La tarde caía suave sobre Córdoba, pintando el cielo de un azul que parecía eterno. Lily caminaba despacio, con la brisa acariciando su rostro y el corazón ligero, como si cada paso fuera un pequeño triunfo silencioso. A su lado, Abel sostenía su mano con la misma ternura que la había acompañado desde aquel primer día de pilates, cuando todo empezó a cambiar.
No era solo una caminata más. Era el símbolo de un camino recorrido, de batallas internas ganadas, de cicatrices que se habían transformado en historia, en memoria de fuerza y renacimiento.
Lily recordaba ahora con claridad la sombra que había sido Daniel, esa voz que intentó apagar la suya, que la encerró en una jaula invisible. Pero también recordaba a Clara, su faro en la tormenta, la amiga que con su luz incondicional le enseñó a no rendirse, a amarse aún en las grietas.
Y, sobre todo, sentía en su pecho la calma profunda que Abel le regalaba cada día: un amor que no necesitaba palabras grandilocuentes, que se sostenía en la paciencia, el respeto y la compañía sincera.
"Mor," le había llamado él por primera vez, una palabra sencilla que albergaba todo un mundo de cuidado y dulzura.
Ahora, Lily sabía que la verdadera libertad no era huir del pasado ni olvidar el dolor, sino abrazarlo, aceptarlo y permitir que la luz que llevaba dentro se abriera paso, sin miedo ni prisa.
El sol se ocultaba detrás de las torres antiguas, y en el aire flotaba el aroma de azahar, promesa de primavera. En ese instante, Lily comprendió que su vida era un lienzo en blanco, un poema aún por escribir, y que estaba lista para escribirlo con todas las palabras que eligiera.
Caminó un poco más, mirando al horizonte con ojos llenos de esperanza, y entonces susurró para sí misma:
— Ya no soy la mujer que temía romperse; soy la que aprendió a reconstruirse con cada pedazo.
FIN.
#174 en Joven Adulto
#1177 en Otros
#11 en No ficción
amor toxico drama y celos, autoayuda y romance, autoaceptacion contigo mismo
Editado: 27.02.2026