El Eco de los Dioses Caídos

CAPITULO XV: El Poder de la Alianza

En el corazón de Aqualis, entre los ecos de una ciudad que respiraba con dificultad bajo el peso de la guerra, Eldrion avanzaba con paso firme.

Su mente, habitualmente un océano de cálculos cósmicos, estaba turbada por una inquietud más profunda que los conflictos raciales. Recorría los pasillos subterráneos tallados en la roca viva, un laberinto de seguridad que pocos conocían.

Detuvo a un subalterno con un gesto mínimo. —Busca a Elyra —ordenó, su voz resonaba con autoridad—. Dile que vaya al Dosel Sombrío. Su misión es unir a los que allí habitan: Errantes, Arraigados, arqueras... cualquiera que escuche el susurro del bosque. Necesitamos coordinación, no actos aislados de valor. Que los prepare para los puntos críticos que he marcado.

El mensajero partió a toda prisa. Eldrion continuó su descenso.

Bajó hasta una celda apartada, más profunda y fría que cualquier otra. Aquí, el aire olía a óxido, polvo estelar apagado y una paciencia antigua y resentida. Al detenerse frente a los barrotes de metal estelar con runas de supresión, una voz surgió de las sombras, afilada como un puñal.

—Cuánto tiempo, patético mago. No esperaba que me visitaras.

Eldrion permaneció impasible, sus ojos grises escudriñaban la oscuridad. —Tampoco pensé que llegaría el día en que necesitara tus habilidades —respondió sereno—. Pero aquí me tienes.

De la penumbra emergió un susurro seco, casi una risa. —Vaya. ¿Tú, que ves todo Thalassara a través del prisma de tus amadas lunas, necesitas de mis habilidades? —La voz hizo una pausa deliberada—. ¿Acaso se rompieron tus juguetes celestiales?

Eldrion asintió, sin mostrar debilidad. —Estamos siendo invadidos por una fuerza externa. Han corrompido la energía residual del Espíritu de la Luna. Han nublado mi espejo. Mi visión ya no es clara; veo sombras dentro de sombras. Es como intentar leer un libro bañado en tinta negra.

—Irónico —replicó el prisionero con desdén—. El mundo se quema y el Gran Administrador sigue jugando a ser carcelero.

—La ironía es un lujo que no podemos permitirnos —cortó Eldrion con urgencia—. Te daré la libertad, Zhaelor. Saldrás, pero con una condición: serás mis ojos donde mi visión falla. No te pido que combatas; tus dones son otros. Usa tu rastro, tu capacidad para camuflarte. Localiza a los guerreros perdidos, transmite órdenes, trae información. Si sobrevivimos a esto, tu libertad será permanente.

Un silencio pesado llenó la celda. Desde las sombras, un suspiro cargado de cálculo. —Que sea tus ojos... Tú, que me encarcelaste porque mi don de caminar entre los ecos desafiaba tu ilusión de control, ahora pides mi ayuda. La soberbia siempre encuentra su abismo.

Hubo otra pausa. —Está bien, mago de pacotilla. Acepto. Prefiero morir afuera, bajo un cielo real —aunque esté manchado de sangre—, que asfixiarme en esta libertad robada.

Eldrion trazó una secuencia de runas en el aire. Brillaron con luz plateada y volaron hacia los barrotes, que resonaron y se deslizaron abriéndose.

De la oscuridad emergió Zhaelor.

Alto, delgado, envuelto en jirones de una túnica de Forjador. Su piel estaba pálida por siglos de encierro, marcada por tatuajes rituales desvanecidos. Pero sus ojos... de un gris metálico, brillaban con inteligencia aguda y resentimiento, brasas bajo ceniza.

Estiró los miembros como un depredador despertando. —Así que así se siente el aire libre tras dos siglos... Huele a miedo y ceniza. No ha cambiado mucho.

—Esto no dolerá —dijo Eldrion, ignorando el comentario.

Trazó una runa compleja que brilló y se proyectó hacia la frente de Zhaelor. El Forjador no se inmutó; dejó que el símbolo se hundiera en su piel, palpitando antes de desvanecerse.

—Un vínculo psíquico de largo alcance —murmuró Zhaelor, tocándose la frente—. Ingenioso. Así podrás susurrar en mi mente sin estar presente. Cadenas invisibles.

—Es un puente, no una cadena —corrigió Eldrion—. Úsalo para informar. Tu primer destino es el Dosel Sombrío, sector este. Verifica si Elyra ha logrado reunir a los guardianes. Luego, dirígete a la costa sur. Busca actividad inusual en el desierto.

Zhaelor asintió con la mirada ya perdida en ecos que solo él percibía. —Como ordenes, carcelero. Recorreré los caminos que nadie ve. Espero que tus órdenes valgan la pena... y que el mundo aguante lo suficiente para que pueda disfrutar mi libertad.

Sin despedirse, giró sobre sus talones.

Su figura pareció fundirse con las sombras del pasillo. No hubo ruido de pasos, solo un leve temblor en el aire, como si la realidad se estremeciera al paso de un maestro de los ecos. En segundos, desapareció.

Eldrion quedó solo con el peso de su decisión. Había abierto una jaula, y quizás había liberado algo más peligroso que un simple prisionero. Pero no había tiempo para dudas.

Arriba, Thalassara sangraba. Ajustando mentalmente sus defensas, comenzó a ascender. La guerra exterior exigía su atención, pero la batalla por la información acababa de ganar un aliado ambiguo y letal.

♦️♦️♦️

Mientras Zhaelor se desvanecía en los ecos del subsuelo, en otro frente de la guerra, donde los humedales pestilentes de los Pantanos de Lamentis se confundían con el mar, un escuadrón de sirenas libraba su propia batalla en clave de tempestad.




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