El Eco de los Dioses Caídos

CAPITULO XIII: La Canción De Las Tres Lunas

Después de lanzar sus legiones como una marea negra, Khra'gixx, el Cazador de las Sombras, alzó la vista.

Más allá de la batalla incipiente, tres esferas de luz fría colgaban en el cielo: las lunas de Thalassara. Él no veía belleza; veía mecanismos. Sus ojos fracturados analizaron las superficies plateadas, detectando las runas ancestrales que brillaban débilmente bajo el polvo lunar.

Su voz surgió como un murmullo dentro del cráneo de sus compañeros. —Interesante. Estas esferas conservan el último aliento de un Fragmento de Luz. Un eco atrapado en órbita.

Una idea cruel cristalizó en su mente. —¿Qué tal si... en lugar de romperlas, las convertimos? Que su luz, esa que seguro veneran, se vuelva contra ellos. Que proyecte sus peores pesadillas. Además sería un faro... para que podamos saborear su desesperación desde aquí.

Korgrath giró su cabeza blindada. Una sonrisa de sombras solidificadas se dibujó en su rostro. —Deliciosa propuesta —tronó—. Iluminemos su noche con el terror. Que aprendan que incluso lo que alzan la vista para admirar puede ser el vector de su locura.

Khra'gixx alzó sus garras hacia el cielo. Los cuernos rúnicos de su frente brillaron con luz violeta necrótica. No lanzó un rayo; tejió. Entrelazó hebras de pura sombra en los rayos lunares, infectando la luz en su fuente misma.

Las tres lunas cambiaron. Un tinte carmesí, como sangre vieja, se extendió por sus superficies. No se apagaron; se pervirtieron. Y desde su nuevo brillo horrible, comenzaron a proyectar visiones psíquicas directamente en las mentes de todo ser vivo en Thalassara.

—La luz que veneran... —susurró el Cazador— será el hilo de su condena.

El aire del mundo se espesó con ecos de alaridos mentales.

En Aqualis, un niño tritón gritó de terror en los brazos de su madre. Donde antes veía un rostro amoroso, ahora veía cómo las branquias de ella se desintegraban en polvo negro. En las montañas, un joven centauro, confundido por visiones de monstruos surgiendo de las sombras de su hermano, descargó su hacha con un grito desgarrado, cometiendo un horror fraterno. Bajo el mar, las sirenas cantaron melodías de locura, arrastrando a sus crías hacia las grietas oscuras para "salvarlas" de monstruos imaginarios.

Korgrath observaba el caos psíquico desde las ruinas. Apoyó la hoja de Apocalipsis en su hombro. —Hermoso. Pero efímero. Como todo lo que toca la luz.

♦️♦️♦️

En el Dosel Sombrío, el impacto fue devastador.

Aethoniel, cuya esencia estaba entrelazada con los satélites, cayó de rodillas. Un grito desgarrador, inhumano, escapó de sus labios. Se revolcó en el musgo, sus dedos cavaron surcos en la tierra.

Cuando alzó el rostro, sus ojos —espejos de estrellas— estaban velados por una niebla lechosa.

—¡Las lunas... no son suyas para profanar! —logró articular entre espasmos—. ¡Son el latido de nuestros Creadores! ¡No podemos permitir esta violación!

Eryndor y Kralkor comprendieron de inmediato. Su hermana celeste estaba siendo torturada a través de su conexión. Con una urgencia divina, la tomaron. Eryndor la envolvió en raíces suaves y Kralkor la cargó con cuidado infinito. Juntos, ascendieron hacia el Pico de los Susurros Eternos, el punto más cercano al cielo.

La cima era un lugar de silencio absoluto y frío cósmico.

Allí, bajo la luz carmesí, Aethoniel se obligó a levantarse. Ciega y agonizante, comenzó a danzar. No con gracia, sino con pura voluntad. Sus movimientos trazaron símbolos ardientes en el aire helado, convocando y purificando minúsculos haces de luz lunar. Sangre plateada brotaba de sus ojos y oídos, dejando estelas de polvo estelar en la nieve.

Eryndor se enraizó en la roca. Extendió su conciencia hacia las "raíces cósmicas", los hilos de memoria que ataban las lunas al planeta. Las reforzó con su propia esencia, sangrando savia dorada por el esfuerzo de combatir la infección.

Kralkor alzó sus brazos con un rugido. Del aire cristalizó un escudo colosal de cuarzo puro que se interpuso entre las lunas y el mundo. No bloqueaba la luz; filtraba la corrupción. El escudo gimió bajo el peso de la oscuridad, agrietándose con sonidos de continentes rompiéndose.

—¡No caeréis! —gritó Aethoniel, desafiando al vacío—. ¡No lo permitiré!

El esfuerzo titánico surtió efecto.

El carmesí profano parpadeó y retrocedió. Por un momento, la luz plateada original destelló, limpia y pura. La oleada de pesadillas cesó de golpe en todo el planeta.

Pero el precio fue catastrófico.

Aethoniel se desplomó. Su danza terminó. Al abrir los ojos, ya no reflejaban nada. Sus pupilas eran espejos opacos y plateados, ciegas por un corto tiempo al cielo que tanto amaba y en un momento crítico.

Las raíces cósmicas de Eryndor se marchitaron. El escudo de Kralkor estalló en una lluvia de esquirlas que rasgaron la atmósfera, dejando cicatrices visibles en el cielo por donde se filtraba el frío del vacío.

Un jadeo cósmico resonó en los huesos de todo ser sensible.




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