El Eco de los Dioses Caídos

CAPITULO XVI: El Rey de los Esqueletos Alza su Huesuda Corona

En las Ruinas, epicentro de la herida cósmica, reinaba una quietud perversa.

Korgrath y Korvaxys permanecían como centinelas de la tempestad. Ante ellos flotaban las lunas, espejos que mostraban fragmentos de la guerra global.

Veían retazos de caos: sirenas en los pantanos, centauros furiosos en las llanuras. Pero no el cuadro completo; la interferencia mágica de Eldrion aún nublaba la visión.

—No me preocupa que Khra’gixx haya ido solo —dijo Korgrath con voz de rocas moliéndose—. Su poder es absoluto. Pero tal vez fue apresurado lanzarlo al corazón enemigo sin ablandarlos primero.

Korvaxys observaba el campamento invasor que crecía a sus pies: una ciudad efímera de espinas y piedra negra. —Aunque se lo hubiéramos prohibido, habría ido. De entre los cinco, él es la paradoja viviente.

Giró su cabeza hacia su compañero, sus ojos de agua estancada brillaban con fascinación macabra. —Nació de un Fragmento de Luz Primordial. El más poderoso, el más noble. Su corrupción no fue una infección lenta, fue una rendición total. Un cataclismo íntimo. Cuando un ser de esa pureza se rompe, no se vuelve malvado; se vuelve otro. Un principio de negación absoluta.

Sonrió fríamente. —Mi nacimiento fue... menos dramático. Pero deberías preocuparte más por tu ejército. Está siendo aniquilado sistemáticamente.

Korgrath miró las visiones lunares. Era verdad. Sus Leviatanes eran contenidos. No había victorias claras.

Una chispa de cálculo brilló en sus ojos de brasa.

Desenvainó su espada, una losa de metal negro que absorbía la luz, y la clavó deliberadamente en la tierra contaminada. —No pensé usar mi trofeo más preciado tan pronto. Pero el fervor de este planeta... hace que valga la pena.

Un surco de lava negra brotó de la grieta, dibujando un círculo ritual perfecto. Runas de un lenguaje olvidado se encendieron con fulgor moribundo.

—¡Ven, hermano en perdición! —bramó Korgrath, succionando la esperanza del aire con su cántico—. ¡Despierta de tu sueño de huesos! ¡Cumple el juramento que te ata a mí!

El suelo se partió. No surgió un agujero, sino un vórtice vertical de sombras centelleantes. Y de él, emergió Kalthok, el Rey de los Esqueletos.

No era un simple no-muerto. Su esqueleto era de oro pálido y antiguo, tallado con runas de un reino perdido. Vestía una armadura ceremonial hecha de los huesos de sus propios campeones caídos. En sus cuencas vacías ardían dos llamas azules y quietas; no había locura en ellas, solo la frialdad infinita de un juez resignado.

Al pisar la tierra de Thalassara, alzó su cráneo dorado. Su voz sonó como viento atravesando una catedral en ruinas. —Matasteis mi mundo... arrasasteis su luz. Ahora, como eco de esa destrucción, mataré el vuestro. No por odio, sino porque es la única verdad que me queda.

Alzó su mano real.

La tierra respondió a kilómetros a la redonda. Huesos ancestrales y cadáveres recientes de esta guerra brotaron del suelo. Se alzaron en legiones. Pero no eran zombis torpes; se movían con la memoria muscular de guerreros disciplinados, formaban filas perfectas. No tenían miedo ni dolor, solo la orden de un rey que ya lo había perdido todo.

Korgrath sonrió como un padre retorcido. —Adelante, mi botín. Siembra la desesperación. Destruye su frágil vida tal como yo destruí la tuya. Conviértelos en polvo, como convertiste en polvo tus sueños.

Sabía lo que tenía en sus manos. Kalthok había sido un estratega brillante en vida. Su maldición no solo lo esclavizaba; potenciaba a sus muertos. Cada esqueleto bajo su mando luchaba con más ferocidad y habilidad que cuando respiraba. Y el propio Rey era inmortal: si lo destrozaban, se recomponía.

Mientras las legiones esqueléticas comenzaban a marchar en silencio aterrador hacia los frentes, Korgrath y Korvaxys intercambiaron una mirada de satisfacción.

El juego había subido de nivel. Thalassara no solo luchaba contra una invasión; ahora se enfrentaba al espectro viviente de un mundo entero, convertido en el instrumento de su propia destrucción.

♦️♦️♦️

En los Pantanos de Bruma Eterna, la guerra adquirió un tono de pesadilla silenciosa.

El aire pesaba, saturado con ecos de vidas truncadas. La niebla espesa devoraba el sonido: los gritos se convertían en susurros y los pasos en ecos ahogados. Aquí, ni los vivos hallaban claridad, ni los muertos descanso.

A través de esta bruma sepulcral avanzaba Drakonix, el Invocador de la Destrucción.

Su paso era firme, envuelto en una capa tejida con hilos de vacío que se movía con vida propia. Sus manos brillaban con fulgor violáceo, la energía de la aniquilación pura lista para ser desatada.

Frente a él, la bruma se densificó.

El ejército de Kalthok apareció. Miles de esqueletos marchaban en perfecta sincronía, un mar de huesos blanquecinos y dorados. El chasquido rítmico de sus articulaciones formaba un coro macabro. Entre filas, músicos esqueléticos tocaban tambores de pelvis y flautas de tibia, una melodía distorsionada y burlona.

Drakonix se detuvo, con una sonrisa de desprecio absoluto. —¿Huesos danzantes? —se burló, su voz cortaba la niebla—. ¿Melodías de carnaval para enmascarar el vacío? ¡Patético!




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