Mientras en la superficie los terrestres lidiaban con el caos del motín y la caída de Lyrin Voss, y mientras las arqueras del Dosel disfrutaban de un paseo sobre los hombros de un dios, en las profundidades una tormenta política, silenciosa y letal, alcanzaba su punto de ebullición.
En el Palacio de Coral Negro, donde las paredes orgánicas respiraban con el ritmo funesto de las mareas muertas, Korvak enfrentaba a Kalysta.
El escenario era una cámara de audiencia iluminada por la fosforescencia de criaturas esclavizadas. El suelo era un mosaico de perlas ensangrentadas, tributo macabro de guerras olvidadas. La ira de Korvak no era un arrebato caliente; era una presión abisal, fría y densa, que saturaba el agua hasta volverla pesada como mercurio.
—¿Cómo osaste? —comenzó. Su voz no fue un sonido, sino una vibración que sacudió los cimientos del palacio—. ¿Cómo te atreviste a manchar tus aletas y tus maquinaciones con el fuego impuro de la superficie? ¿Cómo pudiste orquestar la caída, no de un monstruo, sino de un Dios Ancestral?
Su Tridente Ruptor de Mares, clavado en el suelo, vibraba con furia contenida. Ondas eléctricas azules emanaban de sus puntas, haciendo temblar las columnas de coral vivo y obligando a los guardias reales a retroceder por puro instinto de supervivencia.
—¿Perdiste el respeto por los pilares mismos sobre los que se sostiene este reino? ¿Es tu ambición tan ciega que no ves las consecuencias sacrílegas de este acto? ¡Has condenado a todo el océano!
Kalysta lo miró y, por primera vez en siglos, el asombro genuino fracturó su máscara de frialdad. Sus ojos, perlas negras en un mar verde, se abrieron ligeramente.
Ella no lo sabía.
En su mente, Zha'thik siempre había sido una herramienta; una bestia de poder colosal ligada a las Profundidades, sí, pero jamás lo había equiparado con los Ocho Espíritus Formadores de las leyendas. La revelación fue un golpe físico, pero su orgullo reaccionó antes que su culpa.
Con movimientos fluidos, desenvainó a Sirenis y Marengo. No atacó; adoptó una guardia defensiva, trazando un círculo de luz plateada en el agua frente a ella. La energía chisporroteó como un cúmulo de estrellas moribundas, una advertencia visual por si la ira del rey se tornaba en violencia.
—Te di la victoria que tu tridente y tu orgullo tradicionalista no pudieron conseguir —replicó. Su voz cortó el agua, fría y afilada como una corriente traicionera, aferrándose a su lógica pragmática—. ¿O prefieres, Korvak, que sigamos perdiendo terreno? ¿Que los de tierra firme sigan drenando nuestro Abismo y envenenando nuestras aguas hasta bebernos a nosotros como si fuéramos vino barato?
Dio un paso al frente, desafiante dentro de su círculo de luz.
—Zha'thik estaba fuera de control. Se volvió contra todos. ¿Qué otra opción había? ¿Dejarlo destruir el Abismo de Coral mientras tú jugabas a contener olas? Yo actué. Tomé la decisión que tú no tuviste el coraje de tomar.
Korvak hizo un gesto de desprecio que movió el agua como un latigazo físico.
—¡No había "decisión" que tomar sobre un dios! —estalló—. Había veneración que ofrecer, purificación que intentar. ¡No una alianza con el fuego para cometer un deicidio! Tu "solución" no solo mató a Zha'thik; mató nuestra historia, nuestra conexión divina con este mundo.
El rey se acercó, su sombra cubría a la sirena. —Ahora estamos más débiles que nunca. No frente a los terrestres, sino frente a lo que sea que corrompió a Zha'thik en primer lugar. ¡Has cortado la rama enferma sin preguntarte qué envenenó las raíces, y ahora el árbol entero puede caer sobre nosotros!
La tensión entre ambos era un campo de fuerza tangible. Pero Kalysta, a pesar del peso de la revelación, se negó a doblar la rodilla. Su culpabilidad mutó en justificación agresiva.
—Las raíces ya estaban podridas, Korvak. Lo vimos todos. Él era la enfermedad manifestada. Yo la extirpé. —Bajó la voz, cargándola de una certeza amarga—. Si eso me convierte en una sacrílega ante tus ojos, que así sea. Pero mientras tú lloras por un dios caído, yo me aseguraré de que nuestro pueblo sobreviva al invierno que se avecina. Con o sin tu bendición.
El enfrentamiento no resolvió nada; solo profundizó la fractura.
Uno gobernaba desde el dolor de una pérdida espiritual irreparable. La otra, desde la fría convicción de la supervivencia a cualquier costo. Y en medio de ellos, el océano mismo parecía contener la respiración, esperando ver cuál de estas dos fuerzas —el honor furioso o el pragmatismo despiadado— definiría el futuro de las profundidades.
La discusión fue guillotinada por la entrada de un sirviente cuyas escamas palidecían al ritmo de su terror.
—Lyrin Voss solicita audiencia, mi señor —balbuceó el mensajero, sin atreverse a levantar la vista—. Pide verlo esta noche en el Puente de las Algas Traicioneras. Solo. Bajo la luna menguante.
Korvak dudó. Su mente, nublada por la ira, procesó la propuesta con dificultad. ¿Una trampa de un rey? ¿O un intento desesperado de evitar la aniquilación total?
Miró a Kalysta con un desprecio que habría congelado el magma. —No he terminado contigo —le espetó con voz de trueno contenido—. Guarda tu lengua y tus espadas. Te buscaré después de esta reunión. Ahora lárgate de mi vista, antes de que el poco honor que me queda se agote y te ejecute aquí mismo.
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Editado: 30.01.2026