpe pero persistente. —respondió, dándole un leve golpe con el dedo a su vaso—. Aprendo de la mejor.
Lily bajó la mirada a su té, pero no pudo evitar la sonrisa que le escapó por los labios. "¿Será esto el amor sano?", se preguntó. "¿Este espacio compartido sin exigencias, sin tener que probar constantemente que valgo?"
Durante tanto tiempo había asociado el afecto con tensión, con sacrificio, con demostrar, aguantar, ceder. Ahora, en cambio, sentía que podía simplemente estar. Que su risa no tenía que justificarse, que su silencio tampoco.
Se quedaron allí un rato más, en calma. Elsa roncaba levemente. Abel removía distraídamente los hielos de su vaso. Nadie tenía prisa. Y por primera vez, eso no se sentía como pérdida de tiempo, sino como una manera de ganarle a la vida.
Después, como venían haciendo últimamente, salieron a caminar. Les gustaba recorrer Córdoba sin ruta fija. A veces tomaban calles estrechas que los llevaban a patios ocultos; otras veces, terminaban en plazas llenas de vida, de guitarras callejeras y niños corriendo. No hablaban todo el tiempo. A veces simplemente caminaban, uno al lado del otro, dejando que el sonido de la ciudad llenara los vacíos.
Y en esos vacíos, también hablaban. Con la mirada. Con los silencios. Con las sonrisas compartidas sin necesidad de explicación.
Ese día, después de pasar por la calleja de las Flores, bajaron hacia el río. El Guadalquivir los recibía tranquilo, como si conociera sus pasos. Elsa corrió hasta la orilla, metió las patas en el agua, y luego volvió empapada hasta ellos, sacudiéndose justo al lado de Abel.
— Gracias por eso, Elsa. — dijo él, limpiándose los brazos con resignación.
Lily se rió, observándolos con ternura. "Esto también es vida," pensó. "Esto también cuenta."
Se sentaron en un banco de piedra, el mismo de siempre, bajo un árbol que comenzaba a dorarse con el otoño. Abel miró hacia el horizonte, hacia los tejados cálidos de la ciudad. Lily lo observó de perfil. Le gustaba ese gesto suyo de fruncir apenas el ceño cuando pensaba.
— Sabes... —dijo ella, en voz baja— no sé cómo será el futuro. No sé qué nos espera... ni si todo esto será suficiente. No sé si seremos capaces.
No era una confesión triste. Más bien una verdad que necesitaba aire. Abel no respondió de inmediato. Bajó la mirada hacia sus manos, pensativo.
El bajo la mirada hacia sus manos, en silencio. También ella lo sentía. La duda, el miedo, esa incertidumbre sobre si realmente estaban listos. Y, lejos de asustarlo, eso lo alivio.
Durante mucho tiempo había creído que era el único que se preguntaba si el pasado terminaría pensando demasiado, si lo que estaban construyendo era lo bastante fuera para sostenerlos. Pero verla enfrentarlo con tanta honestidad, sin disfraces, ni dramatismos, le dio fuerza. Le recordó por qué seguía ahí. Le confirmó que no estaba solo.
— No hace falta saberlo. — respondió finalmente—. Yo tampoco lo sé. Pero sé que quiero seguir caminando contigo. Paso a paso. Como ahora.
Lily asintió lentamente. No necesitaba más. Esa honestidad, esa falta de promesas rimbombantes, era la promesa en sí.
Apoyó su cabeza en su hombro. Permanecieron así unos minutos. El río corría lento. Unas campanas sonaron a lo lejos. El aire empezaba a enfriarse.
— ¿Alguna vez pensaste que llegarías a estar así? — preguntó ella, casi en un susurro—. Digo... tranquilo. En paz.
Abel tardó en responder.
— No. La verdad, no. Durante mucho tiempo pensé que estaba destinado a repetir los mismos errores. A no entender nada de lo que me pasaba. A seguir huyendo.
Y, sin embargo, allí estaba. Quieto. Presente. Y el mundo no se caía.
No corría. No huía. No buscaba una salida por temor a equivocarse.
Sentado junto a Lily, con el murmullo del río de fondo y el calor de su hombro apoyado en el suyo, entendió que no necesitaba certezas para quedarse.
Lo que antes habría sentido como una trampa —esa quietud, esa entrega— ahora se sentía como un hogar.
Por primera vez, no tenía miedo del silencio, ni de lo que pudiera venir después.
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Editado: 27.02.2026