El Eco de los Dioses Caídos

CAPITULO XII: El Desgarro Del Cielo

Cuando el amanecer comenzaba a rasgar el horizonte de Thalassara con luz pálida, los tres Dioses Antiguos cumplieron su juramento bajo el volcán del Segundo Núcleo.

Eryndor extendió sus raíces profundas, entrelazándolas alrededor del núcleo como soporte vital. Kralkor levantó cordilleras enteras en miniatura en un arco protector, murallas de voluntad indestructible. Y Zha'thik extendió sus tentáculos para formar un escudo orgánico de carne abisal.

Cada uno cedió una porción de su esencia, inyectándola en las defensas del planeta. No para hacerlo invencible, sino para darle una oportunidad de resistir el trauma que se avecinaba.

—Si otra guerra como la Primera llega a suceder —musitó Eryndor, sus ojos brillaban tenuemente—, el núcleo debe resistir. Debe latir. Es la única forma de que algo sobreviva.

Kalysta, oculta en las sombras, observó el sacrificio silencioso de los titanes. Vio cómo cedían su fuerza por el frágil legado de la superficie.

Al retirarse, una emoción compleja la atravesó. Una lágrima salina escapó de su ojo. Antes de tocar el suelo, la esencia del lugar la solidificó, transformándola en una perla perfecta y oscura que cayó sin ruido entre las rocas.

Sin mirar atrás, regresó a las profundidades, llevando consigo el peso de un secreto y el brillo de un dolor que, por primera vez, no era solo suyo.

El festival había terminado.

La verdadera noche, la larga noche que se extendía más allá de las estrellas, estaba a punto de comenzar.

♦️♦️♦️

Cuando llegó el amanecer en Aqualis no llegó con estruendo, sino como un abrazo suave de luz dorada, queriendo consolar a la ciudad por la fiesta terminada.

El aire, aún tibio por los rescoldos de las hogueras y la magia gastada, olía a sal, pan recién horneado y el dulce aroma de las flores de escarcha. Las risas no habían desaparecido; solo habían bajado de tono, transformándose en conversaciones perezosas y juegos matutinos.

En la plaza central, Elyra continuaba su ritual de alegría.

Danzaba entre sus creaciones, pero ahora las esculturas de hielo no eran estatuas; estaban vivas. Un dragón translúcido de tamaño modesto perseguía con torpeza encantadora a un grupo de niños. Cada vez que una manita lo tocaba, la parte afectada no se rompía, sino que se derretía en un chorrito de agua fresca, haciendo que el monstruo se encogiera entre chillidos de regocijo.

—¡Mira, mira! —gritó una niña sirena mientras sus branquias palpitaban de emoción.

Extendió la mano hacia un cisne de escarcha. Con un arqueamiento elegante de cuello, el ave pareció beber de su palma, dejando caer un rastro de gotas brillantes sobre las losas. Al tocar el suelo, no se evaporaron; brotaron al instante convirtiéndose en margaritas perfectas de pétalos blancos y centro dorado, creando un camino efímero de flores.

Pyralis observaba desde su rincón.

Se había apropiado de un afloramiento de lava solidificada, dándole con su calor la forma de un trono tosco que brillaba con tonos ámbar. Recostada con tranquila contemplación, esculpía con sus dedos. De sus yemas humeantes no salía fuego destructor, sino delicados crisantemos de hielo y humo que flotaban hacia el suelo, desvaneciéndose antes de tocar la tierra.

—¿No te cansa —preguntó, con voz ronca audible solo para su hermana— ser la favorita perpetua? La estrella alrededor de la cual orbitan todas las sonrisas.

Elyra atrapó al vuelo uno de los crisantemos de humo. Al contacto, la flor se congeló, preservada en una pose perfecta. Miró a Pyralis con picardía.

—Y a ti, hermana mía... ¿no te cansa mentir, día tras día, sobre lo mucho que odias ser la dramática de la familia? Cuando en el fondo, es ese mismo fuego el que esculpe flores para que yo las atrape.

Pyralis soltó un suspiro cargado de ceniza perfumada y una sonrisa imperceptible asomó en sus labios. Sus risas, una cristalina y otra crepitante, se mezclaron con el repique alegre de las campanas de coral que los tritones hacían sonar cerca.

♦️♦️♦️

En las afueras, donde la ciudad se encontraba con la arena blanca, el ambiente era de disciplina.

Bajo un cielo azul imposible, Kaidos dirigía una sesión de entrenamiento. Sus alumnos eran jóvenes draconianos ávidos pero torpes, blandiendo espadas de bambú. Enfrente, un aprendiz de Aerthys lanzaba suaves hechizos de aire convertidos en desafíos: mariposas de viento que había que interceptar.

Kaidos se movía entre ellos, su propia vara de bambú trazaba arcos silenciosos.

—La magia —decía, mientras con un movimiento de muñeca casi invisible partía un hechizo en dos libélulas de luz inofensivas— no es un muro contra el que chocas. Es como el viento. Tiene corriente, tiene ritmo, tiene respiración. Si te detienes a sentirla antes de que te golpee, nunca te tomará por sorpresa. La puedes esquivar, navegar... redirigir.

Los jóvenes asentían, concentrados. Pero en ese momento, Kaidos notó algo.

Mientras hablaba del viento, se percató de un silencio extraño. No era falta de ruido —se oían las olas y la ciudad—, sino la ausencia del elemento mismo.




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