El Eco de los Dioses Caídos

CAPITULO XX: El Alba de las Decisiones

Horas después, cuando el peso de las noticias más sombrías había descendido como una losa sobre Eldrion, el Maestro Elemental convocó al Consejo de Emergencia.

La reunión no se celebró en la serena Cúpula de los Susurros, sino en la Cámara de Guerra, un lugar con paredes marcadas por mapas tácticos rasgados y manchas de sangre seca. El aire olía a derrota inminente.

Tres mensajes funestos habían llegado: la muerte de Aethoniel, la caída de Drakonix y Kaelgor, y finalmente, el testimonio de las sirenas sobre la muerte de Garrick y Korvak, junto con su última petición.

El grupo era reducido y demacrado. Eryndor Thorne estaba presente, con sus raíces marchitas reflejaba el dolor del bosque. Kralkor permanecía en un rincón como una estatua de roca silente.

La tensión estalló entre Pyralis y Eldrion.

—¡Korvathar es un monstruo! —rugió Eldrion, con furia fría—. ¡No lo niego! Pero esos demonios que arrasan nuestras costas son el cáncer que carcome Thalassara. ¡Necesitamos una daga, aunque esté envenenada! ¡Necesitamos algo que iguale su brutalidad!

Pyralis apretó el puño con tal fuerza que aplastó una roca decorativa. —¿Y si esa daga se gira y nos clava a nosotros? —siseó—. ¿Olvidaste los informes? ¿Olvidaste cómo ese Devorador ahogaba asentamientos en sangre? ¡No es un arma, es un desastre esperando repetirse!

En ese momento, Kalysta intervino. La escama de Zha’thik palpitaba en su brazo como un parásito ornamental. —Puedo contener su oscuridad —afirmó con frialdad—. Mi canto puede tejer una correa a su furia. Y si esa correa se rompe... le arrancaré las entrañas con mis propias manos. Lo conozco. Sé cómo duele.

Desde el rincón, la voz de Kralkor resonó como un glaciar deslizándose. —Liberadlo.

Todos giraron hacia él. —No para que sea nuestro campeón. Para que sea el anzuelo. Un festín de caos tan irresistible que los depredadores mayores no podrán ignorarlo. Y nosotros... seremos los pescadores que cortaremos el hilo en el momento exacto, ahogándolo junto con lo que atraiga.

La votación fue rápida y brutal. La lógica desesperada prevaleció. Pyralis maldijo en una lengua antigua, pero el peso de la derrota silenció su fuego.

♦️♦️♦️

Mientras el Consejo se disolvía, en las profundidades más oscuras de la prisión, un sonido resonó.

El crujido lento de eslabones de metal estelar deshaciéndose. Las runas maestras de supresión cedieron ante la orden de arriba.

Desde el centro del desplome, una voz emergió.

—Libertad... —roncó, devorando la luz—. Al fin. Y parece... que llego justo a tiempo para el banquete.

Una sonrisa llena de dientes antinaturales brilló en la oscuridad. Inhaló el aire viciado de siglos y rugió.

—¡TORMENTAS DE TIERRA Y FUEGO, ESCUCHAD MI LLAMADA!

La mazmorra no respondió; se desgarró.

Las paredes se disolvieron en un remolino de llamas negras y ciclónicas. El suelo se levantó en ráfagas de ceniza incandescente. Donde hubo una prisión, solo quedó un torbellino perfecto de aniquilación elemental.

Korvathar, el Devorador de Sangre, emergió.

Su silueta, una amalgama de cicatrices que respiraban, se recortó contra el vórtice. No miró atrás. Sus sentidos ya habían olfateado el rico olor a guerra y muerte arriba.

Con un movimiento fluido, se dirigió hacia la superficie. El anzuelo estaba libre. Ahora solo quedaba ver qué monstruos mayores acudirían a morder, y si los pescadores serían lo bastante hábiles para controlar la línea.

♦️♦️♦️

Mientras tanto, en las profundidades cicatrizadas de la Cámara de Guerra, el Consejo de Sobrevivientes permanecía bajo la luz pálida de las Esferas Primordiales.

El aire, cargado aún del eco de la liberación de Korvathar, olía a ozono y a decisiones irrevocables. La sombra de Khra’gixx se cernía sobre ellos, un peso tangible que enturbiaba la magia.

Eldrion tomó la palabra, sus dedos estaban entrelazados sobre el Mapa Viviente, donde las manchas de oscuridad se extendían como gangrena. —Ese demonio no es un guerrero —dijo con la frialdad del mármol—. Es un evento. Una catástrofe con voluntad. Está devorando a los nuestros sin tocar el suelo. Si no hallamos cómo rasgar su coraza, seremos polvo olvidado en los anales de esta guerra.

Kralkor, sentado como una extensión de la roca, asintió con lentitud geológica. Las vetas de cuarzo en sus brazos parpadearon como estrellas agonizantes. —Su poder... es familiar. Recuerdo su sabor en el vacío que dejó la Primera Invasión, cuando los mares eran lágrimas recién formadas. Aquellos invasores no solo luchaban; corrompían. Y Khra’gixx lleva el mismo estigma en su ser.

Pyralis, junto a una columna de basalto, extinguió las llamas de sus manos. —Entonces —crepitó su voz—, solo ustedes, los que forjaron este mundo con las manos, podrían enfrentarlo. ¿No es así?

Kralkor cerró los puños con un sonido de montañas rozándose. Un suspiro antiguo escapó de su pecho. —Si estuviéramos completos... si Zha’thik tuviera la claridad original y no el eco retorcido que ahora es... tal vez. Pero no estamos completos. Y eso no es una excusa; es una tumba.




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