El Eco de los Dioses Caídos

CAPITULO III: Las Cenizas Del Dialogo

Al alba siguiente, cuando la primera luz rasgó el cielo como una herida pálida, la tensión que hervía en Thalassara encontró su cámara de resonancia.

En el corazón de las Montañas Susurrantes, dentro de la Cámara de los Ecos, el aire cambió. La atmósfera, habitualmente cargada de ozono y estática ritual, se volvió repentinamente ácida, como si la furia de un intruso hubiera alterado su química elemental.

Fue allí donde Kaelgor Stoneshaper irrumpió. No entró; se impuso, como un derrumbe de montaña hecho conciencia. Sus cascos, forjados en la fragua del mundo, no tocaban el suelo de cristal pulido sin marcarlo: dejaban huellas profundas que supuraban magma, trazando un sendero humeante de destrucción contenida.

Frente a él, de espaldas, Eldrion, el Maestro Elemental, permanecía como un punto de calma absoluta en el ojo del huracán. Trazaba runas fluidas sobre el Mapa Viviente, un vasto tapiz de mercurio inteligente donde los continentes de Thalassara se retorcían y respiraban en tiempo real. Era una visión divina: cada tormenta, cada sismo, cada latido del planeta estaba ahí. Una sola gota de sudor, desprendida de la frente del mago por la intensidad de su concentración, cayó sobre el mercurio y se transformó en un microtsunami que, a esa escala, arrasó ciudades costeras en miniatura.

—¿Sigues entretenido con tus espejismos de plata, brujo, mientras mi pueblo bebe veneno y escupe sangre oxidada? —rugió Kaelgor. Su voz no fue solo sonido, sino una onda de presión que hizo entrechocar los frascos de polvo estelar en los estantes.

Eldrion no se inmutó. Con un giro sereno de muñeca, convocó. Del aire, de la piedra y de las corrientes mágicas, emergieron las Cuatro Esferas Primordiales. No eran herramientas, sino extensiones de su ser:

  • Ignis: una esfera de lava solidificada que ardía con fuego interior.
  • Abyssa: un globo de agua negra y quieta, preñada de ecos ahogados.
  • Aerion: un diamante perfecto donde un viento comprimido silbaba una nota eterna.
  • Terran: una geoda abierta que latía con el ritmo lento de un corazón de piedra.

—Cada movimiento aquí, centauro —dijo Eldrion. Su voz no era alta, pero poseía una vibración que hizo estremecer los huesos de la montaña y vibrar los dientes de Kaelgor, —es un latido de Thalassara. Una sinapsis en su mente geológica. ¿Crees, en tu ira miope, que soy ajeno a la fiebre que recorre tus venas acuíferas?

Al pronunciar "fiebre", la esfera Abyssa estalló en silencio. No se rompió; se proyectó. Un holograma vívido y terrible llenó la sala: una red subterránea de acuíferos, otrora azules, ahora teñidos de verde necrótico y rojo óxido, fluyendo con la pereza de la muerte.

Kaelgor no se dejó intimidar. Con un grito de frustración colosal, golpeó el suelo de cristal con su martillo de guerra, el Rompecielos. Del impacto brotó una estalagmita de basalto puro, afilada como una lanza, que atravesó el holograma, dispersándolo en partículas de luz.

—¡Tus poemas cósmicos y tus mapas sangrantes no sacian la sed de mi raza! —escupió, avanzando hasta que su sombra cubrió al mago. —Los oceánicos nos roban por derecho cósmico. Cada gota desviada es una declaración de guerra. Pueden atacar en cualquier momento, y nosotros, ¿Qué haremos? ¿Mirarlo en tu mercurio?

Finalmente, Eldrion giró. Entrecerró los ojos grises, y en su iris izquierdo Kaelgor vio, por un instante aterrador, el reflejo de un huracán de arena devorando pirámides de cristal.

—Los derechos... —susurró el mago, y la palabra cayó como una losa— son cadenas que forjan los necios en el yunque de su soberbia. Son la ilusión que precede al abismo.

Chasqueó los dedos. El sonido seco cortó la tensión como una guillotina.

La estalagmita de basalto que Kaelgor había creado se desintegró al instante. No se rompió en grava, sino que se deshizo en un fino chorro de arena blanca que cayó sobre el Mapa Viviente. Allí, los granos se acomodaron por voluntad propia para deletrear tres palabras que brillaron con luz propia: EQUILIBRIO O EXTINCIÓN.

—Si has venido a exigir que el Círculo se una a tu guerra —continuó Eldrion, recuperando su frialdad impenetrable, —da media vuelta y regresa a tus estepas. Tengo asuntos infinitamente más graves que arbitrar disputas de seres que, por poderosos que se crean, solo ven el mundo a la altura de sus rodillas y el horizonte al alcance de su espada.

Un silencio pesado cayó sobre la Cámara, cargado de electricidad estática y del zumbido de las Esferas.

Por primera vez, Kaelgor retrocedió. No fue un paso, sino un ajuste instintivo del peso, una contracción involuntaria. Algo ancestral en su sangre, un vestigio de cuando los dioses caminaban entre mortales, le gritó una advertencia primordial: no era sabio provocar a la entidad que tenía enfrente.

Las vetas fosforescentes que surcaban su torso de piedra parpadearon erráticamente, como estrellas a punto de extinguirse. En el fondo de su garganta, seca por la rabia, sintió algo más frío: miedo. No el temor a un guerrero, sino el pánico ante una fuerza de la naturaleza; un juicio geológico que no entendía de honor ni de sed, solo de balances y consecuencias.




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