En Thalassara, los siglos transcurridos desde la Creación habían tejido un tapiz de falsa calma. Para preservar el delicado equilibrio entre las seis razas guardianas —cuyos roces y rivalidades comenzaban a brotar como maleza entre las losas de la historia—, se fundó el Círculo de la Cuna.
Esta orden, erigida por los hechiceros más sabios de los Elementales, rechazaba el caos en favor de la diplomacia hilada con runas. Su bastión se alzaba imponente en las Montañas Susurrantes, allí donde se decía que el aliento del Espíritu de la Tierra rozaba la superficie. Bajo una cúpula de cristal líquido que amplificaba la luz de las constelaciones, gobernaba Eldrion, el Maestro Elemental.
A simple vista, Eldrion poseía la juventud inmutable de los inmortales, pero sus ojos grises guardaban la fatiga de mil tormentas. Sus manos, finas y precisas, no lanzaban hechizos; los dirigían. Manipulaba el fuego, el agua, la tierra y el aire con la sutileza de un director de orquesta, obligando a los elementos a danzar en una sinfonía tan poderosa como frágil.
Sin embargo, el secreto más oscuro del Círculo latía bajo la piedra: las Cámaras del Olvido. En celdas selladas con runas que sangraban energía pura, se contenía a entidades cuya existencia era una afrenta a la paz. La más terrible de todas era Korvathar.
Su historia era una advertencia encarnada. Décadas atrás, siendo un mago ambicioso, había osado comulgar con una de las Regiones Abyectas: la sima de vientos cortantes, tumba del Espíritu del Viento. La esencia corrupta lo transformó. Korvathar asesinó y devoró la magia de sus hermanos, convirtiéndose en una tormenta viviente. Solo Eldrion pudo detenerlo. Pero en lugar de ejecutarlo, el Maestro Elemental decretó un confinamiento perpetuo. Korvathar se convirtió en un espécimen de estudio, un recordatorio vivo del peligro de la corrupción... y un sujeto de pruebas para la curiosidad científica de su carcelero. Cada luna nueva, sus susurros agrietaban los muros de la realidad, llevando a la locura a los guardias que osaban escuchar.
Pero la amenaza no solo residía en las celdas. La sociedad Elemental se había fracturado. Un sector dogmático, los autoproclamados Puros, declaró abominación cualquier mezcla de magia con artes marciales. Su fanatismo desató una persecución sangrienta contra los Forjadores, aquellos magos innovadores que imbuían fuego en el acero o viento en las flechas.
Aquella guerra fratricida dejó cicatrices imborrables. De sus cenizas nacieron los marginados: los Errantes, magos guerreros desterrados que vagaban como mercenarios; y los Arraigados, clanes que renunciaron a las torres de cristal para refugiarse en la espesura, pactando una simbiosis secreta con el susurro doliente del Espíritu del Bosque.
Así era la Thalassara actual: un mundo de paz vigilada, desgarrado por guerras ideológicas y gobernado desde una montaña que escondía horrores bajo llave; todo bajo la mirada de un maestro que, tal vez, había comenzado a confundir la custodia con el dominio absoluto.
Pero mientras el Círculo de la Cuna se obsesionaba con las rencillas internas de los Elementales, una marea de guerra mucho más concreta ascendía desde los abismos.
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En el lecho oceánico, una alianza impensable había sido sellada. Los reinos de Korvak y Kalysta, que durante siglos tiñeron las corrientes con la sangre de una guerra civil —de la cual Korvak emergió como vencedor—, unieron fuerzas bajo un pacto de necesidad suprema. Alzaron sus tridentes de nácar negro y coral viviente no el uno contra el otro, sino contra la ambición devoradora que bajaba de la superficie: el Imperio Terrestre.
El enemigo tenía nombre y portaba la forma de un dragón: Lyrin Voss, el Rey Dragón. Era un Draconiano de estatura colosal, cuyas escamas doradas refulgían como un sol sumergido y cuya voz poseía la autoridad del trueno. Aprovechando el caos tras el cisma de los magos, Lyrin había visto la oportunidad en la división. Con una retórica de acero y fuego, convenció a su propia raza y a los indómitos Centauros de la Estepa de que la única garantía de seguridad era la supremacía total. Así nació la Alianza del Sol Naciente.
Bajo el mandato de Voss, la costa cambió para siempre. Los pintorescos puertos pesqueros se transformaron en baluartes militares, erizados de torres de piedra volcánica que se adentraban en el mar como garras de conquista. Sus muros fueron grabados con runas de desecación, y en los muelles, maquinaria pesada zumbaba con un ritmo antinatural.
Para alimentar esta expansión, la Alianza cometió un sacrilegio ecológico: talaron sin piedad los vastos bosques de algas luminiscentes. Aquellos santuarios milenarios, fuente de vida para las razas acuáticas, fueron arrasados para cimentar el nuevo imperio, dejando cicatrices oscuras en el lecho marino.
El epicentro de esta tensión era Aqualis, la Ciudad de los Dos Mundos.
Otrora, Aqualis había sido un crisol de paz, un lugar mítico donde las Sirenas intercambiaban joyas de burbujas eternas con chamanes terrestres y los Saeldir competían en carreras amistosas con jóvenes Draconianos. Ahora, la ciudad era un nudo en la garganta del mundo, hirviendo en un caldo de paranoia y rumores.
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Editado: 30.01.2026