El amanecer en Thalassara no trajo consuelo, solo la confirmación de las pérdidas.
La noche anterior había quebrado la ilusión de respiro. Ahora, el miedo era una sombra constante, pegajosa como la humedad que ascendía de la tierra. El aire mismo parecía cargado de un luto silencioso, mezclado con el olor acre de las cenizas distantes.
Sin embargo, la desesperación era un lujo que no podían permitirse. Entre las bajas, una verdad se abría paso: era momento de dejar de reaccionar y empezar a imponer. Devolverles la moneda del temor.
Y esa oportunidad se materializaba ahora.
En el claro de Elor’Myndal, donde los rayos del sol y las sombras danzaban en equilibrio milenario, dos figuras avanzaban con paso resuelto. Kaidos, el Vagabundo de la Espada, y Nyxoria, la Sombra Asesina.
No eran aliados naturales, pero el destino forjado en el filo de la venganza los había unido. La luz del amanecer pintaba destellos dorados sobre la armadura desgastada de Kaidos y las telas de musgo negro de Nyxoria. Pero la paz del lugar era una mentira. La verdadera batalla los aguardaba más adentro, donde el silencio era tan profundo que podía oírse el latido corrupto del bosque.
Mientras caminaban, sus mentes repasaban la reunión urgente en las Montañas Susurrantes.
La sala de estrategia había estado cargada de severidad. Eldrion, frente al Mapa Viviente —ahora manchado de oscuridad como gangrena—, había hablado con la urgencia de un cirujano. —Las pérdidas son graves, pero nos han mostrado una debilidad. Su arrogancia. Creen que nuestras noches son de luto pasivo. Tenemos una ventaja momentánea y debemos aprovecharla.
A su lado, Eryndor Thorne, pálido de savia y esfuerzo, había asentido con su voz de hojas secas. —Exactamente. Pero la clave es la discreción. Si enviamos un ejército, liberarán a sus aberraciones mayores. Debemos ser una daga, no un martillo.
Fue Kralkor quien dio la estocada final al plan. Con los brazos cruzados sobre su pecho de granito, su mirada de obsidiana brilló con astucia tectónica. —Entonces usemos eso. El objetivo es orgulloso. Se alimenta del desafío. Si enviamos solo a dos oponentes, si lo provocamos con la perspectiva de un duelo honorable contra "presas inferiores", decidirá enfrentarlos solo. Prohibirá a sus aliados interferir. Su orgullo será su celda.
Sin vacilar, Kaidos había dado un paso al frente, su voz estaba ronca por la fatiga. —Yo me propongo. Conozco el peso de su arrogancia. Y conozco el filo necesario para cortarla.
Desde las sombras, Nyxoria había emergido con una sonrisa fría que no llegaba a sus ojos de ceniza. —Yo también. La arrogancia hace descuidar la espalda. Y yo soy especialista en espaldas descuidadas.
Eldrion los observó, pesando su temple. El guerrero endurecido por la pérdida y la asesina que renunció a un contrato por humanidad. Un equipo complementario y letal. —Me parece adecuado —sentenció Eldrion.
Kralkor golpeó su puño contra su palma. —Así sea. Id. Desafiadlo. Acabad con él. Y estad seguros: estaremos atentos.
De vuelta en Elor’Myndal, el tiempo de la estrategia había terminado.
Solo quedaba el avance silencioso, el peso de las armas y la esperanza fría de que el orgullo del enemigo fuera tan grande como su poder. Cada paso los adentraba más en el territorio donde la luz y la sombra chocarían, y donde muy pronto, uno buscaría devorar al otro.
♦️♦️♦️
Los árboles de Elor’Myndal se separaron como cortinas, revelando un claro donde la luz se estancaba. En su centro, Khra’gixx los esperaba. Una escultura de violencia congelada, con piel de obsidiana y cuernos que rechazaban el cielo.
—Así que dos ratas vinieron a morir —vibró su voz, cargada de desprecio estelar—. Creen que el hechizo de sus magos me ha debilitado lo suficiente. Pero incluso empañado, un espejo de obsidiana corta.
Nyxoria giró sus espadas con fluidez hipnótica. —Verifiquémoslo —susurró.
Se lanzaron.
Kaidos atacó como un yunque, absorbiendo la atención con tajos brutales de Susurro de Eclipse. Nyxoria, el estilete fantasma, aparecía y desaparecía, dejando ríos de sangre negra en las juntas de la armadura del demonio.
La balanza se inclinaba. Khra’gixx, colosal pero lento, rugía de frustración ante cada herida precisa.
Pero desde la espesura, Korvaxys observaba.
Con un rugido gutural, el demonio del caos descargó un hechizo sobre la sangre derramada en el claro. Una neblina púrpura se fusionó con Khra’gixx.
Era «Sed de la Herida». Convertía el dolor en poder.
Los músculos del demonio se hincharon, su piel de obsidiana brilló con lava carmesí. Un rugido físico pulverizó los escombros y lanzó a los guerreros por los aires.
—¡YA ME CANSÉ! —bramó, su voz golpeaba como un martillo—. ¡AHORA MUERAN!
Se movió como un relámpago negro.
Su velocidad y fuerza se multiplicaron. Donde antes Nyxoria esquivaba, ahora apenas sobrevivía. Donde Kaidos bloqueaba, ahora era lanzado hacia atrás con los brazos entumecidos.
#1672 en Fantasía
#988 en Personajes sobrenaturales
fantasia épica, aventura sobrenatural, mitología y mundos imaginarios
Editado: 30.01.2026