Al caer el anochecer sobre el Valle de las Cicatrices, el crepúsculo no trajo paz.
Este no era un campo de batalla; era una herida que el tiempo se negaba a cerrar. Un paisaje desolado donde la historia se respiraba en forma de cenizas y sangre vieja.
La tierra, una costra enferma perforada por cráteres sulfúricos, estaba plagada de espejismos. Ecos de combates antiguos danzaban en el aire, desafiando a distinguir lo real de lo memorizado. Era un terreno donde la realidad misma, cansada de violencia, se traicionaba.
En el epicentro de este caos, dos titanes se recortaban.
Aetherion, el Portador de la Llama Sagrada, era la sombra de lo que fue. Su armadura dorada colgaba en jirones ennegrecidos. A través de las grietas, la carne quemada y el brillo divino parpadeaban débilmente. Su respiración era un eco roto.
Pero en sus ojos, bajo el casco abollado, ardía una luz inextinguible. No era el fuego de la victoria, sino la llama fría de la Certeza. La geometría inexorable del enfrentamiento final.
En sus manos, su lanza brillaba con un fuego blanco titilante, como una vela a punto de ser consumida por su propia cera antes de la noche eterna.
Frente a él, Xarathys, el Señor de las Ilusiones, sonreía con crueldad palpable.
Sus espadas gemelas, Engaño y Desesperación, crepitaban con luz violácea corrupta. Cada paso suyo era fluido, felino. Sus ojos violetas brillaban con malicia lúcida mientras observaba al guerrero que se negaba a caer.
—Tu ilusión final —rugió Aetherion con voz cargada de amargura cósmica— será creer que puedes pisotear esta tierra sin que yo te enfrente. ¡Tu muerte no será un espejismo, demonio!
Con un grito que fue un desgarro del alma, Aetherion canalizó todo.
No fue un hechizo. Fue la descarga pura de su esencia vital. Un rayo de fuego blanco, tan brillante que borró los espejismos, surgió de su lanza. Cruzó la distancia como una estrella fugaz de pura negación, dirigida a borrar la corrupción de la realidad.
Pero Xarathys no retrocedió.
Su sonrisa se ensanchó hasta volverse siniestra, una mueca que saboreaba la transformación inminente. No levantó sus espadas.
Levantó ambas manos, con las palmas abiertas hacia el rayo que se abalanzaba sobre él.
El aire se agitó violentamente desde dentro de él. Su cuerpo comenzó a temblar con energía antinatural. Los contornos de su figura se volvieron borrosos, dejando de reflejar la realidad para generar la suya propia. Sus ojos violetas cambiaron, volviéndose vacíos y hambrientos.
Xarathys se disponía a usar aquella transformación. La que lo elevaba de ilusionista cruel a algo primitivo e infinitamente más peligroso. La que Korvaxys temía y respetaba.
El ataque de Aetherion no era una amenaza; era la llave que giraba en la cerradura de su jaula interna.
El rayo de fuego blanco estaba a un metro de impactar. El cuerpo de Xarathys comenzó a crecer, a deformarse. Y su risa dejó de ser humana para convertirse en un gruñido primordial.
Xarathys desintegró el rayo de fuego con una negación absoluta.
Sin pausa, sus espadas se disolvieron y descargó un golpe de puño brutal. Aetherion interpuso su lanza, pero el arma divina se astilló en mil pedazos de metal derrotado.
—HASTA AQUÍ HAS LLEGADO, LUCIÉRNAGA —rugió la bestia—. AHORA VAS A MORIR.
♦️♦️♦️
Aetherion, arrodillado entre los restos de su lanza, miró al bosque lejano. No puedo caer. No aquí.
Con un grito que fue renuncia y afirmación, expulsó su poder en una erupción. Ya no era un guerrero; era una supernova.
Xarathys, convertido en una masa de músculo violáceo y hambre, cargó.
Ambos chocaron.
No fue un golpe. Fue un evento tectónico.
Sus puños se encontraron en un punto muerto. El impacto produjo un silencio absoluto que succionó el aire. Luego, la energía se expandió. Un anillo de fuerza pura pulverizó las formaciones rocosas y arrancó árboles del Dosel Sombrío a kilómetros de distancia.
La colisión fue un temblor en la realidad que se sintió en todo Thalassara.
En Aqualis, Eldrion sintió la sacudida en los cimientos de su poder. —El momento que temíamos ha llegado —anunció con urgencia glacial—. Esos dos están desgarrando el tejido geológico. Debemos fortalecer el planeta.
Los archimagos unieron sus voluntades en un ritual de contención. Canalizaron poder hacia el núcleo, estabilizando placas tectónicas y reforzando las barreras naturales.
En el epicentro, Aetherion sintió el cambio. Una firmeza nueva bajo sus pies. El planeta se estaba endureciendo.
No estamos solos. El mundo aguantará.
Con esa certeza, se desató.
Chocaban a velocidad imposible, dejando estelas de luz y oscuridad. Aetherion esquivaba con gracia divina; Xarathys embestía con furia de tifón.
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Editado: 30.01.2026