El Eco de los Dioses Caídos

CAPITULO XXII: El Precio De La Traición

Mientras en las Llanuras de Vorax los ecos del Abrazo de la Muerte se disipaban, en la Aldea del Destino, la guerra mostraba su rostro más visceral.

Aún no había caído la noche, pero el sol de la tarde parecía enfermo, velado por columnas de humo negro que convertían el día en un crepúsculo perpetuo y asfixiante. El aire no olía a magia, sino a madera quemada y a gritos que ya no pedían piedad.

La aldea costera era un infierno en miniatura. Las chozas ardían como antorchas, sus llamas desafiaban la luz declinante, distorsionando el aire con ondas de calor que hacían bailar el paisaje.

Entre el humo avanzaban los Berserkers, guerreros hinchados que no conocían el dolor. Los lideraba Korvus Thar, un coloso bajo un yelmo de huesos de kraken. Sus ojos brillaban con un odio sobrenatural. En sus manos blandía un Hacha Negra que no reflejaba el sol poniente; parecía devorarlo, dejando estelas de vacío visual con cada golpe.

Pero esa tarde, la oscuridad de Korvus no era la más hambrienta en la aldea.

Desde la niebla que se arrastraba del mar, una presión nueva alteró la gravedad del miedo.

Emergió no de las sombras, sino como una sombra que cobró peso y volumen. Korvathar, el Devorador de Sangre, avanzó con pasos implacables.

Cada pisada sonaba como el eco distorsionado de guerras ancestrales. Su armadura, abollada por mil impactos, estaba cubierta de una segunda piel grotesca: costras de sangre estratificada, de un rojo oscuro casi negro. Un tributo eterno a la masacre.

En su mano derecha, sus garras no estaban extendidas, sino que vibraban con una frecuencia ansiosa. Parecían poseer un hambre propia, saboreando la muerte antes de que ocurriera.

Korvathar se detuvo donde el resplandor del incendio chocaba con la niebla. Sus ojos, dos puntos de luz amarilla y enfermiza, escanearon la carnicería hasta posarse en el líder enemigo.

—¿Un demonio... jugando a ser general? —su voz fue un sonido gutural que reptó por el aire, reverberando desde las entrañas de un inframundo personal.

Con una calma aterradora, deslizó una lengua oscura por el filo de su garra vibrante. Degustó el aire saturado de hierro.

Una sonrisa cruel se dibujó bajo las costras de su rostro. —Déjame mostrarte —susurró, cortando el estruendo— qué es el Caos Verdadero. No este... desorden ruidoso.

Los Berserkers giraron sus cabezas como una sola bestia. La magia oscura no los hacía estúpidos; reconocieron al depredador mayor.

Con un rugido que superó el crepitar de las llamas, se lanzaron contra la figura solitaria. Una avalancha de carne, músculo y acero. Una marea de odio puro.

Pero Korvathar no era un adversario. No era un guerrero noble ni un demonio arrogante.

Era un Parásito Viviente.

Para él, la sangre no era un síntoma, era el alimento. El dolor era el condimento. La vida de esos guerreros era solo energía bruta esperando ser cosechada.

La batalla estalló entonces. Pero no como un duelo.

Fue el principio de un festín.

Y Korvathar, con sus garras vibrando y los ecos de guerras pasadas en sus pasos, estaba listo para dar la primera cucharada.

♦️♦️♦️

Los Berserkers atacaron en oleadas ciegas, una avalancha de músculo y rabia.

Sus hachas y mazas chocaban contra las garras de Korvathar en una cacofonía metálica. Pero el Devorador no cedía terreno. Parecía anclado a la tierra como un pilar de oscuridad.

Con un rugido que hizo vibrar el aire, invocó una Tormenta de Rayos. Descargas violetas golpeaban el suelo, marcando el ritmo de su danza.

Se movía con una gracia inhumana. Esquivaba con ladeamientos mínimos y contorsiones líquidas. Era el dueño del precipicio.

Uno tras otro, los Berserkers caían.

No por heridas espectaculares. Korvathar no destripaba; rozaba. Donde su garra vibrante tocaba la piel, la carne se marchitaba. Guerreros que rugían con furia sobrenatural se desplomaban como muñecos con los hilos cortados, retorciéndose en agonía mientras su vitalidad era drenada.

La tierra a sus pies se volvió yerma, reducida a polvo gris. Un parche de muerte absoluta.

Korvus Thar sintió el miedo por primera vez. Su horda invencible era ahora un montón de carne seca. Pero su odio era más fuerte.

Invocó su Fuego Maldito. Llamas negras y frías envolvieron su hacha abisal. —¡ERES UN ERROR! —bramó, con voz de montaña quebrada—. ¡UNA ABERRACIÓN QUE DEBE SER BORRADA!

Se lanzó. No fue una carga, fue un cataclismo.

Pero Korvathar no estaba para promesas. Estaba para el festín.

Fluctuó hacia un lado como una sombra en el viento. El hacha negra pasó rozando sus costras. Antes de que Korvus recuperara el equilibrio, Korvathar ya estaba sobre él.

Su garra vibrante se hundió en el pecho del coloso con un sonido húmedo, como raíces penetrando tierra vieja.




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