El Eco de los Dioses Caídos

CAPITULO XXVII: La Nana en la Oscuridad

Poco tiempo después, en lo profundo de una cueva oculta donde el eco del mar se filtraba entre las grietas de la roca, la guerra parecía detenerse.

Kalysta, rodeada por sus sirenas supervivientes, entonaba la Nana Abisal.

No era solo una canción; era una resonancia de frecuencias bajas y antiguas que vibraba en las paredes húmedas. El cántico llenó el ambiente de una paz densa, empujando hacia atrás la oscuridad que se había filtrado en los corazones de los presentes, como la luz de un faro disipando la niebla de un naufragio.

En un rincón oscuro, el capullo de madera viva que Eryndor había creado se había aflojado. Dentro, Zha’thik yacía acurrucado, ya no como un titán furioso, sino como una criatura herida.

El Espíritu de las Profundidades gruñó. Humo negro salía de sus escamas mientras la corrupción era controlada dolorosamente. Sus tentáculos, antes armas de asedio, se relajaron sobre la piedra fría. Sus múltiples ojos parpadearon, recuperando un brillo de consciencia entre la bruma roja.

—Duele... —su voz fue un gorgoteo húmedo, apenas un susurro—. Pero duele bien.

Era el dolor de la fiebre rompiéndose, de la herida siendo cauterizada.

Mientras tanto, en el exterior, una figura cruzaba el paisaje devastado a gran velocidad.

Era Elyra, la Doncella de Hielo.

Corría con determinación hacia las Llanuras de Ceniza, donde el resplandor de los incendios de Pyralis aún teñía el horizonte. Eldrion le había dado una orden directa: "Toma el mando de las asesinas. Sin Nyxoria, están ciegas". Pero Elyra había sentido algo en el viento, un calor desesperado que la llamaba. Sabía que Pyralis, enfrentando sola a Kalthok, estaba en un peligro que ninguna sombra podría resolver.

Al pasar cerca de la entrada de la cueva, una nota de la Nana Abisal la detuvo en seco.

Elyra giró la cabeza. En la penumbra, vio a Kalysta. La reina del mar no dejó de cantar, pero sus ojos se encontraron con los de la doncella de hielo. De ellos brotaban lágrimas negras, un fluido espeso que contenía el peso tóxico que estaba controlando de Zha’thik.

Por un instante, hielo y agua se reconocieron. Hubo un entendimiento silencioso: Tú salva a uno, yo intentaré salvar a la otra.

Algo en el alma inquieta de Elyra se calmó. Asintió una vez y reanudó su carrera, dejando una estela de escarcha tras de sí.

♦️♦️♦️

Poco después, Eryndor Thorne entró en la cueva.

Su forma de madera estaba quemada y agrietada, sus pasos eran pesados. Pero al cruzar el umbral, la armonía envolvente de Kalysta lo recibió como un bálsamo físico.

Vio a su hermano Zha’thik quieto, respirando sin ira.

Por un momento, el Espíritu del Bosque sintió una paz que no había conocido en días. Parte de su espíritu encontró consuelo al ver que la familia, aunque rota, seguía viva. Sin embargo, el peso de la batalla aún oprimía su pecho; sabía que este santuario era frágil y que fuera, el mundo seguía ardiendo.

Eryndor miró a su alrededor, observando las filas de heridos que descansaban en el refugio húmedo. Suspiró provocando un sonido que pareció crujir como ramas viejas.

—Lamento interrumpir, Kalysta, Reina del Océano... —su voz sonaba pensativa, cargada de respeto y pesar—. Me temo que tendremos que curar a más heridos acompañados de tus cantos.

Kalysta abrió los ojos lentamente, la fatiga estaba grabada en su rostro pálido. Esbozó una sonrisa cansada y frágil. —¿Reina del Océano? —murmuró—. No creo que a Korvak le guste oír tal halago. Él siempre fue muy celoso de sus títulos.

Eryndor bajó la mirada. Las sombras de la cueva parecieron alargarse sobre su rostro de madera.

—Lamento ser portador de malas noticias, Kalysta... —su voz apenas fue un susurro que se mezcló con el goteo del agua—. El rey Korvak ha muerto en combate.

Hizo una pausa dolorosa antes de añadir: —Cayó junto con Garrick, el Rey Centauro. Murieron defendiendo las Llanuras.

El tiempo pareció detenerse en la cueva.

Por un momento, el canto cesó. El silencio que siguió fue absoluto, pesado como la presión de las profundidades.

El corazón de Kalysta se hundió. Una punzada helada se alojó en su pecho, cortándole el aliento. Korvak había sido un rival, un crítico, a veces un obstáculo... pero era su rey.

—Era un rey gruñón conmigo... —susurró, con un intento de sonrisa que se quebró antes de formarse—. Siempre discutiendo sobre las viejas leyes... pero en el fondo, era bueno con nuestra raza. Amaba el mar más que a su propia vida.

Su tristeza no se convirtió en llanto, sino en música. La melodía volvió a surgir de sus labios, pero transformada.

Esta vez, el canto tenía un tono más profundo y melancólico. Las notas vibraban con un duelo líquido. No solo estaba sanando heridas; ahora estaba componiendo el réquiem para un rey y un rival. Estaba despidiendo a una era.

♦️♦️♦️

De pronto, un estruendo sacudió la entrada de la cueva, rompiendo la solemnidad.




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