El Eco de los Dioses Caídos

CAPITULO XI: El Festival De La Paz

Días después, Aqualis no respiraba salitre, sino música. No era la melodía melancólica de las sirenas ni el retumbar de los tambores de guerra, sino la sinfonía vibrante de una ciudad que, contra todo pronóstico, se había recompuesto. La reconstrucción, guiada por manos draconianas, centauras y oceánicas, había transformado las cicatrices en arte.

Donde antes hubo escombros, ahora se alzaban arcos de coral bioluminiscente que pulsaban con luz azul y verde al ritmo de las mareas. Los puentes, ya no de piedra fría, eran de madera flotante y algas entrelazadas; emitían un susurro armónico con cada paso, como si la ciudad misma cantara una canción de bienvenida. Aqualis se había convertido en un caleidoscopio viviente donde el oro de las escamas se mezclaba con el bronce de las armaduras y el verde de las pieles anfibias, todo bañado por la luz espectral del coral.

El Primer Festival de la Paz —una idea forjada en la mesa de tres líderes improbables: Valdryon, Garrick y Korvak— se desplegaba en las calles como un sueño colectivo. Parecía tejido no con tratados, sino con hilos de esperanza pura y una alegría tan frágil como desesperada.

En el corazón de la plaza central, Elyra era el sol pálido alrededor del cual orbitaba la felicidad.

Su cabello blanco, adornado con pequeños carámbanos irisados, brillaba como una corona de invierno. Con gestos serenos, esculpía figuras de hielo en el aire: dragones alados, caballitos de mar intrincados, estrellas danzantes. Cada escultura era translúcida, atrapando la luz del día para refractarla en constelaciones efímeras que pintaban los rostros asombrados de los niños.

Y ellos, una mezcla bulliciosa de pequeñas escamas, patas y branquias, corrían derribando las figuras entre gritos de júbilo, sin importarles la raza del compañero de juegos. Para ellos, la rivalidad de los adultos era un eco sin sentido, un fantasma incapaz de empañar su presente.

Observando desde la sombra de un arco de coral, Pyralis mantenía una calma inusual.

Sus llamas, habitualmente salvajes, estaban contenidas dentro de faroles de cristal rúnico que proyectaban danzas de luz y sombra. No era una prisión, sino una vigilancia serena. Su mirada, sin embargo, ignoraba a los niños y a su hermana; estaba clavada en la figura masiva que la observaba desde el otro extremo de la plaza: Kaelgor Stoneshaper.

El caudillo centauro no participaba. Su presencia era un menhir de rencor silencioso, una herida abierta en medio de la fiesta. La tensión entre ellos formaba un puente invisible, hasta que Eldrion lo cruzó.

El Maestro Elemental se acercó a Pyralis con la fluidez de quien camina entre corrientes mágicas. Se inclinó ligeramente y susurró algo al oído de la Sacerdotisa. Las llamas dentro de los faroles titilaron, sincronizadas con un cambio sutil en su expresión: una ceja enarcada, un destello de comprensión y un asentimiento casi imperceptible. La orden fue recibida.

♦️♦️♦️

No lejos de allí, en una plazoleta secundaria, otro núcleo de actividad vibraba con energía marcial.

Un grupo de aprendices jóvenes, embriagados por el espíritu del festival y una audacia temeraria, había encontrado un nuevo blanco: Kaidos.

—¡Más rápido, anciano! —gritó uno de ellos, un aprendiz de hielo con las mejillas sonrojadas, blandiendo un trozo de bambú pulido con torpeza encantadora.

Kaidos, el Vagabundo de la Espada, esgrimía su propia vara de bambú con una elegancia letal que convertía el ejercicio en danza. Una sonrisa rara, genuina y desprovista de ironía, jugueteaba en sus labios.

No estaba solo. Aerthys, imán del caos alegre, merodeaba alrededor. Con ráfagas precisas, convertía los tímidos hechizos de hielo del aprendiz en pompas de jabón iridiscentes que flotaban inofensivas.

—Así no se hace —corrigió Kaidos. Su voz serena cortó la excitación.

Cruzó una mirada cómplice con Aerthys. Luego, con un giro de muñeca imposiblemente fluido, su bambú no bloqueó, sino que rozó un débil hechizo de fuego lanzado por otro aprendiz desde el flanco.

En lugar de estallar, el fuego se partió en dos. Se transformó en un par de chispas doradas que revolotearon como mariposas cansadas antes de posarse suavemente en los hombros del joven lanzador.

—La espada no corta la magia —explicó Kaidos, bajando su arma improvisada—. Eso es arrogancia y un camino directo a la desintegración. La espada la redirige. Le cambia el curso. La convierte en algo que ya no te amenaza. Es cuestión de percepción, no de fuerza.

El aprendiz miró boquiabierto las chispas-mariposa en sus hombros. —¡Vaya! ¡Me gustaría saber qué dice la maestra Pyralis de eso! —exclamó con el ardor del descubrimiento.

Pero entonces, se detuvo. Recordó quién era Pyralis. Recordó que, al final del día, tanto ella como Elyra eran Brujas; seres de poder elemental puro que trascendían la hechicería común. Un destello de superstición antigua cruzó su rostro.

—Ah, sí... —murmuró, empequeñeciéndose—. Siempre olvido que ella y la Doncella son... brujas.

No lo dijo con miedo, sino con un respeto súbito y abrumador. Con una reverencia apresurada hacia Kaidos, se alejó corriendo para unirse al bullicio principal, dejando al Vagabundo y a la Arquera del Viento intercambiando una mirada de divertido entendimiento.




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