Mientras Eldrion trazaba geometrías prohibidas en las alturas, en una cripta que ni el sol ni la luna habían visto jamás, otro tipo de creación tomaba forma.
La cámara era un vientre de piedra negra. En el suelo, talladas con ácido y sangre, ardían runas de un violeta gangrenoso.
En el centro yacía el cuerpo destrozado de Drakonix. A su lado, Lyra, o lo que quedaba de ella: un conjunto de líneas quebradas, su cola una herida remodelada, sus ojos vacíos mirando la nada.
Zarethys observaba su obra con la serenidad de un pintor. Sus acólitos dispusieron los restos de otros caídos —draconianos, centauros, tritones— en círculos concéntricos. No eran ofrendas; eran baterías.
—Comencemos —murmuró.
De sus manos brotó un río de energía oscura. Al tocar los cadáveres del círculo exterior, la carne se disolvió en humo negro, succionado hacia el centro. Era un reciclaje obsceno.
Zarethys estrelló el torrente contra los cuerpos centrales.
No hubo explosión. Hubo fusión.
Los cuerpos se arquearon violentamente. Los huesos crujieron, realineándose. La piel de Lyra tomó un tinte violáceo. Los restos de Drakonix se compactaron, volviéndose más densos.
Y entonces, del círculo de la sirena, algo se levantó.
Era Akarys.
No se incorporó; se desplegó como una flor nocturna. Su figura era una línea de peligro elegante. Su piel tenía la palidez de la luna envenenada. Su rostro era una máscara de crueldad afilada, labios carnosos esbozando una sonrisa que prometía dolor.
Sus ojos violetas brillaban con luz propia. No miraban; evaluaban.
De su espalda emergieron alas membranosas, finas como la noche, que se plegaban como un manto viviente. Sus dedos terminaban en estiletes negros. Vestía una armadura ceñida que era más provocación que defensa.
Zarethys sonrió satisfecho. Pero su mirada se desvió hacia Drakonix. El cuerpo irradiaba calor brutal, pero le faltaba algo.
—Akarys —dijo con ligero fastidio—. A tu compañero le robaron la cabeza. Consígueme una.
Akarys volvió la cabeza. Sus ojos violetas se fijaron en un engendro abisal que se arrastraba entre los residuos.
Lo miró con atracción depredadora. Un hilo de voluntad violácea enredó la mente del monstruo, obligándolo a acercarse. Cuando estuvo a su alcance, el brazo de Akarys fue un destello. Sus uñas pasaron por el aire y la cabeza del engendro se desprendió limpiamente.
Con un puntapié despreocupado, envió la cabeza a los pies de su creador.
—Definitivamente —musitó Zarethys—, un activo valioso.
Se volvió hacia el cuerpo de Drakonix. Con dedos brillando en fuego negro, comenzó a coser. Suturas de energía fundieron carne y hueso, uniendo la cabeza alienígena al torso colosal.
Y entonces, Zharalor se irguió.
Fue el surgir de una montaña infernal. Su cuerpo era una masa de piel volcánica agrietada, por donde filtraba un resplandor de lava. Su nueva cabeza, coronada por cuernos retorcidos, abrió los ojos: dos pozos de fuego sin inteligencia, solo furia infinita. Al dar un paso, la piedra se ennegreció bajo su pie.
♦️♦️♦️
Zarethys contempló a sus creaciones: Akarys, la sombra afilada, y Zharalor, la fuerza bruta.
Zarethys rio con triunfo absoluto, haciendo vibrar las paredes de la cripta.
—¿Qué te alegra tanto, mago? —rugió Korvaxys, entrando con su armadura de coral carnívoro. Su mirada pasó de Zharalor a Akarys. —Vaya. Esta vez te esmeraste. Tiene... presencia.
En ese momento, otro acólito irrumpió arrastrando una red de cadáveres frescos: draconianos, centauros y magos. Defensores convertidos en mercancía.
Zarethys evaluó el montón con desdén. —Lo que hago es arte, Korvaxys. Y para el arte necesito una base digna. Estos son comunes. Carne de cañón. No encuentro la chispa trágica.
Korvaxys examinó los cuerpos con frialdad de carnicero. —Lástima. Quería ver tu proceso. —Hizo una pausa, sus ojos sin pupila de pronto se quedaron fijos en el mago—. Aunque... podríamos intentar algo distinto. No busquemos un cuerpo perfecto. Busquemos una ausencia. Tomemos la energía residual, el miedo, la desesperación... y concentrémosla en un vacío. Creemos una sombra con voluntad. Algo que se camufle en cualquier rincón. Tú extraes la esencia; yo la concentro.
Zarethys sonrió con curiosidad perversa. —Un experimento colaborativo. Muy bien, señor. Dame el banquete y yo pondré el molde.
Zarethys drenó los cadáveres, extrayendo vapores fantasmales de colores enfermizos. Korvaxys, a su lado, creó un vórtice de gravedad invertida que comprimió esos ecos en una esfera oscura y palpitante.
El aire se llenó de susurros y gritos silenciosos.
Zarethys arrojó la esfera al centro de la sala. No hubo explosión, sino una implosión de oscuridad.
Del punto cero de negrura, algo se desplegó como tinta en agua.
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Editado: 30.01.2026