El Eco de los Dioses Caídos

CAPITULO XVIII: El Eclipse de la Guardiana Lunar

El Santuario de las Tres Lágrimas era un lugar de belleza austera y poder antiguo.

Un círculo perfecto de menhires de piedra lunar se alzaba bajo la bóveda celeste, sus superficies grabadas con runas latían con luz propia. El aire, que solía oler a jazmín nocturno y rocío estelar, estaba ahora contaminado con el acre regusto del hierro y la sal de lágrimas secas. La guerra había llegado incluso a lo sagrado.

En el centro exacto, donde las líneas de fuerza convergían, Aethoniel, la Guardiana Lunar, permanecía de pie. Su figura, majestuosa y solitaria, desafiaba la oscuridad como una antorcha frágil.

Sus ojos, de un plateado líquido, brillaban con intensidad sobrenatural. Había recuperado la visión, pero no era la de antes; tras la purga de la corrupción, veía con una claridad dolorosa y absoluta. La daga que empuñaba, Lamento de la Aurora, no era de metal, sino de luz lunar solidificada: un filo frío y perfecto que zumbaba con la resonancia de un planeta enfurecido.

Frente a ella, el aire se desgarró sin sonido.

No fue un portal, fue una ausencia que se hizo presente.

Khra’gixx, el Cazador de las Sombras, materializó su existencia en el borde del círculo. No trajo oscuridad visible; simplemente, donde él estaba, la luz moría absorbida por una silueta que era un vacío con forma de hombre. Su presencia era una presión física, un frío conceptual.

Aethoniel lo miró directamente. En sus ojos de plata no hubo sorpresa, solo la aceptación sombría de un destino inevitable.

—¡Esta noche no será nuestro final! —tronó.

Su voz no fue un grito, sino una declaración amplificada por el Santuario. Cada menhir vibró, pintando el suelo con geometrías de luz sagrada.

Con un gesto fluido, Aethoniel alzó su mano libre hacia el firmamento que se oscurecía. No hubo conjuro, ni súplica. Fue una orden.

La luz de la luna, pura y fría a millones de kilómetros, obedeció.

Un rayo de plata sólida, ancho como un árbol antiguo, desgarró la noche. No fue un relámpago; fue una columna descendente de poder astral puro, un haz concentrado que se precipitó sobre Khra’gixx con la velocidad del pensamiento.

Khra’gixx, por primera vez desde su llegada a Thalassara, se vio obligado a defenderse.

Un gruñido bajo, similar al crujido del espacio-tiempo, escapó de él. No esquivó; contuvo. Extendió una mano y la realidad frente a su palma se contrajo en un vórtice de sombra absoluta.

El rayo lunar impactó contra el vacío. No hubo explosión; fue una aniquilación mutua, silenciosa y violenta. La luz se deshizo en mil fragmentos plateados, mientras la sombra de Khra’gixx se retorcía.

El impacto lo forzó a retroceder. Un paso. Un único y significativo paso atrás.

La sombra a sus pies se agitó como líquido quemado. Pero no hubo temor en sus ojos-fractura. Solo curiosidad fría y una evaluación recalculada. Sus labios de sombra se curvaron en una sonrisa desprovista de calor.

No necesitó hablar; sus palabras susurraron directamente en la mente de Aethoniel, frías como el vacío interestelar.

"Lucha. Brilla. Desgarra el cielo con tu furia de juguete. Es lo único que os queda a los ecos de la luz: el espectáculo antes del apagón. Al final, cuando te hayas agotado, cuando cada partícula de tu ser haya gritado su existencia... todo, incluido tu amado satélite, caerá ante mí. Es inevitable."

La batalla entre la Guardiana Lunar y el Cazador de las Sombras había comenzado.

Y desde el primer intercambio, quedó claro que esta contienda era de una escala diferente a la masacre de Kaelgor. Aquí, Khra’gixx no encontraría fuerza bruta, sino a una sacerdotisa dispuesta a quemar su propia alma cósmica para defender su mundo. La resistencia de Aethoniel obligaría al Fragmento Corrompido a revelar capas de poder que hasta ahora había guardado, convirtiendo el Santuario en el escenario de un duelo que resonaría en los cimientos mismos de Thalassara.

♦️♦️♦️

Las guerreras de Aethoniel, las Hijas del Crepúsculo, no eran simples soldados. Eran extensiones vivientes de su voluntad.

Envuelta cada una en armaduras de perlas estelares —conchas abisales que contenían firmamentos en miniatura—, avanzaron. Su formación era una estrella de cinco puntas perfecta, un símbolo geométrico de poder. Al moverse, eran un solo organismo, una sinfonía de luz plateada.

Se lanzaron al ataque no con furia mortal, sino con la danza precisa de los cuerpos celestes. Sus espadas trazaron arcos de luz que tejieron una red mortífera alrededor del demonio.

Pero Khra’gixx no podía ser atrapado en la red del orden cósmico. Él era la antítesis viva de ese orden.

No luchó contra la formación; la ignoró.

Donde las puntas de la estrella convergían, él ya no estaba. Se deslizaba entre los ataques con la cualidad de un mal sueño, una sombra que reescribía su posición en la realidad con cada parpadeo. Sus movimientos no tenían lógica marcial; eran pura discontinuidad.




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