La noche se extendió sobre Thalassara como una herida abierta.
Mientras los colosos arrastraban el cuerpo de Zha’thik, los invasores cambiaron de táctica. Ya no enviaban ejércitos a morir; enviaban pesadillas a cazar.
En la penumbra de su guarida, Zarethys liberó a sus obras maestras.
—Akarys, al bosque. Asesina a cualquier incauto. Sin testigos. —Zharalor, toma el camino secundario a la ciudad. Siembra el pánico antes de que lleguemos. —Neroth, el océano te espera. Ahoga todo lo que respire bajo el agua.
Los tres asintieron con ojos de luz fría y se deslizaron hacia la noche.
Akarys llegó al bosque con la luna en el cenit. Caminaba con gracia felina entre los árboles partidos, dirigiéndose instintivamente hacia el foco de dolor reciente: el claro donde cayó Aetherion.
Allí, Grothar, el Discípulo Salvaje, había ido a rendir homenaje en secreto.
Necesitaba ese momento de intimidad con el fantasma de su maestro. La noche parecía un velo seguro para su duelo.
Pero el destino tejía otro plan.
Antes de que Grothar pudiera percibirla, Akarys atacó. No con un grito, sino con una daga fría y venenosa clavada en su costado desde las sombras.
El dolor lo sacudió. Grothar reaccionó con velocidad entrenada, arrancando la daga y lanzándola lejos. Su mente de guerrero buscó al enemigo.
Entonces la vio.
Akarys emergió como una aparición de nácar bajo la luna. Sus ojos de ámbar oscuro lo observaban, y un aura de encanto sutil golpeó a Grothar con más fuerza que el acero.
—Hola, hermoso —dijo con voz de miel—. ¿Quién te hizo daño? ¿Hay alguien más aquí?
El veneno enturbiaba los sentidos de Grothar. Las voces de Aetherion resonaban en su cabeza, mezclándose con la de ella. Confundido, bajó la guardia. —Parece que hay enemigos cerca, señorita... —respondió con voz ronca—. No es seguro caminar de noche.
Akarys sonrió con peligro genuino. —Lo sé. Pero esta guerra me está volviendo loca. Necesitaba respirar. —Fingió melancolía—. ¿Qué te trae a un lugar como este?
—Mi maestro murió aquí —confesó Grothar. La tristeza le apretaba el pecho más que la herida.
Akarys olió la vulnerabilidad como sangre en el agua. —Oh, lo siento mucho... —Se acercó. Sus manos frías tomaron las de él—. Déjame consolarte. Soy muy buena animando corazones rotos.
Estaba tan cerca que su perfume embriagador anulaba el olor a muerte. Akarys inclinó el rostro, sus labios prometían olvido.
Grothar, atrapado entre el veneno y el duelo, apenas podía pensar. Pero en lo profundo de su ser, donde ardía la disciplina salvaje de su maestro, algo se encendió.
El instinto de Grothar, forjado en la rudeza de los Ursath, despertó de golpe. A través del veneno, percibió el vacío hambriento dentro de Akarys. Reaccionó por reflejo, empujándola bruscamente.
—Lo siento —murmuró, aún desconcertado.
Dio media vuelta para alejarse. Fue un error fatal.
Akarys no necesitó preparación. Su dulzura se evaporó. Con un grito rasgado, descargó un torbellino de viento negro cargado de esquirlas de sombra.
No hubo explosión, sino un silbido agudo y miles de impactos precisos. La armadura de Grothar se hizo jirones. Su piel se abrió en una red de cortes finos que supuraban negrura.
El dolor le devolvió la lucidez. Grothar giró, adoptando la guardia de combate. Pero el veneno, potenciado por la magia oscura, desplegó una parálisis gélida. Sus músculos se agarrotaron.
Akarys observó con una sonrisa de lástima perversa. —Pobrecito —zumbó su voz melosa—. Luchas tan bien... pero tu cuerpo ya no te pertenece.
Alzó una mano y dirigió una sinfonía de dolor. Ráfagas de viento cortante lo golpearon desde ángulos imposibles. Grothar intentó bloquear, pero era un titán encadenado.
La desesperación dio paso al último recurso.
Con un rugido que le desgarró la garganta, Grothar expulsó su Energía Caótica.
Un aura violácea y tempestuosa estalló a su alrededor. Por un momento, los vientos de Akarys se disiparon contra ese manto de poder bruto. Con los ojos inyectados en sangre, Grothar se lanzó hacia ella. Cada paso hendía el suelo.
Pero Akarys era la antítesis de la fuerza bruta. Era refinamiento y malicia.
Esquivó el primer golpe con un giro que desafió la gravedad. Evitó el segundo saltando hacia atrás con una pirueta burlona. Su agilidad no era solo marcial; era una danza provocadora. Siempre a centímetros, siempre sonriendo.
El esfuerzo de mantener la energía caótica fue extenuante. El veneno hacía estragos. La tormenta violeta parpadeó y colapsó con un suspiro agonizante.
Grothar cayó de rodillas, vacío y tembloroso. Sus piernas cedieron y se desplomó de costado.
Akarys se aproximó sin prisa. Se arrodilló a su lado con una máscara de falsa ternura y comenzó a acariciar su pecho ensangrentado. —Tan fuerte... tan valiente —murmuró con aliento de flores marchitas—. Es una pena terminar así.
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Editado: 30.01.2026