El Eco de los Dioses Caídos

CAPITULO XXIV: El Bosque de los Susurros

Las Llanuras de Ceniza, que antaño fueron la ruta comercial hacia Aqualis, ya no conducían a nada más que a la muerte.

Con el amanecer, una luz rojiza reveló un paisaje de sombras y brasas.

Allí, Pyralis brillaba como un faro de furia. A su alrededor, un núcleo de magos y draconianos luchaba contra las hordas interminables de Kalthok, el Rey de los Esqueletos.

Eran olas de huesos. Y entre ellos, como una burla macabra, músicos esqueléticos rasgaban el aire con una melodía discordante que marcaba el ritmo de la descomposición.

—¡QUEMADLOS! —bramó Pyralis, desatando ríos de fuego sagrado. Los huesos no ardieron; se disolvieron en cenizas grises.

Pero Kalthok, entronizado en una colina de cráneos, no se inmutó. Su risa reverberó en la neblina. —¿Crees que tu fuego me asusta, niña de llamas? —su voz sonó como cuchillo sobre piedra—. Yo nací en fosas donde el calor es un recuerdo lejano.

Mientras hablaba, su cuerpo cambió.

Un brillo de lava brotó de sus huesos negros, solidificándose en una armadura de piedra ardiente. Sus manos se envolvieron en garras de obsidiana humeante. La Muerte misma se había vestido de Fuego para burlarse de ella.

La batalla rugió con violencia renovada. La línea defensiva comenzó a ceder.

Entonces, Kalthok alzó sus manos al cielo.

Una onda de energía necrótica recorrió el campo. No dañó a los vivos. Dañó a los recién caídos.

Los cuerpos aún calientes de amigos y aliados comenzaron a retorcerse. Sus heridas dejaron de sangrar. Sus ojos se abrieron, vacíos y sin alma. Se alzaron con un único propósito: servir.

Pyralis sintió un nudo de hielo en la garganta.

Frente a ella avanzaban rostros familiares. Un joven mago al que había enseñado, ahora con la cara destrozada. Una centaura con la que había compartido risas, arrastraba sus cascos.

El horror la atravesó. Era una violación peor que la muerte: el robo de la paz.

No había elección.

Con un grito que era agonía del alma, Pyralis alzó de nuevo sus manos.

El fuego sagrado, fiel a su voluntad, aunque su corazón se quebrara, se abalanzó. Consumió al joven mago, reduciéndolo a ceniza. Lamió a la centaura hasta desvanecerla. Uno tras otro, los rostros familiares convertidos en marionetas fueron purificados.

Pero con cada estallido, algo dentro de Pyralis se enfriaba.

El fuego rugía a su alrededor, manteniendo a raya la marea, pero en su centro solo sentía un frío desolador. Había ganado terreno, pero el precio era quemar los últimos restos de quienes confiaban en ella.

Su alma ardía en llamas, pero por dentro, nunca se había sentido tan helada.

♦️♦️♦️

Paralelamente, en el Bosque de los Susurros, lo que una vez fue un pulmón espiritual, donde los árboles susurraban secretos en lenguas olvidadas, exhalaba su último aliento. Bajo el asalto gemelo de Korvathar y Zha’thik, el santuario se había convertido en un cementerio de astillas. El aire olía a savia podrida y esencia robada.

Korvathar avanzaba como una tormenta viviente de hambre.

Sus ojos ardían como brasas infernales. Su garra vibrante no cortaba; devoraba. Al rozar un roble anciano, la madera se marchitaba en polvo gris. Al tocar a un fauno, el ser se desplomaba como una cáscara seca. La energía vital era succionada para alimentar su vacío.

—¡MÁS! —rugió, su voz era una distorsión que resonaba en los huesos—. ¡QUIERO SENTIR ESTE PLANETA LATIR EN MI GARGANTA! ¡QUIERO SU ÚLTIMO SUSPIRO!

En otro extremo, Zha’thik desataba una carnicería cósmica.

Sus tentáculos colosales reescribían el paisaje, aplastando árboles milenarios como castillos de arena. Donde su piel corrupta tocaba, el suelo ennegrecía y moría. Guerreros sátiros y magos caían disueltos en manchas oscuras.

Sobre este torbellino, Kalysta cabalgaba.

Aferrada a un tentáculo monstruoso, su figura pálida contrastaba con la devastación. Entonaba la Nana Abisal, pero su canto menguaba. Las notas se ahogaban en la oscuridad palpable. La corrupción no solo resistía; la envenenaba.

—Resiste un poco más, viejo amigo... —susurró con ternura desesperada.

Pero en su interior, sabía la verdad. Kralkor tenía razón. La herida primordial estaba ganando. Pronto, no quedaría nada del dios antiguo; solo el Devorador.

Fue entonces, desde las sombras más profundas, que emergió la última línea de defensa.

Con un rugido gutural que era el sonido de la tierra enfurecida, aparecieron los Ursath. Guerreros osos de estatura colosal, tachonados de cicatrices.

Y al frente de ellos, el corazón del contraataque: Eryndor Thorne y Kralkor.

Eryndor, hecho de madera viva, irradiaba un dolor furioso. Kralkor avanzaba con la densidad de una montaña, sus puños de granito brillaban con luz telúrica.




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