Bajo un cielo sin estrellas, donde la oscuridad parecía devorar incluso el tiempo, se alzaban las Criptas de Obsidiana.
Torres de piedra negra rasgaban la noche como colmillos en la mandíbula del campamento demoníaco. En su interior, un círculo de magos oscuros trazaba símbolos prohibidos con la sangre caliente de criaturas cósmicas. El aire estaba cargado de estática y tormentas, de susurros etéreos que reptaban por las grietas de la realidad como insectos invisibles.
En el centro del ritual, Khra’gixx estaba encadenado a un monolito. Sus garras se clavaban en la piedra hasta pulverizarla, y su cuerpo colosal vibraba con una ira contenida que amenazaba con derrumbar el techo. Las runas de contención grabadas en su piel brillaban débilmente como estrellas moribundas, pulsando con cada latido furioso de su corazón.
Su voz retumbó como un trueno encerrado entre las paredes malditas.
—Más vale que esto funcione, Korvaxys. No permitiré que unas "ratas" como ellos se burlen de mí... ni que mi oportunidad de matar a esos dioses antiguos se desvanezca por un truco de magia barato.
Korvaxys, observando desde las sombras con brazos cruzados, esbozó una sonrisa pálida y tranquila. —Paciencia, Khra’gixx. Nuestros magos han estudiado bien el sello que te impusieron. Es un trabajo complejo, tejido con la esencia del planeta mismo. Pero confía en ellos; saben deshacer lo que otros tejen.
Pero la confianza era una moneda sin valor en un lugar como ese.
El ritual comenzó.
El ambiente en las Criptas se desgarró. Tormentas sobrenaturales azotaron las murallas exteriores, y fuego verde surgió de las fisuras del suelo como si la tierra estuviera vomitando su repulsión.
Zhrakkor, uno de los Altos Sacerdotes del Caos, alzó su báculo de hueso. A su señal, un aprendiz degolló a un dragón marino cautivo sobre el altar. La sangre, cargada de magia antigua, fluyó hacia las cadenas de Khra’gixx.
—¡Más! —exigió Zhrakkor, su voz cortó la tempestad—. ¡La sangre debe hervir! ¡El Cazador debe ser el látigo de este universo!
Las llamas del ritual se intensificaron, buscando torcer la realidad, forzar las leyes de la magia para arrancar el sello limitador y devolverle al general su poder absoluto.
Y entonces... hubo un estallido sordo.
Las cadenas se rompieron. Khra’gixx rugió, una onda expansiva derribó a los aprendices. Se irguió en toda su estatura, sus músculos estaban hinchados de poder, sus ojos ardían con fuego violeta. Se sentía invencible.
Pero el triunfo duró poco. El brillo en su piel parpadeó. Una sensación de pesadez, leve pero innegable, regresó a sus extremidades.
El contrahechizo había funcionado. A medias. El silencio se esparció como veneno en la sala. Zhrakkor se arrodilló, temblando, su respiración estaba agitada por el esfuerzo y el miedo.
—Señor Korvaxys... —murmuró sin atreverse a levantar la vista—. El sello no se rompió del todo. La magia de los dioses está... arraigada en su núcleo.
Khra’gixx gruñó, inspeccionando sus garras. Podía sentir el poder fluyendo como un torrente, sí... pero también sentía cómo reaccionaba a la luz de las antorchas. Se debilitaba ante el brillo.
—Ya veo —dijo el demonio con voz gélida—. Puedo usar todo mi poder... pero solo bajo el manto de la noche. El sol me convertirá de nuevo en un lastre.
Korvaxys entrecerró los ojos, pensativo, calculando las implicaciones tácticas. —Una "Maldición Solar". Lástima. Nos limita a ataques nocturnos si queremos tu máximo rendimiento. —Miró a los magos con desdén—. ¿No hay algo que puedan hacer para cubrir esa debilidad? ¿Una armadura, un hechizo de sombra permanente?
Los magos se miraron entre sí, aterrados y sin respuestas.
Antes de que pudieran balbucear una excusa, una voz emergió desde la penumbra más profunda de la cripta. Una voz suave, educada y terrible.
Zarethys, el Devorador de Almas, avanzó con su andar etéreo. Su presencia no solo oscurecía la sala; parecía absorber el calor de las llamas del ritual.
—Yo me encargaré —susurró, y su voz fue un roce de seda sobre huesos.
Los magos lo miraron expectantes, aterrados. —Haré que pueda convertir el día en noche... aunque sea por un tiempo. El caos desafiará al orden. La oscuridad devorará la luz.
♦️♦️♦️
Y así lo hizo. Zarethys alzó sus manos pálidas hacia los cadáveres de varios magos que habían caído en los combates recientes y yacían apilados en un rincón. Con un gesto de sus dedos, los cuerpos no se levantaron; se desintegraron. Carne, hueso y túnicas se deshicieron en volutas de humo espeso y gritos ahogados.
El Devorador moldeó esas esencias, comprimiendo las almas y la magia residual en una sola esfera de poder denso y negro, del tamaño de un corazón humano. Incrustó parte de su propio poder en el núcleo y cubrió la esfera con hilos de sombra que dibujaban runas prohibidas.
Se acercó a Khra’gixx. El Cazador de Sombras, impaciente pero fascinado, sonrió mientras Zarethys hundía la esfera directamente en su pecho, fusionándola con su carne de obsidiana.
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Editado: 30.01.2026