El Eco de los Dioses Caídos

CAPITULO X: El Silencio De Las Estrellas

Días después, bajo el manto del Dosel Sombrío, la Guardiana Lunar organizó un festín para celebrar la paz recién forjada. No era una victoria, lo sabían todos; era una tregua, un jadeo entre dos gritos. Pero hasta el aire enrarecido merecía un instante de calma.

Aethoniel, envuelta en su armadura de fases lunares que palpitaba suavemente, había convertido un claro del bosque en una catedral de festines efímeros. Con gestos sutiles, guio la luz de las tres lunas para tejer mesas de musgo plateado y bancos de raíces entrelazadas. Las hojas de los Árboles Susurrantes, obedientes a su voluntad, emitían un zumbido de fondo melódico, la respiración misma del Dosel hecha música.

Elyra, aportó su toque. Sus dedos danzaron como escultores de invierno, engalanando las ramas con cristales de hielo puro. Cada prisma, perfecto y geométrico, capturaba la luz lunar y la refractaba en arcoíris nocturnos que pintaban los rostros de los congregados con colores de otros mundos.

Kaidos, recluido en su rincón habitual de sombras vivas, observaba.

En su mano, una copa tallada en coral negro contenía vino de algas fosforescentes que emitía un brillo frío, rivalizando con las cicatrices estelares de Susurro de Eclipse, apoyada contra un árbol a su lado.

Junto a él, inmóvil como una estatua tallada en memoria y músculo, estaba Grothar. El discípulo de Aetherion no bebía. Observaba el festín con la intensidad de un depredador evaluando un nuevo ecosistema; sus ojos grises, del color de una tormenta contenida, escrutaban cada gesto.

—No confías —murmuró Kaidos, sin apartar la vista del gentío. No era una pregunta.

Grothar emitió un sonido ronco, más cerca de un gruñido geológico que de una palabra. —La confianza se forja en la fragua, no en la fiesta. —Su voz era áspera, cargada de ecos de cavernas y martillazos sobre acero—. Ellos tampoco confían. Huelen a miedo y sal seca.

—Todos huelen a algo —replicó Kaidos, probando el licor que ardía con sabor a yodo y profundidad—. Hasta tú hueles a hollín viejo y hierro frío. Como las forjas de mi infancia.

Fue la primera vez que Kaidos mencionaba algo tan personal. Grothar giró lentamente la cabeza hacia él, un movimiento calculado.

—Forjas apagadas hacen el mejor acero —dijo, enigmático—. El que ha visto el fuego y no se ha quebrado... sobrevive.

Un entendimiento silencioso pasó entre ellos. Un reconocimiento de cicatrices compartidas que no necesitaban palabras. Ambos eran restos de algo extinguido, reensamblados para la guerra.

El momento se rompió con una risa profunda que hizo vibrar el suelo.

En el centro del claro, Namarie y Karkoth protagonizaban un espectáculo improvisado. La arquera nocturna, con una sonrisa rara y genuina, apuntaba al cielo. Sobre la cabeza descomunal del oso, balanceándose peligrosamente en una rama, había una manzana silvestre.

La flecha de ébano partió el aire sin sonido y atravesó el fruto con un clac seco, clavándolo en el tronco detrás de la bestia. Jugo ámbar goteó sobre el pelaje del Ursath.

—¡Eres más hábil con el arco que yo con mis garras! —rugió Karkoth, no con enfado, sino con deleite infantil. Sacudió su enorme cabeza, provocando una lluvia de pétalos de flores carnívoras. Su risa, un retumbar de avalancha feliz, hizo tintinear las copas en las mesas.

♦️♦️♦️

Mientras, en un rincón más oscuro donde la luz de los cristales de Elyra moría, una figura se movía con la inquietud de un relámpago enjaulado.

Korvathys, el Devorador de Poderes, había acudido. Su liberación, ordenada por Korvak en un acto de pragmatismo desesperado, era un mensaje político: hasta los monstruos deben intentar la paz.

Pero el monstruo no sabía ser invitado. Su cuerpo, una armadura viva de coral carnívoro que se reajustaba con chasquidos húmedos, exudaba un aura de tormenta. Sus ojos, pozos de energía caótica, escrutaban el festín buscando trampas en cada sonrisa. Recordaba las palabras ásperas de su rey: "Ve. Que vean que no eres solo un arma. O al menos, aprende a fingirlo."

Fue entonces cuando Aerthys se deslizó hacia él.

La Arquera del Viento era un contrapunto viviente a su oscuridad: descalza, con el cabello del color de las ascuas moviéndose en una brisa propia y una sonrisa desafiante que ignoraba el peligro que emanaba de su interlocutor.

—¿Por qué tan serio, distinguido invitado? —preguntó. Su voz fue un campanilleo en la penumbra.

Korvathys no respondió. Solo se oyó un crujido de coral al tensarse.

Aerthys, impertérrita, se acercó un paso más. —Vamos. La luna brilla, el hidromiel fluye... y yo siempre soñé con conocer las maravillas del abismo. Cuéntame de las ciudades de coral —susurró con genuina curiosidad—. De los mercados donde se comercian burbujas de canciones, de las torres de agua sólida. ¿Es cierto que las sirenas tejen con hilos de luz lunar sumergida?

El Devorador emitió un gruñido bajo. No salió de una garganta, sino de la vibración de Voracidad en su espalda.

—En el océano —dijo por fin, con voz de fosa marina, cargada de ecos ahogados—, los sueños tienen dos destinos. O se ahogan rápido, sofocados por la presión... o sobreviven lo suficiente para mutar. Se convierten en pesadillas. Pesadillas con branquias, con tentáculos, con hambre. Como todo lo demás allí abajo.




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