El amanecer llegó como un testigo pálido, arrastrando las revelaciones que la noche había ocultado.
En el claro del Dosel Sombrío, donde yacía el cuerpo de Aethoniel cubierto de polvo plateado, Eryndor Thorne había permanecido inmóvil toda la noche.
Sus ojos de savia y corteza estaban velados por un dolor antiguo. Lloraba por su muerte, pero más aún por su impotencia. La cadena de un juramento le había impedido intervenir. En su mente resonaban las últimas palabras de la Guardiana:
"No me defiendan. Vuestro deber es más difícil. Deben contener, o asesinar, a vuestro hermano Zha’thik si la oscuridad lo consume. Nadie más podrá detenerlo. Ese es el juramento: no salvar a una guardiana, sino salvar al mundo de un dios caído."
Eryndor había cumplido. Y ahora, viendo su cuerpo frío con la perla lunar en la frente, un pensamiento amargo cruzó su mente: Cuánto hubiera deseado que Khra’gixx la dejara agonizando. Al menos habría tenido una oportunidad de curarla. Pero el demonio no era cruel por deporte; era eficiente. Dejaba finales, no heridas.
De pronto, el silencio fúnebre fue roto por voces jóvenes.
Aerthys caminaba saltando entre las raíces, bromeando con Elyra para distraerla. Detrás venían Namarie, alerta, y Grothar, con la cautela de un depredador.
—...¡y entonces le dije que si su flecha volaba más lento, podría usarla como pértiga! —reía Aerthys con tensión.
La broma murió en el aire cuando se detuvieron en seco. Vieron a Eryndor, un monumento de dolor vegetal.
—¿Qué haces aquí, anciano? —preguntó Namarie, su voz estaba cargada de un presentimiento gélido.
Eryndor no respondió. Movió levemente la cabeza hacia el centro del claro.
Las miradas siguieron el gesto y cayeron sobre la forma yacente.
Grothar se quedó helado, tensando la mandíbula hasta crujir. Aerthys dio un paso atrás, como si hubiera recibido un golpe físico. Giró la cabeza para ocultar las lágrimas.
Elyra no ocultó nada. Un grito ahogado escapó de sus labios y cayó de rodillas frente al cuerpo. Las lágrimas brotaron, congelándose en diamantes de dolor sobre sus mejillas.
Eryndor se arrodilló junto a ella, envolviéndola en un abrazo de enredaderas suaves. —Aún no todo está perdido, pequeña centella de invierno —susurró con voz de bosque—. Pero este claro ya no es un santuario; es una tumba expuesta. Debes regresar a Aqualis. Los enemigos que se mueven como sombras son de un poder que no debéis subestimar.
Namarie se acercó a Aerthys y la giró suavemente. —Vamos. Tienes que ser fuerte. Todavía podemos vengarla. Pero debemos estar unidos.
Aerthys sacudió la cabeza, sollozando. —Por esto... por esto no me gustan las guerras. No quiero perder a más gente. No quiero.
Eryndor, viendo el dolor desbordado, hizo brotar raíces del suelo para abrazarlos a todos. —Vamos a sepultarla —dijo con solemnidad—. Aquí, en el bosque que ella protegió. No podemos dejar su cuerpo expuesto a la profanación.
Con manos cuidadosas y corazones pesados, cavaron un lecho en la tierra viva. Las raíces más antiguas prometieron custodiar el sueño de la Guardiana. Cubrieron el lugar con musgo y flores de cristal, marcándolo con un círculo de hongos bioluminiscentes: un faro perpetuo en la oscuridad.
No hubo más palabras. El grupo se separó.
Elyra, con determinación gélida, puso rumbo a Aqualis para llevar la noticia a Eldrion. Namarie y Aerthys se adentraron en el bosque, alertas al nivel del pánico.
Y Eryndor Thorne dio media vuelta. Sin mirar atrás, se fundió con los árboles, su conciencia buscaba a Kralkor a través de la red de raíces.
El asesinato de Aethoniel no era solo una pérdida; era una declaración de guerra total. Y los Arquitectos sabían que algunas líneas, una vez cruzadas, exigían una respuesta que haría temblar los cimientos del mundo.
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En las Llanuras de Vorax, la batalla no conocía tregua.
La carnicería alcanzaba su clímax ensordecedor. El paisaje, antaño vastas praderas, era ahora un páramo de cráteres humeantes y lodo ennegrecido. El aire olía a sangre caliente y sal corrompida.
La alianza entre Korvak y Garrick se desmoronaba bajo la furia de Korvus Thar.
Los guerreros oceánicos luchaban en desventaja en terreno seco, sus formaciones se rompían por la marea de violencia de los Berserkers. Los cánticos de las sirenas se ahogaban bajo el estruendo de huesos rompiéndose.
—¡Este páramo será vuestra tumba! —rugió Korvus Thar con su voz reverberando como un trueno subterráneo—. ¡Un montón de huesos y escamas para que el sol seque!
Con furia calculada, apartaba guerreros como si fueran algas, buscando a los líderes.
Garrick emergió de la melé como un torrente de rabia herida. Su hacha estaba manchada de líquido negro.
Las miradas de los caudillos se cruzaron. El ruido de la guerra se desvaneció en un silencio de tensión absoluta. Ya no eran ejércitos; eran titanes destinados a un duelo.
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Editado: 30.01.2026