El amanecer en el Dosel Sombrío era una mentira elegante, un espectáculo de luz cobarde. Los rayos del sol naciente se filtraban entre las hojas carnívoras gigantes con timidez, como si temieran tocar realmente aquel suelo sagrado y antiguo.
En ese juego de claroscuros, Namarie, la Arquera Nocturna, era un espectro voluntario. Su silueta, envuelta en telas tejidas de musgo negro y sombra líquida, era una mancha de tinta viva fundida entre las ramas de los Árboles Susurrantes, cuyos troncos ocultaban bocas que destilaban un néctar tan dulce como mortal. Sus flechas, oscuras como el corazón del ébano en luna nueva, no estaban bañadas en venenos comunes. Portaban una esencia que no mataba, sino que diluía la voluntad, dejando a sus víctimas en un limbo de aturdimiento profundo, suspendidas entre la vida y el olvido.
—Tres intrusos al este... dos al norte —calculó en un susurro más leve que el roce de una hoja.
Ajustó la tensión de su arco, Susurro de Medianoche, un arma cuyas curvas habían sido talladas por la mano misma del bosque y barnizadas con lágrimas de lobo estelar. Pero antes de que su dedo liberara la cuerda, la atmósfera cambió.
Una ráfaga de viento, demasiado precisa y afilada para ser natural, partió el aire como un cuchillo a través de la seda.
Desde las copas más altas, allí donde la luz osaba brillar, descendió Aerthys, la Arquera del Viento. No cayó; bajó en espiral, como un remolino alegre y consciente. Sus botas de cuero musgoso aterrizaron sin dejar huella en la corteza, y su cabello, del color de las ascuas avivadas, brillaba como un halo rebelde desafiando la solemne oscuridad del Dosel. Una sonrisa traviesa iluminaba su rostro.
—¿Qué haces aquí, cazadora de tinieblas? —rio, y su voz fue un campanilleo de cristal en la quietud. Jugueteaba con una flecha que no era de madera, sino de aire comprimido en estado casi sólido, zumbando a su alrededor como un enjambre de abejas furiosas. —¿Acaso los fantasmas diurnos no te dejan dormir en tu nido de sombras?
Namarie no se inmutó. Solo el leve crujido de su arco al tensarse un milímetro más fue su respuesta.
—Lo mismo que tú —respondió al fin, con voz serena y baja, sin desviar su mirada de búho de una figura que se movía torpemente entre los arbustos espinosos del este. —Vigilar. Aunque algunos... —y al decir esto, su silueta se disolvió en la penumbra, reapareciendo instantes después en la sombra alargada de un árbol cercano— ...prefieren hacerlo sin convertirse en un espectáculo.
—¡Qué aburrida! —exclamó Aerthys, aunque sus ojos refulgían de emoción. —¿Qué tal un juego, entonces?
Sin previo aviso, soltó su flecha de aire. No apuntó a un enemigo, sino al tallo de una hoja venenosa que pendía sobre ellos. El proyectil invisible la partió en dos mitades perfectas que cayeron en silencio.
—A ver quién derriba más sombras con patas... antes de que el sol las borre por completo.
Namarie no respondió con palabras, sino con letalidad. Su arco cantó tres veces en sucesión rápida.
La primera flecha, imbuida de una energía de drenaje, encontró su blanco en la pierna de un intruso con piel de roca. El hombre no gritó; simplemente se desplomó de rodillas, jadeando como si el aire se hubiera vuelto plomo. La segunda, con una punta de sombra pura, voló hacia el norte y se clavó en el suelo a los pies de otro; al instante, el sonido de sus pasos fue engullido por el silencio mágico. La tercera flecha... erró. O eso pareció. Pasó silbando junto al hombro de Aerthys y se clavó con fuerza en una rama gruesa sobre la cabeza de la arquera del viento.
—¡Vaya! ¿Te tembló el pulso, hermana de la noche? —se burló Aerthys. Pero incluso mientras hablaba, con un gesto de la mano creó un micro-torbellino que desvió una roca lanzada desde los arbustos por un enemigo invisible.
—No —corrigió Namarie, reapareciendo a su lado. Señaló con la barbilla la flecha "fallida".
Del punto de impacto en la rama había brotado al instante una enredadera negra y espinosa. La planta se había lanzado como un látigo, envolviendo y dejando colgado en el aire a un tercer intruso que intentaba flanquearlas desde arriba.
—Solo uso herramientas distintas a las tuyas. Hace el juego más... entretenido.
El Dosel Sombrío, como un cómplice anciano, susurró su aprobación. Las raíces superficiales se retorcieron, arrastrando los cuerpos de los intrusos aturdidos para ocultarlos bajo la hojarasca y los helechos. Por un instante fugaz, el bosque entero pareció contener una sonrisa satisfecha.
—¿Vas a decirle a Eryndor? —preguntó Aerthys, caminando con despreocupación sobre el aire como si pisara peldaños invisibles, mirando hacia el corazón del santuario.
—Él ya sabe —respondió Namarie, limpiando su arco con un paño de seda impregnado en aceite de estrellas. —El bosque le transmite cada herida en su corteza, cada lágrima en su tierra... y cada triunfo de sus guardianes. Aunque debo admitir —añadió, perdiendo por un segundo su tono monótono— que es extraño. Estas incursiones son cada vez más frecuentes. Y las criaturas... parecen desesperadas, erráticas. No son simples cazadores furtivos ni soldados perdidos.
#1677 en Fantasía
#990 en Personajes sobrenaturales
fantasia épica, aventura sobrenatural, mitología y mundos imaginarios
Editado: 30.01.2026