Al caer la tarde, el Dosel Sombrío ya no respiraba su quietud ancestral.
El aire se había vuelto denso, opresivo, como si el bosque mismo contuviera el aliento ante una violación de sus leyes naturales. Las estrellas, tímidas y escasas entre el follaje, parpadeaban con aprensión, reacias a iluminar lo que se movía bajo ellas. Las hojas de los Árboles Susurrantes no cantaban; emitían un murmullo bajo y constante, un idioma de savia y miedo que solo las raíces entendían del todo.
En medio de esa sinfonía de terror vegetal, Khra’gixx, el Cazador de las Sombras, avanzaba.
Su figura no era una silueta; era una mancha de oscuridad absoluta en movimiento, una anomalía que ni la tenue luz lunar lograba dispersar. Su motivo era simple y arrogante: alguien había purificado las lunas. Alguien había desafiado la corrupción. Eso implicaba Poder.
Khra’gixx buscaba ese foco. Un desafío a la altura de su sed.
—¿Dónde estáis, faros de luz? —murmuró. Su voz no salió de una boca, sino que reverberó desde el suelo y las sombras, como el eco de un abismo portátil—. Puedo oler vuestra magia residual. Me quema... me insulta.
Para él, la belleza de la luz lunar recuperada no era esperanza; era una mancha en la perfección del vacío. Un error que venía a corregir.
Fue entonces cuando el bosque tembló.
Un rugido de fuerza geológica enfurecida resonó entre los árboles. Kaelgor Stoneshaper, el caudillo de los Centauros de la Estepa, emergió de la penumbra.
No estaba solo. Tras él, como una extensión de su furia, surgió su batallón de veteranos. En lo profundo de su memoria racial, estos centauros recordaban el Dosel no como territorio ajeno, sino como el hogar ancestral del que fueron expulsados. Ahora, al defenderlo, sentían un eco agridulce de pertenencia que afilaba sus aceros.
Kaelgor era un espectáculo de ira concentrada. Sus martillos de guerra de obsidiana brillaban con fulgor oscuro. Sus ojos de ámbar fundido ardían con el rencor de mil pérdidas. Señaló a Khra’gixx con un dedo que parecía una garra de bronce.
—¡Este bosque no es tuyo, demonio! —bramó. Su voz fue el quebranto de un glaciar.
Para enfatizar sus palabras, descargó uno de sus martillos contra el suelo.
El impacto no fue un golpe; fue un evento telúrico. La tierra se hundió y estalló hacia adelante. Una grieta profunda, ancha como un río seco y negra como una boca hambrienta, se disparó hacia Khra’gixx con la velocidad de un relámpago de roca. La tierra convulsionó y los árboles a ambos lados se inclinaron con sus raíces desgarradas por la presión tectónica.
Khra’gixx no retrocedió. Una sonrisa de desdén curvó su rostro de sombras.
En el instante en que la grieta llegó a sus pies para devorarlo, él simplemente... dejó de estar allí.
No fue un salto físico; fue una edición de la realidad. Reapareció instantáneamente en el centro mismo del semicírculo de los guerreros centauros, tan cerca que el aliento de la vanguardia se congeló.
Antes de que los reflejos de los veteranos pudieran procesar el movimiento, una garra negra actuó. Con un sonido húmedo y cruel, Khra’gixx atravesó la armadura de cuero y bronce de un centauro como si fuera papel, hundiéndose en su pecho.
No lo mató al instante. Retorció la garra dentro, buscando el sufrimiento, antes de arrancarla con un movimiento desgarrador. El centauro cayó de rodillas, condenado a una agonía atroz mientras su vida escapaba a borbotones.
Con un gesto despectivo, como quien desecha un trapo sucio, el Cazador agarró el cuerpo convulsionante y lo lanzó con fuerza descomunal contra un roble anciano. El impacto hizo estallar el árbol en una lluvia de astillas, sepultando al guerrero bajo los restos.
—Vuestro poder —dijo Khra’gixx, limpiando la sangre de su garra con una sacudida seca— es un susurro de niños frente al rugido del abismo. Es insignificante.
Sus ojos de fractura escanearon a Kaelgor con un hambre aburrida. —Y yo no soy un matarife de ganado. Soy un Cazador. Solo busco presas que valgan el esfuerzo. Así que, por vuestro propio bien y para ahorrarme el tedio... apartaos de mi camino. No sois más que maleza en mi sendero hacia los verdaderos faros.
El desafío estaba lanzado. No era una amenaza, era una declaración de jerarquía.
Kaelgor, salpicado por la sangre de su soldado, comprendió que se enfrentaba a algo que su fuerza bruta no podía romper. Pero el honor de su raza pesaba más que el miedo. Sus nudillos palidecieron al aferrar los martillos.
La batalla, contra un enemigo que los consideraba indignos incluso de ser matados, acababa de comenzar. Y prometía ser una masacre.
♦️♦️♦️
Kaelgor no respondió con palabras. Las palabras eran para los tratados y las traiciones; para la paz frágil que ahora se desangraba a sus pies.
Su respuesta fue un gemido de la tierra misma.
Alzó su martillo, no para golpear, sino como un conductor para la furia telúrica que hervía en su sangre. Bajo sus cascos, el suelo no solo tembló; convulsionó. Un terremoto, perfectamente circunscrito al claro, estalló haciendo que la tierra ondulara como el lomo de una bestia gigantesca.
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Editado: 30.01.2026