Antes de que el Tiempo despertara y el Vacío aprendiera a devolver un eco, dos entidades primordiales compartían la quietud de lo informe. Una era la Luz, cuya esencia tejía armonías de pura posibilidad. La otra era la Oscuridad Insaciable, un silencio hambriento que anhelaba devorar todo cuanto existía.
Su coexistencia fue un equilibrio eterno, hasta que la voracidad de la Oscuridad no pudo contenerse más. Las sombras se alzaron para ahogar la sinfonía de la creación, rasgando el delicado velo que las separaba.
Entonces, ocurrió lo imposible. Dos voluntades absolutas —una imparable en su expansión, otra inamovible en su negación— colisionaron. No fue una simple batalla, sino el colapso de la existencia misma. La realidad se desintegró en un instante de silencio absoluto y, de aquel "no-lugar", estalló el todo.
Un nuevo universo brotó del impacto, forjándose en el vientre de la nada mientras el Tiempo daba sus primeros y titubeantes latidos. Pero aquella génesis nació impura. La Oscuridad quedó herida en su núcleo; su esencia se astilló en los Fragmentos de Voracidad, esquirlas errantes impregnadas de un instinto destructor, ahora dotadas de una voluntad propia, retorcida y singular.
La Luz tampoco salió indemne. Aunque su núcleo resistió, el choque desprendió partes de su divinidad. Los fragmentos más poderosos cobraron consciencia y se alzaron como los Atrios, dioses arquitectos de lo recién nacido. Otros, menores pero vibrantes, se convirtieron en Ecos Luminosos: chispas de creación pura sin voluntad, pero cargadas de un anhelo incontenible de vida.
Donde un Eco caía, la existencia florecía con prodigiosa violencia: planetas engarzados como joyas, flores iridiscentes brotando en el polvo estelar, bestias de lava cantante en mundos infantiles y espíritus elementales cuyos susurros tallaban los cauces de los primeros ríos.
Así, el universo recién nacido, cimentado sobre las ruinas de una realidad imposible, comenzó a palpitar. Las galaxias giraron como inmensos remolinos de cristal y polvo, y en un millón de rincones olvidados, la luz de los Ecos germinó en soles, bosques y criaturas que soñaban bajo cielos vírgenes.
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La Oscuridad, herida, observaba desde el dolor de su núcleo fracturado. Comprendió que, en su estado, desafiar al principio luminoso de frente sería su aniquilación. Pero al contemplar la vida, exuberante y frágil, una estrategia más insidiosa tomó forma en su silencio. No buscaría la batalla, sino la infección. Se replegó hacia los abismos más recónditos, ocultándose en los vacíos entre cúmulos galácticos y en el corazón frío de las estrellas muertas. Desde esa negrura impenetrable orquestaría su asalto: no un diluvio, sino un veneno lento y selectivo, una invasión silenciosa ejecutada por su nueva progenie, los Fragmentos de Voracidad.
La Luz, por su parte, contempló la creación con un pesar tan vasto como su poder. El recuerdo de la destrucción anterior era una cicatriz palpitante en su esencia. Juró, en la solemnidad de su conciencia cósmica, que jamás volvería a chocar contra Umbratis, la Oscuridad; hacerlo significaría extinguir la belleza que acababa de nacer. En un acto de sabiduría trágica, tomó su decisión final: el sacrificio.
Con un estremecimiento que resonó como el quebranto de mil galaxias, la Luz se dividió. Se fragmentó en las Siete Esencias Fundamentales: facetas de un poder infinito, ahora contenidas y finitas. Estas semillas divinas se dispersaron por los brazos espirales del universo en expansión y, donde echaron raíces, nacieron los Arcontes.
Eran seres de naturaleza colosal. Aunque su poder era una sombra comparada con la entidad primordial, para el cosmos resultaban titánicos: podían esculpir sistemas solares con un pensamiento o reducir constelaciones a polvo con un gesto de ira.
Pero en el corazón de cada Arconte, la Luz no grabó un mandato de conquista, sino un juramento de custodia. No nacieron para la gloria, sino para la protección; ellos serían los bastiones del tapiz viviente. La guerra entre la Luz y la Oscuridad, demasiado catastrófica para ser librada por los padres, fue heredada por los hijos. El conflicto no había terminado, simplemente había cambiado de escala, preparando el tablero celestial para una guerra eterna entre dioses menores, sombras hambrientas y razas mortales.
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Eones fluyeron. Los primeros Arcontes, hijos de las Siete Esencias, comenzaron a poblar la inmensidad, observando los planetas que florecían como jardines efímeros en el vacío. Conscientes de su linaje y del mandato que ardía en su sangre, veneraron a la Luz —su progenitor fracturado— como el Dios Absoluto, la Fuente Silenciosa. Y a sí mismos, ya fuera por una soberbia naciente o por la simple necesidad de identidad, se nombraron dioses.
Sin embargo, pronto descubrieron que no estaban solos en la divinidad. En sus viajes a través del éter, los Arcontes se toparon con los Atrios. Aquellos fragmentos primigenios, nacidos del cataclismo original, poseían una voluntad más antigua y una esencia más pura; eran ecos directos del poder de la Luz que hacían sentir a los Arcontes como pálidos reflejos. Los observaron con una mezcla de asombro y envidia: los Atrios no solo creaban vida, sino que tejían la realidad misma, hilvanando sistemas solares con paciencia infinita y enfrentando en solitario a los Fragmentos de Voracidad que reptaban desde las sombras.
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Editado: 23.01.2026