El amanecer llegó con un lamento silencioso.
El aire estaba tan cargado de cenizas flotantes que respirar dolía. El cielo, gris y opaco, parecía llorar por los muertos, dejando caer una nieve sucia sobre el mundo.
Las Llanuras de Ceniza eran un paisaje desolado, un cementerio abierto donde cada paso levantaba polvo que se adhería a la piel como recuerdos imborrables. El suelo aún humeaba; las brasas de la batalla anterior parpadeaban como luciérnagas moribundas, y el hedor dulce y acre de la carne calcinada impregnaba el aire.
En el centro de aquel infierno terrenal, Pyralis, la Sacerdotisa del Fuego, retrocedía paso a paso.
Ya no había formaciones ordenadas. Solo le quedaban un puñado de magos leales, exhaustos y con las túnicas quemadas. Su respiración era irregular, un jadeo doloroso, y su cuerpo estaba cubierto de hollín y sangre seca.
Frente a ella, avanzando con la paciencia de un verdugo inevitable, Kalthok se alzaba como un titán imposible de derribar.
Sus huesos brillaban con el fulgor verde de las almas robadas, y su nueva armadura, forjada de magma burbujeante y hueso negro, parecía burlarse de las llamas sagradas que Pyralis lanzaba con desesperación.
Detrás de él, el ejército de no-muertos avanzaba implacable. Y entre sus filas, lo más grotesco de todo: un grupo de esqueletos músicos tocaba instrumentos hechos de fémures y piel estirada. La música, una cacofonía discordante y rítmica, transformaba la marcha de la muerte en una melodía épica y macabra.
Era como si la propia Muerte celebrara la masacre con un baile de gala.
Pyralis sintió la furia crecer dentro de ella, caliente y dolorosa. El fuego era su aliado, pero en ese páramo de ceniza, se sentía como su condena.
—¡ARRASAD CON ELLOS! —gritó a sus últimos guerreros, su voz estaba quebrada por el humo—. ¡NO DEJÉIS NI CENIZAS!
El rugido de su orden se apagó de golpe en su garganta.
Entre la vanguardia de los no-muertos, no vio monstruos anónimos. Vio rostros familiares.
Sus propios discípulos, caídos horas antes, se levantaban. Sus ojos estaban vacíos, brillando con fuego verde, sus mandíbulas desencajadas en muecas mudas.
No eran simples cadáveres. Eran su gente.
Pyralis sintió que el mundo giraba. Sus llamas titubearon, perdiendo color. —Incluso a ellos... —murmuró, horrorizada—. ¿Te atreves a usar incluso a ellos?
El titubeo fue contagioso. Y fatal.
Un joven aprendiz, Renn, que estaba en la línea frontal preparando un hechizo de incineración. De repente, se congeló.
Frente a él, avanzando con una espada oxidada, estaba una guerrera no-muerta. Su armadura estaba abollada y sucia de barro, pero Renn reconoció el broche en su hombro. Reconoció la forma de su rostro, aunque la piel estuviera gris y los ojos muertos.
Era ella. La mujer que amaba. Con la que tenía una fecha de boda postergada dos veces: primero por la guerra civil, luego por la invasión. Se habían prometido que, al terminar esto, se irían lejos.
Ahora, ella venía a matarlo.
—No... —Renn bajó las manos, el fuego en sus palmas se extinguió. Las lágrimas limpiaron surcos en el hollín de su cara—. No puedo... amor mío, no puedo.
Esa fracción de segundo de humanidad fue todo lo que Kalthok necesitó.
El Rey de los Esqueletos no corrió; simplemente extendió su mano y una lanza de hueso afilado salió disparada desde el suelo a los pies de Renn.
El arma atravesó el pecho del aprendiz con un sonido húmedo y terrible, levantándolo del suelo.
Renn soltó un jadeo ahogado, su mirada temblaba de incredulidad y dolor mientras la sangre brotaba de su boca, manchando la ceniza gris de rojo brillante.
Kalthok rio con sorna. Se acercó y, con un movimiento despectivo, aplastó la cabeza del cadáver bajo su bota de magma con un crujido seco.
—La piedad... es un lujo de cobardes —sentenció el general enemigo.
Y con un chasquido de sus dedos óseos, la magia verde fluyó.
El cuerpo destrozado de Renn se estremeció. Sus huesos crujieron al reacomodarse. Se levantó, con el agujero en el pecho aún abierto.
Cuando alzó la vista, ya no había amor ni dolor en sus ojos. Solo vacío verde.
Renn, el aprendiz leal, se giró lentamente y fijó su mirada asesina en su maestra, Pyralis.
♦️♦️♦️
Pyralis, con el alma agrietada y el maná raspando el fondo de su ser, seguía manteniéndose en pie.
Kalthok rio. Fue un sonido hueco, de huesos chocando en una cripta vacía, que resonó en la llanura silenciando el viento.
—¿Qué prefieres, Sacerdotisa? —preguntó, en un murmullo espectral retorcido por siglos de condena—. ¿Qué destino eliges para tu final?
Pyralis no respondió. Sus manos temblaban, no de miedo, sino de agotamiento puro.
Pero Kalthok no necesitaba una respuesta. Giró su espada de hueso ancestral entre sus dedos esqueléticos, dejando que la hoja zumbara en el aire como si saboreara el momento. Sus ojos vacíos, dos pozos de fuego verde, brillaban con malicia eterna.
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Editado: 30.01.2026