En un promontorio lejano, aislado del fragor principal, pero con una vista privilegiada de la costa desangrada, Drakonix, el Invocador de la Destrucción, observaba.
Su calma resultaba más aterradora que cualquier grito de guerra. Era un archimago de leyenda incluso dentro del Círculo de la Cuna; un maestro no de la armonía elemental, sino de la entropía pura. Una faceta necesaria, según los pragmáticos, para entender y contener el caos.
Su figura alta y delgada estaba envuelta en una capa negra que no ondeaba al viento, sino que parecía absorber la luz, moviéndose con vida propia. Sus manos, enguantadas en cuero de vacío, descansaban con aparente ociosidad sobre el pomo de una espada que jamás desenvainaba; como si el mero gesto de liberar el acero fuera un juicio final que el mundo aún no merecía.
Abajo, en la playa, un batallón de guerreros oceánicos intentaba un desembarco nocturno, aprovechando la confusión de la retirada terrestre.
Drakonix los observó un instante. Luego, con un gesto casual, casi aburrido, extendió un dedo índice.
No hubo cánticos. No hubo runas brillantes. Solo una implosión de silencio absoluto, seguida de una expansión violenta de fuerza bruta.
Una sección de la playa, de cien metros de diámetro, simplemente dejó de existir. La arena, las rocas, los tritones y sus escudos de coral... todo fue aniquilado en una fracción de segundo, reducido a un polvo atómico y un cráter humeante que el mar se apresuró a llenar con voracidad. Cientos de vidas, extinguidas con la misma reflexión con la que alguien aplasta un insecto molesto.
—Esto —murmuró para sí mismo, con voz de barítono cargada de una solemnidad glacial— es solo el prólogo. Una mera calibración. El verdadero caos, la sinfonía final de la disolución, aún está por llegar.
Pero antes de que pudiera continuar su análisis, una voz atravesó sus barreras mentales con urgencia quirúrgica.
Era Eldrion. El mensaje no era una petición, sino una convocatoria imperiosa, cargada de una gravedad que ni siquiera Drakonix podía ignorar.
Frunciendo levemente el ceño, el Invocador no buscó un camino. Con un movimiento tajante de su mano libre, rasgó el aire frente a él. La realidad se desgarró con un sonido de tela rota, abriendo un portal de energía inestable y centelleante que revelaba los pasillos de las Montañas Susurrantes. Sin mirar atrás, Drakonix cruzó el umbral y la grieta se selló tras él, como si nunca hubiera existido.
Sin embargo, dejó una firma.
Justo antes de desaparecer, un objeto pequeño cayó de la manga de su capa. Era una esfera de obsidiana, perfectamente lisa y del tamaño de un puño. Rodó hasta detenerse en el borde del cráter de aniquilación que acababa de crear.
Al instante, el artefacto cobró vida. Comenzó a emitir un zumbido bajo y constante, una frecuencia casi inaudible diseñada para registrarlo todo: la geometría de la destrucción, la firma energética residual del hechizo, la composición alterada del agua que llenaba el hueco, e incluso el eco psíquico del terror de los fallecidos.
Ninguno de los combatientes terrestres que presenciaron el evento desde la distancia comprendió el propósito exacto de aquel objeto. Pero todos, desde el soldado raso hasta el capitán veterano, sintieron un escalofrío primario recorrerles la espalda al ver la esfera inerte pero vigilante, reposando como un ojo ciego y omnisciente junto a la tumba recién cavada.
Los susurros, cargados de miedo y paranoia, se propagaron como la peste entre las filas.
—El Círculo... —El Círculo de la Cuna no solo observa... —... planean algo.
Y en esa incertidumbre, una nueva capa de terror se adhirió a la guerra: el miedo a los propios guardianes, y a los designios inescrutables que tejían con los hilos rotos de la realidad.
♦️♦️♦️
Lejos de cualquier tregua, la guerra encontró su cénit sangriento en un escenario predestinado para el cataclismo: la Grieta del Suspiro.
Era una cicatriz planetaria profunda, una herida abierta donde las placas tectónicas de Thalassara se frotaban y gemían con un sonido continuo, evocando el lamento de amantes traicionados condenados a una fricción eterna. Allí, el suelo mismo era un traidor.
Los Draconianos, bajo el mando táctico de Lyrin Voss, desplegaron su artillería pesada definitiva: los Golems de Obsidiana. No eran máquinas, sino colosos rituales de roca volcánica fundida y reanimada. Sus articulaciones no tenían aceite, sino que supuraban magma incandescente; cada paso descomunal abría fisuras en el suelo, exhalando géiseres de gases sulfúricos que envenenaban el aire. Sus armas eran proyecciones de fuego líquido y esferas de plasma que iluminaban el campo de batalla con destellos cegadores, pintando el apocalipsis en tiempo real.
Los Oceánicos respondieron elevando la apuesta al nivel elemental.
Invocaron a los Tifones Vivientes. Bestias meteorológicas conscientes, hechas de agua salada y relámpagos puros. Rugían con voces de leviatán ancestral y sus cuerpos translúcidos, girando a velocidades demoledoras, revelaban en su interior los esqueletos luminiscentes de anguilas eléctricas gigantes que alimentaban su furia.
#1672 en Fantasía
#988 en Personajes sobrenaturales
fantasia épica, aventura sobrenatural, mitología y mundos imaginarios
Editado: 30.01.2026