El Eco de los Dioses Caídos

CAPITULO I: Thalassara

Mientras el cosmos continuaba su expansión inexorable y el espacio que pronto sería nombrado Quinto Universo apenas cumplía sus primeros milenios, el Cuarto Universo ya era un reino antiguo. Allí, donde el tiempo respiraba lento entre pliegues de nebulosas doradas y la esencia de la creación —aunque amortiguada— aún latía con fuerza, se alzaba la Galaxia de Orión. Centinela en la frontera turbulenta que lindaba con lo nuevo, sus brazos espirales, urdidos con el polvo de estrellas agonizantes y la promesa de astros nonatos, resplandecían como un collar de diamantes arrojado sobre el terciopelo del vacío.

Entre aquellos incontables destellos, en el olvidado sistema Tenrya —un punto ciego en los mapas de la Autoridad Celestial—, orbitaba Thalassara.

No era un simple mundo; era un titán planetario, una joya donde la vida danzaba en la estática del aire ionizado, en la sal de los océanos y en el pulso del suelo fértil. En su albor, el planeta había sido besado por un Eco Luminoso de pureza inusual, y aquel legado divino perduraba.

Thalassara era geología hecha poesía. Sus cordilleras de obsidiana pulida se alzaban con tal soberbia que sus picos rasgaban el paso de las tres lunas plateadas, dejando tras de sí estelas de bruma estelar. En los valles profundos, los ríos no fluían, sino que cantaban; sus corrientes entonaban melodías ancestrales que, según dirían los nativos, narraban la memoria misma de la tierra.

Sus mares eran abismos insondables, heridas en la corteza que albergaban sueños vivos: criaturas bioluminiscentes cuyos cuerpos irradiaban constelaciones propias, pintando galaxias efímeras en la oscuridad de las fosas. Incluso sus desiertos desafiaban la lógica: dunas de cristal molido refractaban la luz lunar en un caleidoscopio perpetuo, un espectáculo gélido y silente de prismas infinitos.

Y en los continentes, los bosques hablaban. No era una metáfora. Los Árboles Raigalma, con sus troncos de corteza metálica y hojas capaces de atrapar el brillo de las lunas, susurraban secretos en lenguas muertas, bebiendo directamente de las arterias de energía del núcleo planetario.

Thalassara era un mundo consciente, un testimonio vivo de lo que la Luz podía lograr incluso lejos del centro de la creación. Pero tal esplendor es un faro peligroso; como toda belleza que brilla demasiado en la noche, el planeta atraía miradas no solo de admiración, sino de una voraz codicia.

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Thalassara no fue obra del azar, sino la culminación de un diseño sagrado. Fue forjada por 8 Atrios, autodenominados, Espíritus Primordiales, fragmentos errantes de la colisión original que, tras eones de vagar por el vacío, hallaron en el sistema Tenrya un lienzo de materia virgen. Aunque carecían del don de la creación ex nihilo de los Ecos Luminosos, poseían un poder igualmente formidable: el dominio de la Transmutación. Se reunieron en un concilio de voluntades y, adoptando los nombres de los elementos que llegaron a dominar, comenzaron su gran obra.

Primero se alzó el Espíritu de la Luna. Con una voz hecha de cánticos de marea y manos de luz gravitatoria, esculpió la bóveda celeste. Atrapó cometas errantes en redes de fuerza invisible para forjar las tres lunas danzantes y, con su diadema de plata, orquestó el baile de los satélites para estabilizar el latir de los océanos.

Le siguió el Espíritu de la Tierra, un titán de roca viva y paciencia geológica. Con el martillo de sus puños alzó las cordilleras hacia el cielo y, usando sus propias garras de basalto, cavó los abismos, otorgándole al mundo su osamenta y su profundidad.

El Espíritu del Bosque, esencia pura de clorofila y sangre verde, exhaló sobre la roca desnuda. Su aliento, cargado de un potencial vital incontenible, sembró especies imposibles: plantas que bebían luz estelar en lugar de sol y árboles parlantes cuyas raíces se entrelazaban como nervios en la piel del mundo.

Entonces llegaron los Hermanos de la Tormenta: el Espíritu del Rayo y el Espíritu del Viento. Juntos tejieron la atmósfera en un baile frenético. Sus luchas y abrazos trenzaron las nubes y llenaron el cielo de electricidad cantarina, creando las brisas mensajeras que conectarían los continentes.

A los mares descendieron los Alfareros del Abismo: el Espíritu del Agua y el Espíritu de las Profundidades. Con cuidado y audacia, moldearon los lechos oceánicos, tallando trincheras donde la presión era tal que el agua se volvía gema líquida, y depositaron allí los huevos de cristal de los que nacerían los leviatanes iridiscentes.

Finalmente, el Espíritu del Fuego, el más pasional y volátil de todos, encendió el corazón de la piedra. Sus dedos, cual teas divinas, perforaron la corteza para erigir volcanes: faros colosales y fraguas naturales destinados a guiar y calentar a las criaturas en la noche perpetua.

Juntos, en un concierto de poderes elementales, los Ocho urdieron un equilibrio perfecto. Una sinfonía de vida y forma que resonó durante milenios en el silencio del sistema Tenrya. Thalassara era su himno, su legado, su santuario... Hasta que la Oscuridad los escuchó.

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No hubo estandartes ni declaraciones de guerra. La invasión fue un silencio súbito, un veneno que se filtró en las venas del mundo. El Fragmento de Voracidad, tras detectar el rastro del Eco enterrado en Thalassara, descendió no con ejércitos, sino con una virulencia corruptora.




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