En la posguerra, Thalassara era un planeta que respiraba con dificultad. Su cuerpo estaba marcado por cicatrices profundas y humeantes.
El Abismo de Coral, otrora un manantial resplandeciente de energía ancestral, yacía gravemente contaminado, envenenado por los residuos de la explosión y la caída de Zha'thik. En la superficie, los bosques del sur se habían transformado en campamentos de refugiados improvisados. Allí, supervivientes terrestres y acuáticos compartían fuego y raciones con una desconfianza palpable, unidos únicamente por el instinto biológico de no morir de frío.
Mientras tanto, en la costa, Aqualis era un esqueleto en reconstrucción. Draconianos y Centauros trabajaban codo con codo retirando escombros, bajo la atenta y suspicaz mirada del otro, manteniendo una tregua nacida no del perdón, sino del agotamiento.
Elyra, la Doncella del Hielo, caminaba entre las ruinas.
Ya recuperada gracias a la magia antigua de Eryndor, sus pasos eran silenciosos, pero cada pisada sobre la piedra carbonizada parecía resonar con los ecos de los gritos pasados. Buscaba paz, pero también a su hermana. Pyralis, quien solía ser su protectora, era ahora la paciente, convaleciente en un claro sagrado bajo la tutela del Espíritu del Bosque.
Durante su trayecto por los restos de un mercado, algo llamó su atención.
Era una Estrella de Mar Latiente, idéntica a la que Kaidos había visto días atrás. Palpitaba con una luz ámbar enfermiza, una anomalía biológica en medio de la muerte estática. Intrigada y con un presentimiento helado, Elyra la recogió.
Al hacer contacto, su mente se inundó de visiones. No eran sueños, sino impresiones psíquicas brutales del planeta mismo. Vio el núcleo de Thalassara, no como una esfera de magma, sino como un corazón fracturado envuelto en una oscuridad viscosa. Y algo más... algo inmenso y amorfo se movía entre esas grietas cósmicas. Una presencia que no creaba caos, sino que se alimentaba de él; creciendo con cada guerra, con cada muerte, con cada ruptura del equilibrio.
—No es que el equilibrio esté roto —murmuró Elyra, dejando caer la estrella como si fuera una brasa. Su voz tembló de horror. —Es que está siendo devorado. Activamente. Hay un parásito en el corazón del mundo.
Alzó la mirada, fijando sus ojos gélidos en las lejanas agujas del Círculo de la Cuna, sobre las Montañas Susurrantes. Con determinación renovada, decidió su rumbo. Ellos, con sus mapas de mercurio y sus esferas primordiales, tenían que saberlo. O si no, tenían que investigarlo.
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Sin embargo, su camino se desvió al acercarse al claro sagrado.
Escuchó voces. No solo la suave cantinela de Eryndor, sino otras más ásperas. Reconoció el tono ronco de Kaidos. Y otra voz, nueva, salvaje pero medida.
Al asomarse entre los árboles, vio la escena: Pyralis, recostada sobre un lecho de musgo viviente, pálida, pero con los ojos llenos de su fuego característico. A su lado, de pie como un guardián esculpido en roca y cicatrices, estaba Grothar, el discípulo de Aetherion. Un poco más apartado, con los brazos cruzados y expresión impenetrable, observaba Kaidos.
—No necesito un centinela de piedra, oso domesticado —decía Pyralis, aunque su tono carecía de acritud; era curiosidad exhausta.
—Aetherion ordena. El fuego débil atrae depredadores —respondió Grothar. Su voz era grave como el rodar de una roca cuesta abajo.
Sus ojos, de un gris tormentoso, se encontraron con los de Elyra al instante. Kaidos, por su parte, solo asintió levemente, un gesto de reconocimiento entre veteranos.
Elyra se acercó, la preocupación por su hermana desplazó momentáneamente el horror de su visión.
—Hermana —dijo, con voz suave como escarcha matutina. —Te ves... viva. —Un destello de alivio cruzó su rostro.
Pyralis intentó una sonrisa que terminó en mueca de dolor. —Viva, sí. Molida como polvo bajo la bota de un gigante, también. Eryndor dice que mi fuego tardará en arder con fuerza otra vez. —Sus ojos brillaron con intensidad al mirar a Grothar—. Aunque este salvaje elegante insiste en que debería aprender a pelear sin él. ¿Te imaginas?
Kaidos soltó un gruñido seco. —Pelear sin tu poder es como respirar sin aire. Inútil. Pero aprender a no depender solo de él... eso es sabiduría.
Grothar asintió una sola vez, validando la verdad del espadachín.
Elyra observó el intercambio. Un vínculo extraño parecía formarse entre el Forjador solitario, la Sacerdotisa del Fuego y el Discípulo salvaje. Eran piezas rotas de diferentes rompecabezas que, juntas en ese claro, extrañamente encajaban.
Les contó, brevemente, sobre la estrella de mar y su visión del núcleo. El rostro de Pyralis se ensombreció.
—Entonces no terminó —susurró, apretando el puño sobre el musgo. —Solo cambió de forma. —Miró a sus nuevos compañeros. —Parece que tu visita al Círculo es más urgente de lo que pensabas, hermana. Ve. Nosotros... —hizo un gesto vago que incluía a los tres— ...seguiremos descansando. O planeando. No estoy segura todavía.
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Mientras tanto, en las profundidades de las Prisiones de Raíz y Lava, Korvathar sentía el cambio en el mundo a su manera perversa.
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Editado: 30.01.2026